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Lunes, 24 de junio de 2002

ENTREVISTA

Mística y masoquismo

Presentación de Sacher-Masoch, junto con Proust y los signos y Kafka: por una literatura menor, constituye el tríptico de estudios “literarios” a partir de los cuales Deleuze define su relación con el presente. A continuación, una entrevista sobre ese libro, publicada originalmente en La Quinzaine Littéraire en abril de 1967.

Por Madeleine Chapsal

¿Cómo fue que se interesó por Sacher-Masoch?
–Siempre me pareció un gran novelista. Y me sorprendía mucho esta injusticia: a Sade se lo lee mucho, a Masoch no. Se lo suele tratar como una especie de pequeño Sade invertido.
Y se lo traduce tan poco.
–No, a fines del siglo XIX se lo tradujo mucho; era muy conocido, pero por razones más políticas y folklóricas que sexuales. Su obra está ligada a los movimientos políticos y nacionales de Europa central, al paneslavismo. Masoch es tan inseparable de las revoluciones de 1848 en el Imperio Austríaco como Sade de la Revolución Francesa. Los tipos de minorías sexuales que imagina remiten de manera muy compleja a las minorías nacionales del Imperio Austríaco, así como en Sade las minorías de libertinos remiten a las logias y sectas prerrevolucionarias.
Nombro a Masoch y usted me habla de Sade...
–Es necesario, puesto que hay que disociar la pseudo unidad en la que se los coloca. Masoch tiene sus propios valores, aunque más no sea en el plano de la técnica literaria. Hay procesos específicamente masoquistas, independientes de cualquier inversión o transformación del sadismo. Es curioso que se dé por sentada la unidad sadomasoquista, cuando en mi opinión se trata de mecanismos estéticos y patológicos completamente distintos. Ni siquiera a Freud se le ocurrió gran cosa al respecto: dedicó toda su genialidad a inventar los pasajes de transformación que van de uno al otro, pero no puso en cuestión la unidad misma. De todos modos, en psiquiatría, las perversiones son el campo menos estudiado: el de perversión no es un concepto terapéutico.
¿Cómo es posible que en ese campo los maestros no sean psiquiatras sino escritores, como Sade y Masoch?
–Tal vez haya que distinguir tres actos médicos: la sintomatología, o estudio de los signos; la etiología, o búsqueda de las causas; la terapéutica, o búsqueda y aplicación de un tratamiento. Mientras que la etiología y la terapéutica son parte integrante de la medicina, la sintomatología recurre a una suerte de punto neutro, de punto-límite, premédico o submédico, que pertenece tanto al arte como a la medicina: se trata de establecer un “cuadro”. La obra de arte es tan portadora de síntomas como el cuerpo o el alma, aunque de un modo muy distinto. En ese sentido, el artista y el escritor pueden ser grandes sintomatólogos, tan buenos como el mejor médico. Es el caso de Sade o de Masoch.
¿Por qué sólo ellos?
–Hay otros, en efecto, pero su obra no ha sido todavía reconocida en su aspecto sintomatológico creador, como en un principio sucedió con Masoch. Hay un prodigioso cuadro de síntomas en la obra de Samuel Beckett. Pero no se trata sólo de identificar una enfermedad sino de pensar el mundo como síntoma y el artista como sintomatólogo.
Ahora que me hace usted pensar, me parece que también en la obra de Kafka y la de Marguerite Duras...
–Seguro.
Por otro lado, Lacan, que aprecia mucho Le ravissement de Lol V. Stein, le dijo a Marguerite Duras que encontraba en el libro la descripción exacta y perturbadora de ciertos delirios localizados en la clínica. Pero no debe ser el caso de todos los escritores.
–No, por supuesto. Lo propio de Sade, Masoch y algunos otros (por ejemplo Robbe-Grillet, Klossowski) es que hicieron del fantasma mismo el objeto de la obra, cuando por lo general es sólo su origen. Hay, en efecto, una base común a la creación literaria y a la constitución de los síntomas: es el fantasma. Masoch la llama “la figura”, y dice precisamente: “Hay que ir de la figura viva al problema...”. Si en la mayoría de los escritores el fantasma es la fuente de la obra, para estos escritores el fantasma se ha convertido en lo que la obra pone en juego, en su última palabra, como si toda la obra reflejara su propio origen.
Quizás algún día se hable de kafkismo y beckettismo como hoy se habla de sadismo y masoquismo.
–Creo que sí... Pero, como Sade y Masoch, esos autores no perderán nada de su “universalidad” estética.
¿Qué tipo de trabajo cree usted haber hecho en su Presentación de Sacher-Masoch? En otras palabras, ¿cuál era su objeto, la crítica literaria o la psiquiatría?
–Me gustaría estudiar (y este libro sería apenas un primer ejemplo) una relación enunciable entre literatura y clínica psiquiátrica. Es urgente que la clínica se desembarace de esas vastas unidades que proceden por “inversión” y “transformación”: la idea del sadomasoquismo es un prejuicio (hay un sadismo del masoquista, pero ese sadismo está dentro del masoquismo y no es el verdadero sadismo: lo mismo sucede con el masoquismo del sádico). Ese prejuicio, fruto de una sintomatología apresurada, hace que después ya no se intente ver lo que hay sino sólo justificar una idea previa. Freud comprendió esas dificultades en un texto admirable, Pegan a un niño, y sin embargo no intentó cuestionar el tema de la unidad sadomasoquista. Así que puede ocurrir que un escritor vaya más lejos en la sintomatología y la obra de arte le dé nuevos medios, quizá porque está menos preocupado por las causas.
Sin embargo, Freud respetaba mucho la genialidad clínica de los escritores, y a menudo recurrió a obras literarias para confirmar sus teorías psicoanalíticas...
–Ciertamente, pero no lo hizo con Sade.

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