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Domingo, 20 de noviembre de 2005

JOHN LEE ANDERSON: "LA CAíDA DE BAGDAD"

Aquí Bagdad

John Lee Anderson logró el vívido retrato de una ciudad que sigue viviendo a pesar del asedio de las bombas y la destrucción.

 Por Martín Pérez

La caída de Bagdad
John Lee Anderson
Anagrama
500 páginas

Cuando en un reciente reportaje le preguntaron si era un corresponsal de guerra, el periodista norteamericano John Lee Anderson fue contundente. “No, no lo soy”, fue su respuesta, aunque luego aclaró que eso fue lo que hizo durante un largo período de su juventud en la década del ’80. Sin embargo, a pesar de no considerarse actualmente a sí mismo como tal, este californiano de 48 años –que supo vivir en Cuba, España y actualmente en Dorset, Inglaterra– es indudablemente uno de los grandes representantes contemporáneos de semejante subgénero periodístico. Sus dos últimos libros, al menos, han sido despachos desde el frente, primero desde Afganistán y ahora desde Irak. Anderson explica esta contradicción de la siguiente manera: “Siempre me ha fascinado la organización de la violencia y las motivaciones detrás de la gente involucrada en la violencia política. Pero durante la mayor parte de la década del ’90 comencé a escribir grandes despachos desde lugares que no eran escenarios de guerra. La guerra había sucedido allí, pero eran más bien sociedades destruidas. Por ejemplo, sitios cruciales durante la Guerra Fría. Comencé a escribir desde lugares como Angola, Chile o Afganistán, porque habían sido olvidados. Y entonces sucedió lo del 11 de septiembre, y me sentí obligado a volver a Afganistán. Sentí que debía ser parte de esto nuevo que estaba sucediendo, fuese lo que fuere. De este golpe en el mundo. Así que, sí, desde entonces he sido un periodista que ha estado en guerra”.

A la luz de su fascinante último libro, La caída de Bagdad, se puede decir que, si bien no se considera corresponsal, Anderson tiene que ver con la última encarnación de los corresponsales de guerra: esas cabezas parlantes televisivas, permanentemente de espaldas a la guerra que cubren y mirando de frente sólo a la cámara. Pero su obra reciente está muy bien acompañada al lado de los clásicos de esta clase de literatura, desde el Homenaje a Cataluña de George Orwell hasta esa obra maestra que es Un día más con vida, del polaco Ryszard Kapuscinski.

Aunque comenzó su carrera como corresponsal de guerra durante aquellos años juveniles y ochentosos escribiendo para el periódico peruano Lima Times, la firma de Anderson bien puede haberse conocido recién por estos pagos gracias a su monumental biografía del Che Guevara, editada hacia la segunda mitad de los noventa por Emecé (con inminente reedición anunciada en Anagrama). En una época de biografías varias y simultáneas del personaje, ya desde su primer capítulo –en la que descubría la fecha secreta del nacimiento del Che–, la de Anderson se demostraba como la más completa y fiable. Desde entonces y hasta ahora, Anderson ha escrito regularmente en la revista norteamericana The New Yorker, y sus despachos desde Afganistán fueron compilados en La tumba del león, un interesante volumen que hoy se consigue en las mesas de saldo. Intercalando mails entre el autor y sus empleadores entre cada artículo, La tumba... es un documento de cómo es que se hace periodismo hoy en día desde los lugares más peligrosos del planeta.

Pero para La caída de Bagdad, en cambio, Anderson eligió tomar sus despachos originales y trabajarlos hasta lograr el relato lineal de una ciudad a la espera de una guerra que se demora, pero finalmente llega a sus puertas y las abre de par en par. Con un ojo especial para el detalle, y el retrato de personajes secundarios, La caída... es un libro profuso –por momentos incluso interminable– y habitado por esa gente que sigue con sus vidas mientras llega el desastre. Y después, también. Centrándose en la cotidianidad de su trabajo y el de sus colegas, pero hábilmente también en la del ciudadano de pie, o al menos el accesible desde su círculo de influencia, Anderson consigue en las páginas de su libro el milagro de parecer un observador imparcial, ojo testigo de la historia con minúscula, pero historia al fin. Y su relato recorre el punto de vista iraquí a partir de testimonios increíbles, e incluso el ojo de un cronista que lo ha visto todo, pero sin embargo no puede dejar de indignarse ante el saqueo injustificado de una ciudad –y una guerra, y una política– que se derrumba ante sus ojos y de los de todos los que pueden o al menos quieran verlo.

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