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Domingo, 5 de marzo de 2006

LUIS SAGASTI: LOS MARES DE LA LUNA

La fiesta interminable

Las apariencias y el doble sentido campean en una novela de notable factura y atmósfera más que inquietante.

 Por Osvaldo Aguirre

Los mares de la luna
Luis Sagasti
Sudamericana
256 páginas

Julián y Emilia, los protagonistas de esta novela, acuden a la gran fiesta que un empresario organiza en el casco de su estancia. Allí se reúnen ejecutivos, famosos, profesionales, artistas, modelos. Nadie sabe muy bien por qué ha sido invitado, pero todos son conscientes de integrar un círculo de elegidos. En principio el evento tiene la trivialidad de los actos sociales: las conversaciones están hechas de lugares comunes y pensamientos al estilo de Deepak Chopra, las sorpresas que se anuncian son previsibles, rige cierto protocolo (“en la mesa no se habla de nada serio”). Pero, como recuerda uno de los personajes, nada es lo que parece cuando el observador se aproxima a su objeto.

El título de la novela alude a ese equívoco: a los mares de la luna se los creía llenos de agua, aunque ni siquiera eran tales. La otra clave está dada en el epígrafe, una cita del Tao: “Nada existe puro y neto”. Esa frase apunta a la faz oculta de la historia, que se despliega de modo gradual y creciente, a través de las tres partes que la integran. Del sin sentido a una reflexión intensa con resonancias en la filosofía y la antropología: ése es el recorrido que propone Sagasti.

El anfitrión de la fiesta resulta enigmático porque no aparece en la televisión, pero es una persona de rasgos comunes, no tiene ningún secreto, ninguna singularidad, al margen de una pinacoteca formada por cuadros del barroco holandés. Una de las obras de su colección contiene un reflejo microscópico de la propia novela. Se llama El banquete de los caballeros y representa a un grupo de personas en el momento en que se vuelven hacia el espectador, como si fueran sorprendidas en falta, mientras en un espejo lateral se insinúa la silueta de un observador. De un modo similar emerge la sutil figura del narrador: a través de marcas recurrentes que sitúan el orden del relato, recapitulan o anticipan acontecimientos, se perfila como un observador distante e irónico de lo que ocurre.

La fiesta se prolonga sin término visible; un campo de golf, un bosque, un arroyo, son sus escenarios. Pero el cuadro comienza a mostrar sus costuras: los mozos son excesivamente cordiales, las medidas de seguridad resultan llamativas (como si los guardias quisieran más bien evitar que alguien se escape), el cordero servido una y otra vez tiene un sabor levemente extraño. Mientras la reunión prosigue llegan nuevos invitados y otros desaparecen de manera misteriosa. Lo raro es que el resto de los personajes actúa como si nada hubiera pasado, reafirma la apariencia de la fiesta. Al respecto sólo hay indicios deliberadamente imprecisos: el final de una discusión, voces que parecen órdenes o insultos, ciertos signos de pelea, no permiten cerrar un relato en particular, pero esa indefinición es más potente que cualquier explicación, porque carga a la historia de sugerencias y la instala poco a poco en una atmósfera inquietante.

La repetición de las comidas y las bebidas, con su refinamiento y sobreabundancia, evoca por contraste los rituales antropófagos. Como si la escena fuera apenas el velo de una animalidad que se mantiene intacta. De modo más o menos consciente, el bosque próximo evoca en Julián sus valores ancestrales. Es el espacio donde acecha el peligro pero que también ofrece refugio, el sitio del origen, el de la confusión y disolución de lo existente, allí donde nada hay en estado puro. Perseguido por personas de identidad difusa, dominado por el pánico de enfrentar algo que no se muestra, Julián termina por actuar como un animal que se desplaza por instinto de conservación: retorna simbólicamente al bosque, al principio, el momento original de la luz y de la palabra.

Sagasti (Bahía Blanca, 1963) juega de manera notable con las apariencias y el doble sentido. Descubre un trasfondo ominoso y a la vez mantiene en todo momento la ilusión de que no ocurre nada anormal. El sentido de la ironía, la precisión del relato y el aura poética de muchos pasajes sostienen la impecable factura de su novela.

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