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Lunes, 17 de junio de 2002

CLASICOS

Un día del mundo

La balada del álamo carolina de Haroldo Conti, recientemente reeditado por Emecé, es un clásico de la literatura de los años setenta, aun cuando se aparte deliberadamente de la exasperación ideológica y de la violencia lingüística para apostar a una literatura lírica y profundamente anclada en la experiencia emocional del mundo.

POR CLAUDIO ZEIGER

Pocos libros dados a conocer en la década del setenta en la Argentina deben contener tan alta carga de emotividad y explosión lírica como La balada del álamo carolina. Y la mención a esta emotividad, al sentimiento a flor de piel antes de que Conti se convirtiera en escritor desaparecido por la dictadura militar (fue secuestrado de su casa pocas semanas después del golpe militar de marzo de 1976) –o sea, citando uno de sus títulos, un Conti emotivo y emocionado “en vida”–, tiene que ver con la imagen generalmente adosada a la literatura de esa década y a los escritores que suelen ser adscriptos –siempre muy rápidamente– a la “generación del setenta”.
Los setenta: exasperación ideológica y violencia lingüística. La emoción, los sentimientos, en todo caso, solían ser vistos como una napa profunda que nunca llegaba a aflorar a la superficie. Siempre había algo más urgente en qué ocuparse. La literatura siempre estaba caliente, apurada. Este libro de Conti, sin embargo, marcó una diferencia de tiempo y estilo.
Conti había llegado a la literatura tras haber pasado por el seminario Metropolitano Conciliar (donde tuvo como profesor al padre Castellani, también escritor) y por la Facultad de Filosofía y Letras. Además de la experiencia del seminario y la academia (fue maestro de escuela primaria y profesor de latín), atravesó por una rica gama de oficios y experiencias vitales ligadas a la aventura al mejor estilo de London y Hemingway: fue aviador civil, navegante, guionista de cine y hasta náufrago de un barco encallado en la zona más áspera de la costa uruguaya.
Publicada por primera vez en 1975, La balada del álamo carolina era una muestra de que Conti no era un escritor despegado de las preocupaciones y pasiones políticas de su tiempo, algo que ratificaba el mismo año con Mascaró, el cazador americano (Premio Casa de las Américas) más asociada a la denuncia político-social que su tercer libro de relatos –los anteriores fueron Todos los veranos (1964) y Con otra gente (1967)–; el viaje mítico de un circo a través del desierto era el motivo para vertebrar una especie de fábula sobre la opresión.
En los cuentos de La balada del álamo carolina –libro irreductible, personal, jugado todo el tiempo en el borde más autobiográfico de la literatura–, la política y lo que se llamaba entonces “el oficio de escribir” chirrían, caen en contradicción con una inmensa necesidad de proponerse líneas de fuga a través de la memoria viajando a la infancia, o contraponiendo la vida de la ciudad a esos paisajes desolados e intensos que tanto le había gustado frecuentar.
“A veces pienso que los días de mi vida se parecen a las teclas de esta máquina. Son redondos y precisos, y justamente no hacen otra cosa que escribir”, apuntó en “Los caminos”. “Y ahora me siento a escribir y en el mismo momento, a seiscientos kilómetros de aquí, mi amigo Lirio Rocha se sienta en la puerta de su rancho, porque sus días son igualmente redondos, sólo que en otro sentido, y si el mar lo permite son también precisos, a su manera, se sienta, como digo, en la puerta de su rancho, en la Punta del Diablo, al norte de Cabo Polonio, entre el faro de Polonio y el de Chuy (...) y se pregunta (es necesario que se pregunte para que yo siga vivo porque yo soy tan sólo su memoria), se pregunta, digo, qué hará el flaco, es decir, yo, seiscientos kilómetros más abajo en el mismo atardecer.”
Estar y no estar (o estar en un sitio añorando aquel en el que no se está), escribir y vivir, recordar y olvidar, son las operaciones que, no sin paradojas y tironeos, pueblan las páginas de estos cuentos. Reducir el interés de los relatos –o su capacidad de impacto– al vitalismo tan en boga también en la época por la fuerte influencia que ejercía cierta literatura norteamericana, sería no sólo reducir el universo de referencias de Conti sino también la profundidad alcanzada sobre todo en textos como el que da título al volumen, el explícitamente autobiográfico”Mi madre andaba en la luz” o todos los de la sección Homenajes (“Los caminos”, “Memoria y celebración”, “Tristezas de la otra banda”).
Estos textos asomaban como una buena prueba de la depuración de la poética que Conti había cultivado en Sudeste, el libro que en 1962, con el premio Fabril, lo había consagrado como escritor; una impronta pavesiana, la suave marca de una escritura indeleble, de trazo muy leve, entrañablemente ligada a la descripción de ambientes y a la observación de seres humanos incrustados en ese paisaje; la melancolía como tono, con una rabia atenuada de fondo; rabia frente al paso del tiempo, por la imposibilidad de atrasar el tiempo y volver al mundo de la infancia, al pueblo de Chacabuco donde los padres y la casa paterna han quedado frescos e intactos a pesar de todo. De todas maneras, también hay lugar en estos textos para enhebrar otras entonaciones que aquella modulada por la memoria y el recuerdo: el humor, el toque pintoresco y popular del antológico “Las doce a Bragado” o “Devociones”.
Desde luego, ninguna semblanza de este libro quedaría completa sin una especialísima mención al relato que introduce a este mundo de entrañables macetas, ásperas camisas Grafa, canteros y canarios. “Uno piensa que los días de un árbol son todos iguales. Sobre todo si es un árbol viejo. No. Un día de un viejo árbol es un día del mundo”, dicen las primeras líneas de La balada del álamo carolina.
El relato de ese día del mundo, la realización casi utópica de un texto donde un hombre recostado contra un viejo árbol (un hombre tan viejo como el árbol) sueña que es un árbol y cuenta lo que ha soñado, es la curiosa realización de una antropología protagonizada por un árbol, y una manera de representar el gran tema de la literatura de Conti: el desarraigo.
Si el desarraigo y el nomadismo fueron las marcas más notables de los personajes de Conti, la necesidad de echar raíces y de aferrarse a la zona más personal e íntima de la experiencia fue la gran apuesta narrativa de este libro que atravesó los años y la muerte para volver a contar un día del mundo con la mirada extrañada y la capacidad de observación renovada. Como si lo hiciera por primera vez, a pesar de ser casi la última vez.

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