libros

Domingo, 18 de abril de 2004

EL FENOMENO BOOKCROSSING

Como un pájaro libre

Libros entregados a manos anónimas, clubes virtuales de lectores, el desmantelamiento de la biblioteca. Radarlibros estuvo observando el fenómeno “contracultural” de cerca.

POR RODRIGO FRESAN, DESDE BARCELONA

La idea se le ocurrió hace poco más de tres años a Ron Hornbaker –programador informático de Missouri, EE.UU.– y lo que uno se pregunta es si, además de ser una linda idea, es también una buena idea. Hablamos aquí del bookcrossing o “cruce de libros”, la última moda en materia de hábitos de lectura y que consiste en la liberación de materia impresa. Una compulsión que algunos etiquetan como “contracultural” y otros como “sana diversión”.
La cosa es así: uno compra un libro, uno lo lee, y a uno le gustó tanto ese libro que, evangélicamente, decide predicarlo a los cuatro vientos y a los siete mares prestándoselo a absolutos desconocidos. Por lo que se entra en la red, se ubica uno de los muchos sites de bookcrossers (aquel que corresponde a la ciudad en la que uno vive; muchos de ellos reunidos en el sitio global book-crossing.com), se inscribe uno (un alias es siempre más emocionante que el nombre propio, por lo que abundan Ismaeles, Harry Potters, Madames Bovarys, Hamlets y, por supuesto, Magas), y se apunta el título de libro y el lugar donde se piensa abandonarlo como si se tratara de huerfanito de novela victoriana para que algún alma caritativa lo recoja, lo disfrute y, una vez concluida su lectura, vuelva a “liberarlo” en alguno de los puntos establecidos –en cualquier parte de la galaxia Gutenberg– para que la cadena no se rompa y la aventura continúe.
Antes de todo esto, resulta imprescindible pegarle una etiqueta en la primera página en la que se lea algo del estilo: “¡Hola! Soy un libro bookcrossing. Léame y libéreme”, a lo que, con el correr de las semanas y de los kilómetros se irán agregando las señas de los usuarios y de los lugares por los que se paseó el nómade objeto en cuestión obedeciendo a los dictámenes gráficos del logo bookcrossing: un librito con piernitas y bracitos en constante movimiento.
Tres años después del ¡eureka! de Hornbaker, la fiebre se ha extendido por todo el mundo, hay casi un millón de libros registrados en las listas de “liberaciones” y España ya es, con 10 mil socios activos, el sexto país más importante en los rankings de esta forma de desapego literario –los cinco primeros puestos los ocupan Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania e Italia. Lo que no está mal –lo que no deja de ser raro– si se tiene en cuenta que las últimas encuestas locales apuntan a que el 47 por ciento de los españoles no leerá un solo libro a lo largo de toda la novela de su vida.

VUELTAS
Los tres mandamientos. O las tres R de Hornbaker: read, register, release (leer, registrar, liberar) invocadas bajo el dogma de “crear un club de lectura global y gratuito, un movimiento independiente a favor del intercambio” dirigido a lectores “generosos, viajeros y amantes de la diversión”.
Orientado por el completo informe publicado por el periodista Ricard Ruiz Garzón en El Periódico, llegué hasta uno de los más célebres santuarios de bookcrossers de Barcelona, ciudad que concentra a 2278 adictos al tráfico de libros y que es una de las tres capitales ibéricas del bookcrossing, junto con Madrid y Bilbao. El lugar en cuestión no es un lugar sino un árbol. Un plátano hueco –bautizado como Arbol de Yago– en la esquina de Consell de Cent y Villaroel.
El perfil del bookcrosser –leía en el artículo de Ruiz Garzón– es “una mujer culta, políglota y entre los 30 y 40 años”. Pero allí no había nadie. Me asomé a ver qué había y, horror, ahí adentro estaba, como una rata rabiosa, un ejemplar mojado –acababa de parar de llover– de El principito. Lo que desilusiona un poco. Porque lo interesante –lo benéfico– sería que este tipo de maniobra sectaria funcionara como fuente de difusión y contagio de autores más o menos secretos para la educación de iniciados en lugar de propagar y prolongar la influencia de nombres y títulos habitués de las listas de best-sellers. No es el caso; y así el ranking de lecturas del bookcrossing no es otra cosa que la perfectaradiografía del lector común y planetario y masivo: Allende, Tolkien, García Márquez, Follet, Saint-Exupéry, Eco, Süskind, Ende, Rowling, Saramago son los apellidos más frecuentados en las cubiertas bastante deterioradas por el tránsito y la promiscuidad. Tal vez por eso los libreros y editoriales contemplan con benigno desinterés esta pandemia que, a la hora de la verdad, no es otra cosa que una mezcla de biblioteca con búsqueda del tesoro. Si ésos son los títulos que más rotan, entonces no hay peligro para ellos: porque son títulos que se van a seguir vendiendo más allá de que un puñado de románticos (“que se pasan los libros con la misma transgresora complicidad con que se pasa un porro”, ironizó el editor Daniel Fernández de Edhasa) o de oportunistas que aprovechan la movida para sacarse un montón de libros malos de encima. Mientras tanto, Hornbaker ya acepta anunciantes en su sitio (la librería virtual Amazon.com es uno de ellos), ha sacado al mercado una coqueta línea de merchandising (gorras, camisetas, etc.) y asegura que todo esto es “para la financiación y mantenimiento de un trabajo hecho por amor al arte”.

