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Domingo, 18 de septiembre de 2005

FéLIX LUNA > 1955

El año del jopo

Y sí, en 1925 no pasó nada demasiado importante, pero aun así Félix Luna se las arregló para convertirlo en tema de un libro ameno y encantador. Un rescate nada desdeñable de las costumbres, prejuicios, palabras, miserias y grandezas de una época de vacas gordas y manteca al techo.

 Por Sergio Kiernan

1925
Félix Luna
Sudamericana
314 páginas

Con tantos libros encima, hace rato que Félix Luna demostró su maestría en el género menor de la historia. No es que escriba historia menor sino que se divierte y encuentra valor en hablar de lo aparentemente chico, lo cotidiano, lo vernacular y de esquina. Esto parece fácil, pero es un diablo de lograr y los académicos lo llaman Historia de la Vida Cotidiana. En 1925 (Historias de un año sin historias), Luna da una leccioncita o dos de cómo se hace. El pobre año de 1925 es un sandwich sin mayores hitos entre el evento cismático de la elección de Yrigoyen y el golpe de 1930. Es un año poco transitado porque no fue rico en desgracias ni en las épicas criollas que tanto seducen por aquí: gobernaba Alvear, casi un liberal, no hubo revoluciones ni magnicidios, sobraba la plata. Esa Argentina que hoy parece un sueño era la octava en nivel de vida en todo el mundo y parecía que nunca más iba a pasar nada interesante.

Luna elige ese añito sandwich por razones personales que aclara al final del libro, que se compone de una suerte de diario de brevísimos diálogos ordenado mes por mes, tocando temas que eran de actualidad por aquel entonces. En pocas líneas y con mano segura, pinta la época con un par de recursos que, nuevamente, parecen fáciles hasta que los probás. Por ejemplo, que el lenguaje sea exactamente anticuado, con ese castellano ya perdido de inmigrantes y gente que lunfardeaba libremente, pero de usted (o de usté). O que la gente de 1925 piense como gente de 1925, con prejuicios de clase que hoy no se confiesan ni dormidos, y veleidades que la Argentina ya no sostiene.

El libro arranca en verano, con un señor anónimo tratando de convencer a Don Giacumín del destino ineludible de grandeza del país. Sigue con una piba que recibe una muñeca de trapo de los Reyes y otra, más grandecita, que discute la fiesta de Año Nuevo donde “corría el champagne como el agua” y donde todo el mundo, paquetísimo, tiene sobrenombres como Pocholo o Jackie. Un audaz se va a Córdoba en auto, con su padre que lo considera chiflado por no tomarse “un camarote” en los impecables trenes de época, mientras George Bernard Shaw aprende a bailar el tango y una chica ya señorita recibe su primera faja, marca Nereida, que son las mejores.

A Buenos Aires llega Einstein, al campo las langostas, mientras que ya había bien instalada una justicia para ricos y otra para pobres. Las señoritas veinteañeras largas aprendían a escribir a máquina para ganarse la vida mientras vestían santos, “boludo” era un insulto gravísimo (se terminaba “a castañazos”) y los amigos se juntaban en casa a escuchar conciertos por las “broadcastings”.

Los militares todavía no conspiraban, pero ya hablaban de parar a Yrigoyen si era reelecto, mientras se comenzaba a demoler el centro para abrir la Diagonal Norte y se instalaba ese aparato asombroso, el primer semáforo porteño. Borges era el hijo “de Leonorcita” que publicaba unos versos, justo para la llegada del príncipe de Gales (hay un capitulito imperdible, en excelente inglés, en que el valet trata de despertar a His Royal Highness que muere de resaca, pero tiene citas con “the natives”). Pese a que en Buenos Aires hacía muchísimo frío en invierno y las madres –a las que había que hablarles de usted– tenían sabañones, como los tucumanos tenían paludismo, se realizaba igual una marcha contra esa invención socializante: la jubilación. Eran tiempos en que no se podía coimear a un funcionario público porque era capaz de trompearte, pero ya había punteros, caciques de barrio que les ponían a sus caudillos “puntos” que votaran a cambio de empleos públicos, donde hasta había que ir a trabajar. En ese increíble país de hace ochenta años había créditos y duelos por honor, los hijos no fumaban delante de los padres y se podía ser “zaguanero” antes de pasar a novio. Sin embargo, las cosas ya costaban un huevo.

Una de las viñetas imperdibles es esa en que Don Aróstegui, chacarero con plata de Huinca Renancó, compra un tranvía. El estafador le explica con lujo de detalles el negocio –“hay que pagarle la electricidad a la Anglo” y subirse todos los días al tranvía propio, no sea cosa que el guarda te estafe– y que con la escritura en regla hasta puede transferirse e hipotecarse. Es un negoción que deja por lo menos doscientos pesos diarios limpios –“algo menos los domingos”–, funciona en concesiones de los ingleses por treinta años y se cobra en efectivo todas las noches. El pase se cierra con un copetín en El Molino, “entre amigos” y en cash.

Este libro se lee en cosa de horas y deja un lindo gusto a cosa cierta. Luna conoció ese mundo y, como ya mostró en su Soy Roca, es un experto reciclador de cartas y conversaciones ajenas, con oreja de músico para el lenguaje de sus personajes. Es lo que hace a este pequeño 1925 un libro para disfrutar.

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