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Domingo, 5 de marzo de 2006

YO TE AVISé

Jan Kerouac, de tal palo

Jan Kerouac tiene un papá famoso. Referente implacable de la contracultura norteamericana de la década del ’50, Jack Kerouac dejó, además de una obra importante, un puñado de anécdotas y mitos que fueron heredados después por toda la cultura de los ’60. Pero también dejó una hija, y esa chica escribió su historia. Y, si la generación beatnik fue uno de los movimientos estéticos que con mayor ímpetu tendió a superponer vida y obra, Jan supo jugar bien ese juego.

Kerouac padre tuvo una sola hija, en 1952, pero abandonó a su mujer cuando estaba embarazada y se negó a reconocerla durante años. Así, Jan fue criada por su madre en Nueva York y a los siete años empezó a escaparse de su casa y perderse por las carreteras. A los doce años ya era una precoz consumidora de LSD y a los quince arranca con un viaje épico y cargado de todo el anecdotario típico de los viajes de su padre. El camino se extiende hacia México y Sudamérica y a mitad de viaje queda embarazada y aborta. Tras varios años girando vuelve a Nueva York para encontrarse con su madre y es ahí donde escribe su primera novela: Una chica en la carretera.

A la hora de escribir, Jan podía optar por dos caminos opuestos: ensayar una literatura radicalmente opuesta a la del padre, abriendo así un corte generacional, o continuar la huella paterna y escribir siguiendo el ritmo del respiro beat. Con una novela veloz, autobiográfica, un poco más convencional y menos vertiginosa que las de su padre, Jan Kerouac siguió el segundo camino. Luego vendría Train song, una prolongación de esta primera novela. Pero, si bien la maestría narrativa le pertenece a Jack y poco le quedó a Jan, la niña beatnik pudo valerse del estallido de la cultura hippie y psicodélica y usar eso también. Y, así como en los grandes títulos del movimiento beat está cristalizada una época de la historia norteamericana –una Norteamérica salvaje, subjetiva y sedienta—, en Una chica en la carretera lo contemporáneo también tiene lugar. Desde el epígrafe de Paul Simon al LSD, toda una década desfila veloz por las líneas abarrotadas de la novela. Pero lo más interesante es el personaje narrador, el alter ego de una chica que es, de algún modo, la primera descendencia de una generación entera, la hija primogénita de esa otra Norteamérica.

Jan vio a su padre apenas dos veces. Una a los cinco años, y la otra cuando tenía quince y, embarazada, se iba de México para recorrer Sudamérica. En la novela están narrados los dos encuentros y esos probablemente son los puntos más altos del libro. La narradora muestra a un Kerouac violento, indiferente y confundido, y ella habla de él como “el famoso borracho”. Vale decirlo: en el libro no se habla de literatura. El libro que ahora se consigue en oferta habla, sí, de unas cuantas vidas, y también de los Estados Unidos de la década del ’60 tantas veces mitificados, pero esta vez desde una perspectiva que vale la pena, a la luz del contundente apellido Kerouac.

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