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Domingo, 18 de abril de 2004

El último de los escritores felices

Tratado de la Tolerancia
Voltaire

Prólogo de André Maurois
Trad. Ricardo Zelarayán
Losada
Buenos Aires, 2004
186 págs.

Por Sergio Di Nucci

Todo país admira a los autores que se merece. Y la alguna vez afrancesada Argentina, nación de metafísicos, sin embargo nunca estimó demasiado al dieciochesco Voltaire. Él, desde luego, no habría de protestar. Por los metafísicos sintió un respeto que no dejaba de tener algo de burlón. Y en efecto, si el trato que les dispensó fue frecuentemente admirativo, es porque nunca los tomó en serio. De ellos dijo, por ejemplo, que “son esos grandes hombres con los cuales se aprende bien poco”.
Acostumbrados como hemos estado durante el siglo XX argentino (e incluso el XXI) a los éxitos de la filosofía continental y a los éxtasis ante la Gran Teoría (que lleva a que hoy los intelectuales nacionales ensayen sistemas filosóficos para explicar la cumbia villera o, como decía David Viñas, a citar a Proust para explicar la calle Corrientes), resulta esperable, o instructivo, o ambas cosas, el desprecio, o la indiferencia, que obra aquí sobre la vida y la obra de Voltaire. Mariano Moreno traducía a Juan Jacobo Rousseau. Al tolerante Voltaire, los argentinos se lo dejan al vasco Fernando Savater.
Como se ha dicho tantas veces, cada siglo francés se resume en una personalidad que lo acredita. El siglo XV, obsesionado con la muerte y la brevedad de la vida, llega a su clímax con Villon. Para el XVI humanista se cuenta con Rabelais, con Montaigne, con Ronsard. El clasicismo del siglo de Luis XIV no puede definirse más que con el nombre de Racine. Y el XVIII, en fin, con el de Voltaire.
Voltaire, cuya muerte apoteótica se produjo en 1778, cubrió, a partir de cartas, de artículos, de ensayos y de libros, casi todo el siglo XVIII. Desde el día después de la muerte de Luis XIV hasta la víspera de la Gran Revolución. Es imposible, por lo tanto, tomar a este hombre en bloque y la crítica concuerda en analizar su obra a la luz de dos grandes etapas, las que están separadas por el año 1754. La primera fue del todo literaria; la segunda decididamente filosófica y, más aún –si puede decirse así– periodística. A ella corresponde el Tratado de la tolerancia (1763), que es el panfleto que escribió Voltaire para rehabilitar a Calas, un pobre anciano calvinista al que habían condenado a una muerte infame bajo la acusación –tan falsa– de haber asesinado a su propio hijo que se quería convertir al catolicismo. El hijo no se quería convertir a nada; se había ahorcado por otras desesperaciones.
Voltaire batalló por rehabilitar al padre ejecutado y a su familia. Tuvo éxito, y los lectores de este Tratado de la tolerancia, que ahora aparece en una digna edición argentina, bien traducido por el escritor Zelarayán y adecuadamente prologado por el voltaireano Maurois, pueden advertir la eficacia de una prosa panfletaria, tensa hasta hacer valer sus últimas posibilidades de hostilidad y de ridiculización.
Hasta el fin de su vida (murió el mismo año que Rousseau), Voltaire libró una guerra sin treguas contra la superstición y contra los abusos del absolutismo. La Revolución Francesa estaba a las puertas, y pronto iba a guillotinar a las ninfas rococó y a los señores con pelucas empolvadas que administraban displicentes una justicia cruel ante cualquier disidencia, verdadera o supuesta. Hoy la historiografía gusta subestimarlos orígenes intelectuales de la Revolución Francesa: los lectores de Voltaire pueden tratar de sopesar los límites de ese menosprecio. En 1947, Jean-Paul Sartre escribía en Qué es la literatura: “¿El affaire Calas era asunto de Voltaire, el colonialismo en el Congo era asunto de Gide?”. Un autor del siglo XVIII, otro del XX, unidos por tantas afinidades, eran el modelo del escritor comprometido. Siguen siéndolo.

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