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Domingo, 4 de abril de 2004

ANTICIPOS DE LA FERIA

Recuerdos del futuro

En Caixa Modernista (edusp/ufmg/imprensaoficial, 2003), suerte de museo portátil, Jorge Schwartz ha recopilado ediciones facsimilares y documentación de las vanguardias paulistas de comienzos del siglo pasado. Un libro-objeto celebratorio y agudamente crítico.

POR DANIEL MOLINA

En los años veinte, también San Pablo era una fiesta. La ciudad brasileña se estaba convirtiendo en una gran metrópoli cosmopolita. Abierta a las nuevas corrientes del arte y del pensamiento, era capaz de convocar (como en Europa hacían París o Berlín, y en América, Buenos Aires o Nueva York) a un importante grupo de artistas y escritores que producirían una obra original. El movimiento vanguardista brasileño había surgido en 1917, cuando la pintora Anita Malfatti mostró sus cuadros influenciados por el expresionismo. Esa exposición generó escándalo y durante unos cinco años los vanguardistas tuvieron que sostener un implacable debate estético e intelectual contra los partidarios de la tradición academicista.
Ésos fueron los años heroicos. Pero hacia comienzos de 1922 el movimiento había crecido lo suficiente como para ser capaz de montar una serie de importantes actividades culturales que transformarían para siempre el panorama artístico de Brasil. Esas actividades, convocadas en San Pablo bajo el título de Semana de Arte Moderno, se llevaron a cabo el 13, 15 y 17 de febrero en el Teatro Municipal (el equivalente paulista de nuestro Teatro Colón), apoyadas económica y políticamente por algunos de los hombres más poderosos del Brasil. En esas tres jornadas se realizaron exposiciones, conciertos y debates: el modernismo brasileño era multidisciplinario. Ahora, las principales obras y documentos producidos por ese movimiento que incendió los morros son accesibles en una cuidada edición facsimilar: se trata de Caixa Modernista, organizada por el especialista argentino Jorge Schwartz, que acaba de ser publicada en Brasil y seguramente se conseguirá en la próxima Feria del Libro de Buenos Aires. Según cuenta Schwartz, la idea y la organización de esta caja que reúne las maravillas del modernismo brasileño se emparienta con la selección de rarezas de los gabinetes renacentistas y con la idea moderna de “caja” como obra de arte (idea que surgió con las boîtes-en-valise de Marcel Duchamp –esos “museos portátiles” que elevaron la producción en serie y el facsímil a la categoría de obra de arte–).
La Caixa Modernista contiene los dos libros poéticos fundamentales en la historia de la vanguardia literaria brasileña: Paulicéia desvairada (1922) de Mário de Andrade y Pau Brasil (1925) de Oswald de Andrade, con sus espléndidas tapas originales, la tipografía y los dibujos internos que tenía la primera edición.
También se reproducen los dos programas de la Semana y el catálogo de la exposición que presentó 64 obras pertenecientes, entre otros, a Di Cavalcanti, Anita Malfatti, John Graz, Vicente do Rego Monteiro y Victor Brecheret. La Caixa permite comprobar que, además de multidisciplinario, el modernismo no era un movimiento exclusivamente paulista: por ejemplo, Di Cavalcanti era carioca, Murilo Mendes era de Minas Gerais y Cicero Dias era de Pernambuco. Es más, ni siquiera era únicamente brasileño sino completamente cosmopolita: Brecheret era italiano, John Graz era suizo, Lasar Segall –quien se uniría al movimiento poco después– era ruso. Y, al igual que los vanguardistas rioplatenses, los de San Pablo tenían múltiples vasos comunicantes con las vanguardias europeas. Marinetti, el jefe del futurismo, estuvo allí antes de recalar en Buenos Aires, y Blaise Cendrars fue una presencia constante.
Sin embargo, la Caixa no se limita a los documentos o las obras de los principales participantes de la Semana sino que abarca toda la década vanguardista (en los treinta, los artistas brasileños –como gran parte de los de Occidente– se volcarían hacia el arte político, el realismo como estilo y el debate ideológico, previo a la Segunda Guerra Mundial). Por eso se reproduce el catálogo de la primera exposición de Tarsila de Amaral en París (1926), ya que Tarsila –una de las principales artistas del modernismo– no participó de la Semana de Arte Moderno, y el primer número de la Revista de Antropofagia (1928), en la que se publicó el “ManifestoAntropófago”, escrito por Oswald de Andrade, uno de los textos programáticos más importantes de la literatura latinoamericana del siglo XX.
Además, la Caixa, gabinete de maravillas, se complementa con reproducciones: postales individuales, dobles o en formato desplegable que reproducen tapas de libros (como la de Cobra Norato, una producción gráfica espléndida realizada por Flávio de Carvalho para este libro de Raul Bopp), pinturas de todos los principales participantes del movimiento (incluso con reproducción de diferentes versiones, cuando ellas se conservan), escultura, arquitectura, tapicería, cine y hasta la primera página de una partitura de Heitor Villa-Lobos, la Bachiana Brasileira Nº 1, firmada en San Pablo en 1930. Por último, un CD con 10 temas de la época en versiones raras y exquisitas.
La Caixa no presenta un debate en torno del modernismo brasileño sino su celebración. Pero es una celebración que se puede calificar de “crítica”, de paradójica puesta al día de un movimiento que, a pesar de haber producido lo esencial de su legado hace ocho décadas, sigue teniendo una vigencia extraordinaria en el marco de la cultura brasileña. Hasta el punto de que es difícil pensar los ricos y originales movimientos posteriores sin ponerlos en diálogo con el modernismo. Esa celebración crítica es fruto de una rigurosa y erudita tarea de investigación, que no dejó archivos ni colecciones privadas sin consultar para lograr poner estas joyas al alcance tanto de los estudiosos de la cultura moderna como también de un público amplio: en un mes se agotó la primera edición, a pesar de tener un precio de $ 150.
Si bien durante los años veinte Buenos Aires casi triplicaba la población de San Pablo, y en la capital argentina no faltaban personas ricas –los palacios de la Avenida Alvear o Plaza San Martín que aún se conservan son pequeños botones de muestra de aquella extraordinaria opulencia– ni tampoco faltaban grandes artistas innovadores –el enfrentamiento con la tradición que por entonces sostuvieron Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges, Emilio Pettoruti o Xul Solar no era menos drástico que lo que sucedía en San Pablo–, a las orillas del Río de la Plata el gusto de los poderosos era muy conservador: aquí nadie apoyó ni económica ni políticamente a los jóvenes vanguardistas porteños. Esta fue la diferencia más notable entre ambas modernizaciones estéticas y teóricas. Y esa diferencia habla también de las diferentes formas en que ambas sociedades enfrentarían el futuro.
Sin embargo, ambos grupos vanguardistas tenían algo en común, que desarrollaron de manera independiente y casi sin contactos entre ellos, pero que es algo original de la vanguardia americana y que los diferenciaría totalmente de los movimientos europeos: el nacionalismo o, al menos, una reflexión nueva sobre la cultura nacional. Brasil fue más lejovs en ese sentido, quizás precisamente por la integración entre arte y Estado –que se profundizó a partir de los años treinta–: la Antropofagia, esa vuelta de tuerca que corona el modernismo de los veinte es la más radical reflexión sobre la relación cultural entre América y Europa. La asimilación por la violencia. Un gesto radical de amor. La cultura de América como producción sólo posible luego de digerir lo otro. Impensable sin el otro, impensable también sin la creativa destrucción del otro.

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