libros

Domingo, 13 de marzo de 2005

DE CUANDO ESTUDIANTES DE LA PLATA ENTRó EN LA FICCIóN.

Paso a paso

La yugoslava
Esteban López Brusa
El Cuenco de Plata
175 páginas

Por Osvaldo Aguirre

El 16 de octubre de 1968, Estudiantes de La Plata empató de visitante con el Manchester United y se consagró campeón mundial de clubes. Ese hecho, escribe Esteban López Brusa, “rescató para la literatura, además de un campeón, una infinidad de postales y anécdotas”. No es la crónica la que pueda ocuparse del relato, no porque el tema pertenezca al dominio de la ficción sino por las dimensiones que se le atribuyen: más que un partido de fútbol fue una “hazaña”, una “gesta”, la aventura de “un equipo que revolucionó la historia del juego”. Pero la frase, deslizada al pasar, como quien se resigna a una evidencia, contiene también cierta ironía, porque esos episodios permanecieron inéditos, la literatura los ignoró. Y ahora constituyen el material de esta novela.

Sin embargo, aquí no se cuenta la historia de aquel partido –una final, hay que recordar, y “las finales les dan sentido a las experiencias”– sino la de un libro que el narrador quiere escribir al respecto. Una saga que planea desplegar en capítulos y cuyo epílogo, en vez de la nota con Bilardo que piden los obtusos editores, sería una entrevista a Konstantin Zecevic, el árbitro yugoslavo que dirigió e intentó robar el título a los argentinos. La mujer aludida en el título de la novela es la encargada de conseguir el reportaje, para lo cual viaja a Sarajevo. Pero en cuanto comienza la búsqueda, Zecevic se torna cada vez más borroso y termina por dar cierto toque kafkiano: el personaje se ha esfumado, no quedan rastros suyos y su aparición, o al menos algún dato concreto, es un acontecimiento que se espera, que se conjetura y que finalmente no se produce.

De esas dos líneas surge la extraña forma de la novela. Por un lado es el cuaderno de un relato en preparación, cuyas frases y borradores pasan con frecuencia a la superficie y que incluso incorpora canciones, cuentos ajenos y una pequeña investigación sobre Manuel Puig, socio e hincha de Estudiantes. El narrador transcribe sus apuntes, discute sus líneas de trabajo –por ejemplo, un paralelismo entre Lewis Carroll y Osvaldo Zubeldía– y, al margen de juicios hiperbólicos, despeja el terreno ahí donde suele haber mucha hojarasca: la palabra fanatismo, dice, implica un reduccionismo, seguir a un equipo “se parece a leer, a pensar en alguien, a escribir”. A la vez, de modo fragmentario, incorpora las cartas que le llegan desde Sarajevo primero y desde Londres después, donde su mujer asiste a un seminario sobre rock de los ’80. Como el que habla solo, pero a través de la escritura, comenta e interroga esas cartas, imagina situaciones insignificantes y se demora en pequeños gestos, mínimos hechos asombrosos. Recursos para compensar la ausencia, y de hecho toda la escritura apunta a ese fin, ya que la acción comienza con la partida de la mujer y concluye, mes y medio después, con su regreso. La narración parece así una especie de diario privado abierto para el lector. Una intimidad que se expone también con la recuperación de episodios de la infancia y con la atención hacia las cosas inmediatas del entorno, sucesos y personajes de un imaginario platense: Los Redonditos de Ricota, la historia de la pitón que se escapó del zoológico y fue un tema en los cantos de las hinchadas, la opinión pública provinciana registrada en el diario local y la emoción de encontrar, lejos de casa, a un escritor oriundo de La Plata e hincha de Estudiantes.

“Un escritor –se lee en La yugoslava– se vale de lo que se le ocurre.” Pero también tiene que hacer valer sus palabras. Y López Brusa lo consigue de un modo simpático, con la calidez de quien comparte un secreto.

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