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Domingo, 4 de diciembre de 2005

PETER STRAUB: "PERDIDOS"

Esa acechante oscuridad

Peter Straub, durante años conocido como el colaborador de Stephen King, es también un gran escritor a solas. Y su nueva novela no sólo lo confirma sino que parece inaugurar una etapa de su obra de la que se puede esperar mucho.

 Por Mariana Enriquez

Perdidos
Peter Straub
Minotauro
360 páginas

Peter Straub es conocido por su asociación con Stephen King, con quien escribió a cuatro manos varias novelas, entre otras Casa negra y Talismán. Su amistad y trabajo conjunto con el escritor más famoso del mundo lo dejó en una extraña –y hasta voluntaria– posición de segundón que de alguna manera oscurece su estatura de gran autor de fantasía oscura –por usar un término más amplio que el de escritor de “horror”, género que la ficción de Straub excede en sus dieciséis novelas.

Perdidos está narrada desde varios puntos de vista: el escritor neoyorquino Tim Underhill (personaje de anteriores novelas de Straub como Koko y La garganta) vuelve a su pueblo natal de Millhaven después del suicidio de su cuñada. Reinsertado en la familia por unos días, tiene desencuentros con su hermano Philip pero logra conectarse con su sobrino, el adolescente Mark, que encontró en la bañera a su madre suicida. Pocos días después, Tim debe volver por segunda vez a Millhaven, ante la noticia de la desaparición del jovencito. Y averigua que, días antes, el chico había estado obsesionado con una casa abandonada lindera, seguro de que, en alguna forma, ese lugar era responsable de la muerte de su madre.

Straub maneja muy bien el drama familiar y construye personajes creíbles y escenas conmovedoras; el velorio de la madre con el hijo incapaz de llorar frente al ataúd; Mark y su mejor amigo Jimbo, aterrados y atraídos por la casa, verdadero centro magnético maligno; la competencia y envidia que infesta la relación de los hermanos Tim y Philip; la inquietud de un pueblo de provincia aterrado por la presencia esquiva de un asesino pedófilo. La introducción de lo sobrenatural como elemento disruptor en esa vida cotidiana de apariencia tranquila pero bajo cuya superficie se retuercen secretos oscuros es típica de King; pero Straub es algo más medido que su colega, deja más espacio para ambigüedades y sutilezas –es posible leer la participación de la casa maldita en el drama como un intento de elaboración del tío escritor acerca de la desaparición de su sobrino– y prefiere, al menos en esta novela, un final epifánico y tranquilizador, donde el mal no es absoluto y abre rendijas a lo maravilloso.

Pero Perdidos tiene varios problemas. Si bien el manejo del conocido escenario “casa embrujada” es tan convincente como aterrador, ciertos lugares comunes molestan, en especial el del asesino serial torturador de niños –aquí se llama Joseph Kalendar– que aporta poco a las novelas protagonizadas por tales personajes; su construcción es bastante perezosa y convencional. Y las apariciones fantasmales infantiles recuerdan demasiado a películas como Ecos mortales (con Kevin Bacon), lo que atenta ya no sólo contra Perdidos sino contra el género, que en varios casos –el de Straub no es el único– parece cada vez más deudor del cine, desaprovechando las enormes posibilidades de la narrativa que tan bien usaron en su momento Clive Barker, Thomas Harris y el propio King.

Sin embargo, el manejo de las diferentes voces, saltos temporales y puntos de vista es de verdad eficiente y jamás confuso o ambicioso; revelan la gran pericia de Straub, y su alejamiento del best-seller más lineal. El final es francamente sorprendente para este tipo de ficciones, y está más cerca de Desde mi cielo, de Alice Sebold, que de la habitual novela de terror de género. Una mezcla de espanto y esperanza, con algo de redención, que marca una diferencia importante en la más “literaria” de las novelas de Straub, y quizás inaugure una nueva y muy interesante etapa de su trabajo.

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