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Domingo, 26 de marzo de 2006

SIMONE WEIL

Las necesidades del alma

Una biografía de Simone Weil no puede ser sino una aventura emocionalmente profunda. El libro de Gabriella Fiori asume los riesgos y convence con un viaje íntimo a la vida de esta intelectual incomparable.

 Por Cecilia Sosa

Pocas presencias más inquietantes para la filosofía como la de Simone Weil. Silenciosa y extravagante, molesta aun para las izquierdas más avanzadas; con su capa holgada y sus sandalias de pies desnudos (aun en pleno invierno), cigarrillo en mano y eterna migraña, habitó la entreguerra francesa militando por convicciones sin filiación. Vivió sólo 34 años y tuvo un único y solitario combate: iniciar la gran obra de curación de la civilización industrial de Occidente. Un amor femenino y fecundo que en plena guerra se dejó morir de hambre en la campiña francesa.

En Simone Weil, la especialista y ensayista italiana Gabriella Fiori presenta una biografía intelectual sorprendentemente minuciosa y plagada de citas y coloridas anécdotas, que sigue con avasallante rigor vida y obra de una presa imposible de atrapar en fórmulas convencionales. Un libro central para descubrir el pensamiento de una autora originalísima y de una vitalidad aún hoy conmovedora.

“El arcángel de la filosofía”, “un ser absolutamente sin cuerpo”, “un corazón capaz de latir a través del universo”, “el único cerebro que ha tenido el movimiento obrero en años”, tan tranquila como “un sacerdote en confesión”, profeta de la errancia, de la religión sin escritura. Nombres extraños –adjudicados a ella por distintos personajes, como Simone de Beauvoir o Bataille– para una mujer que supo desconcertar hasta a sus más cercanos amigos.

¿Quién fue esta mujer que gustaba vestir de negro? ¿Mártir trágica? ¿Musa anoréxica? Nacida un frío 3 de febrero de 1909 en París, segunda hija de Selma Reinherz y Bernard Weil (un médico judío de origen alsaciano y único intelectual de una familia de comerciantes), creció rodeada de afectos, vacaciones en la montaña y cursos de danza. Tenía 14 años cuando entró en una crisis de depresión profunda y pensó en suicidarse. “Después de meses de tinieblas interiores” confesó haber alcanzado una “certeza” que no la abandonaría: la búsqueda de una “verdadera vida”, ligada a la creación moral y a la aspiración a la “verdad”.

El libro de Fiori la muestra siempre dispuesta a embarcarse en las más acuciantes aventuras, a dar órdenes, a distribuir panfletos, sin afiliarse nunca (entre sus escritos póstumos, se encontró una carta de adhesión al Partido Comunista que escribió a los 18 años y que siempre quedaría inconclusa). Siempre cerca y siempre crítica de los movimientos que conmovieron a su época, pintó en agudos frescos el movimiento pacifista estudiantil, el sindicalismo francés y la avanzada obrera alemana pre hitleriana. “Parecería que el Anticristo está en Le Puy. Es una mujer. Está vestida de hombre”, advirtió alguna vez un diario reaccionario parisino.

La vida de Weil fue tan rápida como intensa: tres años enseñando filosofía en Le Puy, una pequeña ciudad clerical y conservadora; un año de obrera en una fábrica alemana, dos meses de granjera, participante sin ilusiones en la guerra española y exiliada con la invasión nazi a Estados Unidos, donde llegó al entorno personal de Roosevelt para rogar ser devuelta a Europa y estar cerca de “su Francia combatiente”. Ya en Londres, en contacto directo con la “desgracia” de la guerra, escribió en el encierro y sin probar bocado. Enferma de tuberculosis, en 1943 se dejó morir de hambre en un sanatorio de la campiña inglesa.

Y en el medio, aún le quedó tiempo para producir una enorme cantidad de escritos, la mayoría póstumos, que sus padres transcribieron pacientemente. La producción intelectual de Simone Weil es tan extraña como su vida: cartas de confesión autobiográficas, cuadernos de notas, ensayos, poemas, testimonios y hasta una tragedia inconclusa. Con La gravedad y la gracia (1947) impactó por primera vez en el público francés: un libro breve, denso y perturbador, en todo acorde con la necesidad mística y filosófica de la posguerra. Durante su último período escribió El arraigo (1949), donde propone su proyecto de cura de Occidente basado en la creación de una sociedad nueva que pueda fundarse en “las necesidades del alma”; grito de urgencia que emerge del corazón de una época “donde hemos perdido todo”. Albert Camus, su eterno amigo enamorado y editor, elogió la obra como una de las más importantes del fin de la guerra y T.S. Eliot consideró que pertenecía a ese género de “prolegómenos de la política, libros que los políticos rara vez leen, y que tampoco podrían comprender y aplicar”, que debían ser leídos por los jóvenes antes de que las tribunas y asambleas aniquilen su capacidad de pensamiento.

Espera de Dios (1950) es una suerte de autobiografía espiritual póstuma que reúne las cartas y ensayos que le escribió al padre Joseph-Marie Perrin a lo largo de 1942, luego de que Weil, de ascendencia judía, se inclinara por el bautismo cristiano. Allí explica y profundiza su vocación por una religión viva y activa; una religión de experiencia opuesta a la autoridad, tan perturbadora y hasta revulsiva para la iglesia ortodoxa como para sus amigos revolucionarios.

Se podría objetar que el libro de Fiori incurre en un único pecado: por momentos la voz de la autora se confunde con la de su objeto en una suerte de fusión íntima que enciende el relato pero que a la vez lo dificulta. En todo caso, Fiori se excusa desde la primera línea: “Este libro no es un estudio, es una inmersión. Simone Weil no podría ser un objeto de estudio; está demasiado viva”.

Sin embargo, Fiori logra develar la inédita composición que alcanzó Weil de filosofía clásica, original visión del marxismo e intuición de una religión del amor como fuerza pasional y desestabilizante. Simone Weil es un libro acorde a una mujer desgarrada y dueña de una fuerza moral única.

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Simone Weil
Gabriella Fiori
Adriana Hidalgo
232 páginas

 
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