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Domingo, 20 de noviembre de 2005

ALBERTO SILVA: "EL LIBRO DEL HAIKU"

Pequeñas subversiones

Muy lejos del orientalismo new age y de los grabados que remiten al ikebana, esta antología de haikus a cargo de Alberto Silva sitúa estos fulgurantes y rigurosos poemas en una línea crítica más relacionada con el presente conflictivo que con el pasado edulcorado.

 Por Guillermo Saccomanno

El libro del haiku
Selección, traducción y estudio crítico: Alberto Silva.
Bajo la Luna/Bilingüe.
472 páginas.

Ni el poeta más excelso está libre de que un pajarito le cague en la cabeza. Vale la pena ejemplificarlo: “Sé amable con las crías / de gorriones/ ¡Te cagarán encima!”.

Estos versos corresponden a un haiku escrito por Issa (1762-1711) y es uno de los tantos poemas de este particular y difícil género que recopiló con belleza y contenido Alberto Silva en El libro del haiku. Es que si una función puede cumplir la caca del gorrión es bajar la poesía a tierra.

Por lo general, las antologías de haikus en español (que suenan habitualmente más a castañuelas que a pasos descalzos en un tatami) vienen prologadas por estudios acaramelados, decoradas sus páginas por grabados que remiten al ikebana. Estas antologías, obra de suspirantes filatelistas de “lo oriental”, entreveran un solemne estreñimiento mental con una presunta solemnidad de embajada al encarar “lo japonés”. Gente fina, digamos. Que confunde la digestión del sushi con espiritualidad. Así, a menudo, la difusión de haikus vino quedando como una tradición prestigiosa por lo vetusta, capaz de fascinar a lectores provenientes de la new age y otras vertientes del ombliguismo entendido como absoluto cosmológico. A la vez, hay que ser intrépido para atreverse, en nuestro idioma, a componer haikus, género de métrica precisa que siempre estuvo ahí, esperando que algún criollo aceptara el desafío. Por estos pagos Borges y Benedetti, entre otros, se animaron al exotismo y el papelón. Quizá, como escribía hace poco en una contratapa de este diario Juan Sasturain (El tao tanguero), quien mejor le arrimó al haiku fue Homero Expósito en “Naranjo en flor”.

La abarcadora y exhaustiva antología de Silva, al revés y en contra de toda antología anterior, crítica desde el vamos, patea el tablero, de un sake rompe con toda ceremonia y trae el haiku a un presente conflictivo. Este reconocimiento de un Japón arrasado por la radiactividad y propulsado por el desarrollo capitalista tecno hacia la nada, resignifica la contemporaneidad del haiku y, a la vez, convierte a este libro en la vía más accesible y exquisita (lo uno por lo otro) para acercarse a una poesía que no ha perdido vigencia.

Alberto Silva, nacido en Buenos Aires en 1943, doctorado en la Universidad de París, es profesor en la Universidad de Estudios Extranjeros en Kioto, donde reside. Ha publicado poemas, libros de ensayo (La invención de Japón es uno de los últimos), infinidad de artículos y también tradujo a Shakespeare. En la preparación de El libro del haiku contó con la colaboración de tres investigadoras literarias: Seiko Ota, Masako Kubo y Tamiko Nakamura.

Cero careta, Silva plantea al haiku como una poesía generada al margen de la cultura oficial japonesa. A través del tiempo, sus autores, los llamados “haijin”, tenían más de “inmaduros asumidos” y de “linyeras” (textual) que de peregrinos excéntricos. Cuestionadores del orden social, su modo austero de entender la poesía estaba más cerca de la revelación movilizadora que del quietismo. En este aspecto, Silva los califica como “atorrantes” (también textual) que consideraban la poesía como subversión diaria antes que conformismo bucólico. “Si el lenguaje lleva a una persona a tomarse demasiado en serio, habrá que reemplazarlo (dicen los “haijin”) por un estilo de vida que niegue cualquier seriedad convencional. Y ya que el habla se ha convertido en símbolo de ranking social y en estructura de rol colectivo, el poeta del haiku procederá a desnudarlo de ornamentos y a desnudarse a sí mismo de todo lenguaje de poder. Cada vez que el lenguaje represente el centro del propio pensamiento sistemático, convendrá repetir el gesto de situarlo en la periferia de la propia persona.” Coherente con estas ideas, el extenso e intenso estudio crítico con que Silva cierra la antología despliega una fluidez conceptual sin acartonar la erudición al citar con igual confianza y soltura a Martin Heidegger, Octavio Paz, Friedrich Nietzsche, Jacques Derrida, Edmond Jabés, Juanele Ortiz o el tanguero Juan Darienzo.

La lista de “haijin” antologados por Silva comprende desde el siglo XVII con el legendario fundador Matsuo Basho (apodado “el Banana”) hasta, más acá, Meisetsu o Kioshi, ya en el siglo XX. Es decir, la compilación abarca desde el ciruelo, el estanque y la rana hasta el maquinismo y la industrialización. Desde entonces hasta la actualidad el haiku siempre supo ser “un arte de despedirse” mediante el desapego, siempre “oponiéndose a todo sin destruir nada”.

A Silva le preocupa definir lo que el haiku problematiza. En una de sus notas sobre los conflictos que la reivindicación del haiku detona, no se le escapa registrar: “lo que importa, de lo que se trata, es que los haikus consigan resonar en nuestra lengua con una voz intensa, capaz de interesar y conmover a los lectores de nuestros tiempos. Pero ¿cuáles son nuestros tiempos? Me lo he preguntado muchas veces. Creo que vivimos ‘tiempos de miseria’, igual que los de Holderlin. En tales circunstancias, releo los haikus viviendo en un Japón bien actual y real: el Japón nunca repuesto de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, el Japón del poco aplicado Protocolo de Kioto. Vivo en una cultura cuyos tópicos tradicionales se encuentran en grave entredicho”.

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