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Domingo, 20 de noviembre de 2005

EL EXTRANJERO

Las guerreras

En difíciles condiciones, Mary Gaitskill compite por el National Book Award con un complicado dúo de mujeres.

 Por Rodrigo Fresán

Mientras escribo esto, Veronica –cuarto libro y segunda novela de Mary Gaitskill (Kentucky, 1954)– es firme candidata al National Book Award; y es posible que mientras ustedes lo leen ya lo haya ganado. No la tiene fácil: Veronica compite (o compitió) con Europa Central de William T. Vollmann y con The March de E.L. Doctorow, dos poderosas novelas históricas y guerreras ocupándose, respectivamente, de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra de Secesión. Aunque, si se lo piensa un poco, Veronica es, también, una novela de guerra; aunque la suya sea una guerra íntima, pero igualmente violenta.

Y es que el territorio de Gaitskill –autora del ya legendario debut Bad Behaviour (1988), donde se incluye el relato que dio origen al film Secretary– pasa por las trincheras y retaguardias de las relaciones entre hombres y mujeres (y de mujeres y mujeres) narradas siempre con un idioma entre lírico y despiadado, que recuerda al de Joan Didion y al que alguien definió como “una cruza entre Stendhal y los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos”.

Veronica –diez años de trabajo que se notan en todas y cada una de sus oraciones– rememora los adictivos neones fashion de la década de los ’80 y, al igual que su primera novela, Two Girls, Fat and Thin (1991), vuelve a ocuparse de las idas y vueltas entre dos hembras poderosas, y de los extraños y siempre apasionantes flujos y reflujos de las amistades entre dos especímenes del supuesto sexo débil. Una de ellas es la Veronica del título: madura y ácida mujer trabajando como correctora de pruebas y en perpetua batalla contra el mundo entero y sus alrededores, lista para inmolarse en el por entonces novedoso altar del sida. La otra es Alison, narradora sinuosa dando saltos en el tiempo desde un oscuro presente, ex top-model caída en desgracia, sobreviviente casi a pesar suyo, y condenada a contar la historia de una amistad invencible y de una década derrotada. Una y otra acaban componiendo una de las duplas más patológicamente interesantes desde Holmes & Watson o Laurel & Hardy. Pensar en Veronica como en alguien poseída por el espectro de Dorothy Parker. Pensar en Alison como en alguien poseída por el espectro de Edie Sedgwick. Pensar en Mary Gaitskill como en la escritora más feroz del actual panorama norteamericano; la perfecta Barbie para acompañar a ese Ken que es Bret Easton Ellis.

Marca registrada de Gaitskill –a quien varias leyendas urbanas le atribuyen pasado hard-core como bailarina de strip-tease y dominatrix de alquiler–, el sexo vuelve a ser el rasgo distintivo, lo que distorsiona y, paradójicamente, pone todo en foco con colores y atmósferas dignas de ser fotografiadas por Nan Goldin.

Y, por encima de todo, claro, la persecución de la felicidad –leer también los relatos con nouvelle reunidos en Because they Wanted to (1997)– más cerca de una carrera sin fondo que de una carrera de fondo. En alguna entrevista, Gaitskill afirmó: “La gente tiende a sobrevalorar la felicidad, pero –y no es que yo tenga algo en contra del ser feliz– no creo que una experiencia de vida profunda tenga que pasar necesariamente por el acto de ser más feliz sino por sacarle el mayor jugo a lo que sea que uno está experimentando en determinado momento”.

Para todos los que piensen más o menos lo mismo, aquí va Veronica; escrita como los dioses para que la gocen los demonios.

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