IDAS
Y, por supuesto, ya hay en Barcelona clubes de bookcrossers que se reúnen a intercambiar opiniones, propuestas, recomendaciones y hasta para escribir un libro colectivo –Lecturas cruzadas– en el que se narran los encantos y placeres del livin’ la vida bookcrossing. Algo así como esos ya añejos y siempre efectivos provincianos clubes del libro. La gracia de todo esto –su efímera novedad– está dada, supongo, por el aspecto electrónico y on-line donde hasta hay lugar para el morbo y el misterio swinger.
En lo personal, no sé, hay algo que no me convence del todo. Sobre todo –imposible evitar un escalofrío– cuando leo las palabras de Yagobcn, seudónimo que esconde a un guionista de 30 años, quien descubrió y fundó el Arbol de Yago antes mencionado: “Me gusta sentir que los libros tienen alma, pasado e historia... Por eso pido a los bookcrossers que escriban, rayen y personalicen los libros que envío. Nada me aburre más que un libro virgen: es como hacer el amor con guantes”.
La idea de que un libro bien cuidado sea un libro “virgen” y uno manoseado y garrapateado sea un libro más “experto” a mí me parece un tanto desagradable. Una cosa es practicar el sexo libre y otra exigirlo como credo de lectura; y, a la hora de los libros, lo siento: a mí me gustan limpios, bien cuidados, y fundamentalmente míos, míos y míos. Fui educado en la idea de que la biblioteca doméstica acaba siendo un mapa revelador de la propia vida –una suerte de autobiografía escrita por otros–; en el raro placer de comprarse un libro antes de experimentar el placer de leerlo; y en el temor de que, salvo contadísimas excepciones, libro que se presta no vuelve. Así que no puedo evitar contemplar esta legitimación de la propiedad pública y literaria con el ceño fruncido: la biblioteca es territorio burgués o –mejor todavía– aristocrático. Y todo este franeleo utópico-comunal, bueno, no sé... Y no ocuparé espacio asentando lo que piensa el escritor que hay en mí de todo esto salvo que nada le dolería más que el improbable encuentro con una de sus criaturas súbitamente dotadas de alma, pasado e historia, pero con el inequívoco aspecto de haber sido violada por una jauría de bookcrossers en celo.
Me permito, sí, una predicción aguafiestas para esta fiebre que por ahora consume a 350 nuevos enfermos al día y libera cerca de 2500 ejemplares cada 24 horas: agotadas las obras completas de Follet y de Gordon, los bookcrossers mutarán a videocrossers o a dogcrossers o lo que venga. Y las bibliotecas seguirán siendo bibliotecas.
Y, no, no pienso prestarle ese libro a ningún desconocido –con los problemas que me traen los conocidos me alcanza y sobra– y muchísimo menos meterlo adentro de un árbol. Los árboles se usan para hacer libros y no para deshacerlos, pienso.

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