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Domingo, 4 de diciembre de 2005

ENSAYOS > ZIGMUNT BAUMAN: "VIDAS DESPERDICIADAS. LA MODERNIDAD Y SUS PARIAS"

Somos desechos y humanos

Bauman describe las vidas residuales en lo que dio en llamar “modernidad líquida”. Una reflexión profunda que no desdeña un estilo ligero y que, sin autocrítica aparente, se ha puesto de moda.

 Por Mariano Dorr

Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias
Zigmunt Bauman
Paidós
176 páginas

“El planeta está lleno.” Este enunciado no significa que no haya espacios despoblados, sino más bien que ya no existen las “tierras de nadie”. No hay territorios que puedan definirse como carentes de administración soberana, es decir, todavía sin colonizar. Y, como explica Bauman (autor de El amor líquido, La sociedad sitiada y muchos otros textos), estos territorios “durante la mayor parte de la historia moderna desempeñaron el papel crucial de vertederos para los desechos humanos”. La producción de “residuos humanos” sería entonces una consecuencia inevitable de la modernidad, y una vez que el progreso económico tiene lugar en todas partes (no sólo en los países “desarrollados”), globalmente se producen “residuos humanos”, y ya no quedan basureros “naturales” listos para el almacenamiento y su posterior reciclaje. Según Bauman, la más funesta consecuencia del triunfo global de la modernidad está en “la aguda crisis de la industria de destrucción de residuos humanos”.

Al mismo tiempo, la industria de eliminación de residuos es quizá la única en la que nunca va a faltar el trabajo; y el trabajo del basurero, que se lleva los desechos modernos de cada día, se hace simplemente “invisible no mirándolo e impensable no pensando en ello”. El residuo es, a la vez, el problema más angustioso y el secreto mejor guardado de nuestros tiempos: “De las fábricas parten a diario dos tipos de camiones: un tipo se dirige a los almacenes y grandes almacenes, el otro a los vertederos. El cuento con el que hemos crecido nos ha adiestrado para advertir (contar, valorar, preocuparnos por) tan sólo el primero tipo de camiones”. Porque, para contar un cuento, hay que eliminar todo lo que “no cuenta”. Asimismo, Miguel Angel decía que, para lograr una de sus esculturas, eliminaba todo lo “superfluo” de un bloque de mármol. El precepto moderno sería: donde hay diseño, hay residuos. Y, como escribe Bauman, “cuando se trata de diseñar las formas de convivencia humana, los residuos son seres humanos”.

Ser un “residuo humano” es ser una víctima de la victoria del progreso económico a escala planetaria. Bauman hace un repaso por la situación de los inmigrantes (acusados ahora de potenciales terroristas) y los refugiados (“una vez que se es refugiado, se es refugiado para siempre”). Ser refugiado implica, entre otras cosas, no tener tierra, casa, aldea, ciudad, padres, posesiones, trabajos. Es estar a la espera de una ayuda que nunca llegará, a la deriva. El “asistencialismo humanitario”, lo único que hace, es darle al refugiado un campamento lo más alejado posible, controlado y vigilado por guardias armados, cercado por muros y alambres de púas, de donde, además, pronto serán echados.

Así es la vida en lo que Bauman llama la “modernidad líquida”: la civilización del exceso, la superfluidad, el residuo y la destrucción de residuos. La moda, señala, tiene la misma lógica del residuo: lo que está de moda convierte en desechable lo pasado de moda. Es inevitable sentir cierta decepción al no encontrar, en ninguna de sus reflexiones sobre la moda, al menos un comentario del autor sobre su propia obra, de moda en ciertos circuitos del progresismo bien pensante. Incluso, uno podría preguntarse si la propia escritura de Bauman (tan entretenida como desenfadada y pretendidamente fácil) no es, a su vez, productora de una lectura líquida.

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