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Lunes, 24 de junio de 2002

OBITUARIOS

Obituarios

Por Dorothy Lames, para el W.E. Times

Ayer a la madrugada, cuando el fin del verano ya parecía llevarse a los últimos habitantes de la bahía y los caserones apagaban los ecos de sus últimas fiestas para dormir custodiados por la sombra del faro que rítmicamente derrama su luz verde sobre el océano, un hombre apareció muerto en su propia piscina.
Cuando un hombre pobre muere boca abajo en la piscina de una casa como éstas, nada cambia: las mujeres pueden retirarse de los ventanales que dan al jardín y depende del talento de los hombres devolver de nuevo a la sala esa atmósfera de frescura y armonía súbitamente desvanecida por el estampido de un disparo. Pero cuando es un rico el que aparece flotando boca abajo en el agua turbia de su propia piscina, ahí sí tenemos lo que estas novelas que circulan por las alcantarillas literarias de Nueva York llaman, no sin triste ironía, “un caso”. Ya nadie cree en esas pesquisas sociales de pasmados sospechosos reunidos en las bibliotecas que las novelas inglesas todavía nos reservan para los viajes en tren y las noches de invierno. Ya nadie sospecha del mayordomo cuando la guerra ha arrasado con la última generación de sirvientes ilustrados. Ni se acepta la estridencia de una muerte deliberada con la conveniente discreción que alguna vez caracterizó a la Costa Azul.
En estos días, una muerte así, como una muerte a la salida del Ritz, o a la entrada de Harry’s, revela un momento novedoso en esta sociedad efervescente que rebalsa sobre las ciudades desde la guerra: uno de esos momentos en que la manada se abre y asegura su supervivencia abandonando el cuerpo lacerado y moribundo de quien nunca fue uno de ellos. Tal parece ser el caso de Jay Gatsby.
Ni uno solo de los habitantes de West Egg llegó hasta el cementerio. Apenas un puñado de sirvientes mostraron su circunspecta lealtad bajo la carpa verde que los protegía de la triste llovizna, y el cura no tardó más de un minuto en despedir los restos de un hombre cuya imagen se funde en el telón negro de las vidas sin pasado. Nada parecía poder desprenderse de la escena: ni la destellante fascinación por Gatsby que hipnotizó a todo West Egg durante los últimos veranos; ni la disimulada ansiedad con que sus invitados se entregaban a la cálida marea que mecía sus fiestas, tensos los ojos por el evidente propósito de quedar, merced de los cocktails y los jardines, en su fugaz compañía; ni el aura de riqueza con que envolvía a un pueblo saciado de saldos bancarios y fortunas del siglo XVIII; ni el agudo desprecio que anidaba en la mirada de cada uno de los maridos jóvenes que pisaba su casa; ni la gélida indiferencia con que esas esposas hace tan poco excitadas por la inminencia de una de esas fiestas recibieron ayer la noticia de su muerte –la indiferencia de quien recuerda apenas un tan remoto como excitante viaje a la ciudad que hoy sólo parece aburrido–. Nada de todo esto sobrevolaba el cementerio.
Sólo después se pudo saber que el único hombre del cortejo era el señor Gatz, el padre de Gatsby: un hombre que cargaba como un abrigo mojado el cansancio de haber entrado por la puerta de servicio a la mansión de su único hijo, al que no veía desde hacía casi diez años.
En la casa, nadie había ordenado limpiar la piscina. Y entre el olor de la lluvia flotaba todavía el anónimo olor de la sangre, como el rastro de un perfume en una habitación vacía.

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