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Domingo, 4 de abril de 2004

POSICIONES

Pedagogía del oprimido

En El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual, el filósofo francés Jacques Rancière cuestiona los modelos pedagógicos imperantes y propone la igualdad de todos los hombres no como un resultado a conseguir sino como una premisa (revolucionaria) a seguir a rajatabla.

Por Verónica Gago

En 1818, el azar hizo que Joseph Jacotot, “un lector de literatura francesa en la Universidad de Lovaina”, tuviera una “aventura intelectual”. Exiliado en los Países Bajos tras el regreso al poder de los Borbones en Francia, este servidor de la República que en 1789 había cumplido 19 años, buscaba la tranquilidad de un puesto de profesor a medio sueldo. El azar, sin embargo, decidió de otra manera: hizo de él un maestro ignorante. Los alumnos de Lovaina se interesaron rápidamente en las lecciones del exiliado: sin embargo ni ellos hablaban francés ni el profesor Jacotot sabía una palabra de flamenco, la lengua de sus estudiantes. Necesitaron establecer un punto en común a falta de una referencia lingüística compartida. De nuevo decidió el azar: encontraron una edición bilingüe de un libro clásico: Telémaco. El profesor les pidió a sus alumnos que aprendieran el francés ayudándose de la traducción. Después les pidió que escribieran en francés lo que pensaban de todo lo que habían leído. Los resultados de ese “empirismo desesperado” sorprendieron al propio Jacotot: ¡lo habían hecho bien!
La revelación fue mayor: esa pequeña experiencia filosófica puso en evidencia para Jacotot el “hecho” de que los estudiantes aprendieron a hablar y escribir en francés sin la mediación de sus explicaciones. A partir de ese momento dejó de creer en el sostén de cualquier sistema de enseñanza: la necesidad de las explicaciones. Era el inicio de la “enseñanza universal”. Jacotot, desde entonces, no paró de repetir a quien quisiera oírle que hay un modo de enseñar lo que se ignora: basta verificar la “igualdad de las inteligencias” y que esa verificación produzca efectos. Tal es la historia con la que empieza un bellísimo y poderoso libro del filósofo francés Jacques Rancière, El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual, traducido al castellano por Núria Estrach, editado en Barcelona por Laertes (2003) y recién distribuido en Argentina.
La emancipación intelectual puede decirse en una frase: todos los hombres tienen igual inteligencia. Esta afirmación, que puede parecer cándida o ingenua a primera vista, invierte de cuajo el orden de los valores intelectuales y políticos: la igualdad ya no se concibe como un objetivo a lograr (por medio del orden escolar y social), sino que se la adopta como una premisa de la cual partir. Es un “axioma” que debe ser presupuesto para ser verificado. Dice Rancière-Jacotot (ya que el filósofo contemporáneo logra confundir el lenguaje del revolucionario del siglo XVIII con sus propias palabras de una manera casi perfecta): “Este método de la igualdad era principalmente un método de la voluntad. Se podía aprender solo y sin maestro explicador cuando se quería, o por la tensión del propio deseo o por la dificultad de la situación”. Es así que se aprende la lengua materna: por prestar atención a las palabras y repetirlas hasta apropiárselas para su uso. Ese aprendizaje, constata Ranciére-Jacotot, es previo a cualquier maestro explicador. De hecho, el maestro explicador debe negar ese primer aprendizaje para definirse él mismo como transmisor de saberes. Porque para explicar tiene que mediar la “ficción” de la incapacidad del otro para aprender por sus propios medios: “El pequeño explicado empleará su inteligencia en ese trabajo de duelo: comprender, es decir, comprender que no comprende si no se le explica”. La ficción explicadora es atontadora, anuncia Rancière-Jacotot. Divide el mundo en explicadores y explicados. Pero “sabemos que la explicación no es solamente el arma atontadora de los pedagogos sino el vínculo mismo del orden social. Quien dice orden dice distribución de rangos. La puesta en rangos supone explicación, ficción distribuidora y justificadora de una desigualdad que no tiene otra razón que su ser”.
Si el hombre, en sus primeros años, puede ser “un animal atento” y esa atención puede recrearse en “situaciones de excepción”, donde la necesidad y el deseo animan a la aventura intelectual (como el propio Jacotot relata de los jóvenes campesinos que vio convertirse en matemáticos, físicos yartilleros urgidos por las exigencias de la revolución), la anulación de tal potencia tiene una sola causa: la pereza. “Tu impotencia es sólo pereza para avanzar. Tu humildad tan solo es temor orgulloso a tropezar bajo la mirada de los otros. Tropezar no es nada; el mal está en divagar, en salir del propio rumbo, en no prestar ya atención a lo que se dice, en olvidar lo que se es (...). Este principio de veracidad está en el centro de la experiencia emancipadora”, pregona Jacotot, alias “El loco”.
En Argentina, la revista rosarina Cuadernos de pedagogía dedica, en su último número, un extenso dossier al Maestro ignorante. Incluye también una excelente entrevista a Rancière realizada en París por Patrice Vermeren, Laurence Cornu y Andrea Benvenuto. Allí Rancière relata la coyuntura política en la que su libro intervino: la llegada de los socialistas al poder y el debate sobre la escuela que este hecho produjo. Había dos posiciones, comenta: el “sociologismo progresista”, inspirado en Pierre Bourdieu, “que privilegiaba las formas de adaptación del saber para las poblaciones desfavorecidas” y el “llamado pensamiento republicano de la difusión indiferenciada del saber como medio para la igualdad”.
Rancière señala el punto común de ambas posiciones como aquel que define a las “ideologías progresistas” en general: “el saber es siempre el medio para la igualdad”. Y agrega: “El pensamiento de la emancipación intelectual era justamente el cuestionamiento de ese modelo común. Ningún saber tiene en sí mismo la igualdad como efecto (...). Hay una oposición entre aquellos que toman la igualdad como punto de partida, un principio para actualizar, y aquellos que la toman como un objetivo a alcanzar mediante la transmisión del saber”. Si hay algo revulsivo para una discusión –aunque no sólo– “pedagógica” es la valoración que Rancière-Jacotot hacen de la “instrucción pública” como el “medio de igualar progresivamente la desigualdad, es decir, de desigualar indefinidamente la igualdad”. En asegurar que la lógica de la emancipación no puede ser un sistema social o una empresa cultural, sino que sólo trata por relaciones individuales, con capacidad incierta de inscribirse en procedimientos colectivos. Su máxima es tajante: “La enseñanza universal no es y no puede ser un método social”. Semejante afirmación va de la mano de las reflexiones que hace Rancière en la entrevista mencionada sobre las enseñanzas del pedagogo brasileño Paulo Freire.
Estas polémicas son retomadas por los artículos reunidos en Cuadernos de pedagogía, que a partir de las reflexiones de argentinos, brasileños, españoles, franceses y un belga –Larrosa, Dououailler, Dussel, Kohan, Skliar, Jódar, Gómez, Antelo, Do Valle, Frigerio, Costa Netto, Masschelein, Cerletti, Langon y Estrach–, todos profesores y docentes, intentan reflejar la experiencia de la lectura de Jacotot desde diversas perspectivas y espacios.

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