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Domingo, 13 de agosto de 2006

RODDY DOYLE: UN HéROE LLAMADO HENRY

La importancia de llamarse Henry

Aunque forma parte de una saga sobre Irlanda, Un héroe llamado Henry mantiene su autonomía. Dickens, la lucha por la independencia y un héroe rabelesiano marcan los puntos altos de una lograda novela histórica.

 Por Mariana Enriquez

Un héroe llamado Henry
Roddy Doyle
Norma.
471 páginas.

Roddy Doyle es el más popular de los escritores irlandeses contemporáneos. Casi todas sus novelas han sido best-sellers y, en los últimos años, casi exclusivamente dedicado a la literatura infantil, ha expandido su base de lectores como pocos otros. Especialista en la clase obrera de Dublín –y en los chicos y jóvenes en particular, a causa de su experiencia como maestro– se hizo famoso gracias a la trilogía integrada por The Commintments (1989), The Snapper (1992) y The Van (1993), saga de la familia Rabbite; desde entonces quedaron claras sus marcas registradas: costumbrismo con pases de comedia, un oído absoluto para el diálogo y una agilidad narrativa que no resignaba la frase virtuosa. The Commintments se transformó en una película clásica con dirección de Alan Parker y las otras dos partes de la trilogía fueron llevadas al cine –con bastante más gravedad– por Ken Loach. Pero su consagración absoluta llegó junto al Booker’s Prize en 1995 con la novela Paddy Clark Ja Ja Ja, las aventuras de un chico de diez años y su pandilla de amigos en Barrington, narradas como memorias ficcionales. La mímesis con la voz de Paddy impresionó a los críticos y varios años después Doyle repitió la proeza, pero con una pretensión mayor: encarnar a una mujer, Paula Spencer, alcohólica y golpeada por su marido, en La mujer que se estrellaba contra las puertas (1997). Escrito en primera persona, el libro deslumbró, pero también instaló las primeras suspicacias acerca de la habilidad de Doyle: ¿acaso su talento se limitaba a la historia de vida de dublineses de clase obrera y a la reproducción preciosista de su habla?

La segunda mitad de los ‘90 significó una era de redescubrimiento y búsqueda de identidad para los escritores irlandeses. Junto el boom económico en la isla, que pasó de país periférico a un estado estable de Europa, y el estereotipo internacional sobre lo irlandés (tierra de magia y artistas, fijación que existió siempre, pero se acentuó), se inició un debate sobre la historia y el arte nacional, en que Doyle intervino con los tapones de punta. En primer lugar, se atrevió a cuestionar a Joyce diciendo que, en su opinión, “necesitaba un buen editor”. Más tarde, se metió con los demás iconos: “Bernard Shaw se fue de Irlanda cuando tenía 16 años y Wilde era irlandés, pero con la misma seguridad se puede decir que era británico: probablemente él hubiera considerado que la Isla de Man era su hogar. Y sin embargo hemos hecho un trabajo increíblemente bueno de vendernos como la tierra de los duendes, escritores y cantantes. Siempre me preguntan por qué Irlanda produce tantos buenos músicos y la respuesta es que no lo hace: en los últimos buenos años, los buenos músicos irlandeses pueden contarse con los dedos de una mano”.

En ese contexto y estado de ánimo, se lanzó a escribir su propia mitología irlandesa. Un héroe llamado Henry (1999) es la primera parte de una trilogía de novelas históricas y llega a Argentina cuando ya se publicó la segunda parte, Oh Play That Thing, que decepcionó a todos –probablemente también a Doyle, que no completó la saga y desde hace unos años se dedica sólo a escribir libros infantiles–.

La decepción estuvo directamente relacionada con lo auspicioso del debut. Un héroe llamado Henry es una novela histórica impecable, desbordante, entusiasta, atravesada de referencias literarias y una investigación pasmosa. El protagonista –una vez más Doyle se apropia de la primera persona que maneja con maestría– es un joven nacido en un pobrísimo barrio de Dublín, que sobrevive a la miseria y se convierte primero enrevolucionario y luego en asesino de policías, siempre al servicio del Ejército Republicano. Los primeros capítulos, con su colección de personajes pintorescos y patéticos (padre al que le falta una pierna, madre joven y enferma, abuela dura y adicta a las novelas románticas), son claramente dickensianos: “Pobre de mí ahí a su lado, pálido, con los ojos enrojecidos, hecho sólo de arañazos y magulladuras. Una barriga que pedía a gritos que le dieran de comer, los pies descalzos y doloridos como los de un hombre viejo”. Pero después, el personaje de Henry se vuelve pantagruélico: amante precoz e insaciable, de físico superdotado (aquí Doyle parece citar al mito irlandés del dios Cuchulainn) e inteligencia superior, interviene en los episodios de la independencia y en la confusión de la posterior desintegración de la resistencia hasta convertirse en una leyenda. Pero aunque Doyle reproduce con exactitud las vicisitudes de la rebelión (es excelente la reconstrucción del alzamiento de Pascua de 1916) y la política –incluso investigó sobre el papel de las mujeres en la guerra de la independencia, todas encarnadas en la señora O’Shea, la amante maestra de Henry– no busca una verosimilitud de novela histórica convencional y recurre a sutiles elementos de “realismo mágico”, a la Rushdie. Nunca resulta recargada: quizá por eso personajes reales como Michael Collins o Eamon de Valera pueden entrar y salir de la narrativa sin que resulte un desfile de nombres vacíos o caricaturas, sino hombres de carnadura real, atrapados en la trama de la historia. Así, Doyle construye una mitología –también literaria– que lo tiene todo pero en equilibrio: realismo social, historia, roces con lo fantástico, citas literarias y de la mitología. Lamentablemente, no pudo repetir la proeza en la segunda parte de la trilogía; pero Un héroe llamado Henry no necesita continuación y puede leerse como una obra entera, ya cerrada.

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