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Domingo, 26 de junio de 2005

Poné a Faletti

Yo Mato es un thriller lleno de entusiasmo. Su autor, Giorgio Faletti,se convirtió en escritor después de haber sido abogado, piloto de autos, cantante y uno de los cómicos más famosos de Italia.

 Por Mariana Enriquez

Un asesino asuela Montecarlo, el seguro patio de juegos de los ricos y famosos. Se hace llamar “Ninguno”, y es una mente brillante, fanático de la música, ejecutor implacable de disciplina soldadesca. Como Jack el Destripador, juega con la policía anunciando sus crímenes mediante llamados a un programa de radio nocturno conducido por el popular y atractivo Jean-Loup: la “pista” que deja es una canción, y los oficiales apostados en el estudio se devanan los sesos tratando de interpretarla, con escasa fortuna. Toda comunicación termina con las palabras Yo Mato, título de este best-seller que pide a gritos versión cinematográfica.

“Ninguno” varía sus métodos de matanza –cuchillo, pistola con silenciador, registro en video del crimen, todo vale–, pero repite un ritual: despellejar los rostros y llevarse la máscara de carne para “vestir” un cuerpo que guarda amorosamente en casa. Y también escribe con sangre –en rigor, con “stencil”– su leitmotiv “Yo Mato”. Los asesinados varían: desde campeones de Fórmula Uno hasta genios de la informática, pasando por bailarines rusos en decadencia, reyes de la noche y jugadoras de ajedrez. El móvil, que no es la previsible eliminación sistemática de exitosos, se va deshilvanando de a poco, gracias a la pericia de dos policías perdedores, quebrados, que trabajan en conjunto: Frank Ottobre, agente del FBI atormentado por el suicidio de su mujer, y Nicolas Hulot, comisario de la policía monegasca dolorido por la muerte de su hijo y la locura de su esposa en perpetuo duelo. Alrededor, pululan personajes que estorban/complican la trama, como el general Nathan Parker y su esbirro Ryan Mosse, dos militares norteamericanos poderosos, malísimos y desagradables llegados al principado en busca de venganza porque el asesino serial mató a la hija menor del general (aunque pronto se sabe que los guerreros tienen otras intenciones menos “nobles” bajo la manga).

Incesto, mutilaciones faciales, padres psicópatas violentos, películas snuff, necrofilia, glamour, mansiones, damiselas en apuros, vinilos de colección, paseos por la Costa Azul, regatas, incendios, visitas al cementerio, identidades cambiadas, adictos al juego, un jovencito retrasado mental que con su inocencia estorba los planes policiales: Giorgio Faletti, hombre orquesta venido a escritor que vendió un millón y medio de ejemplares en Italia con su primer intento en el thriller, pone toda la carne al asador pero dosifica; se le nota lo principiante en ciertos excesos de explicación –vía extensos diálogos reveladores–, plantación de pistas algo obvias y bastantes “intuiciones” de los investigadores que resultan exactas con demasiada providencial frecuencia. Algunos personajes deliciosos desaparecen de pronto y se los extraña. Algunos mecanismos se ven venir tan claramente que todo efecto sorpresa se desvanece. Pero Faletti maneja bien sus estereotipos, nunca confunde, sabe cómo fabricar una lectura compulsiva y sólo hay que ignorar la sobreabundancia de lugares comunes, el obligatorio romance policía-mujer en problemas y ciertos diálogos un poco vergonzosos. También hace bien en alejarse de las tramas relacionadas con la mafia, los bajos fondos, los marginales: ayuda a la omnipotencia del asesino imbatible que sus objetivos sean parte del jet-set más recalcitrante.

Son más de seiscientas páginas devorables y un criminal hecho de retazos de otros cuantos seriales célebres, pero el mejunje resulta bastante original y muy entretenido.

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