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Domingo, 10 de diciembre de 2006

WEINBERG

Era la tarde y la hora

Vida y tiempo de Esteban Echeverría en un ensayo histórico notable.

 Por Jorge Pinedo

Esteban Echeverría
Ideólogo de la segunda revolución
Félix Weinberg
Taurus
367 páginas

“A medida que un pueblo marcha, los elementos de su grandeza lo rodean: ya igualmente la literatura quiere tomar parte en el movimiento común. El que cantó con valor y fuerza, el poeta, espera celebrar aún los progresos de esa sociedad que le dio vida, busca un nuevo género.” Así traza el perfil de Esteban Echeverría el militante antirrosista Juan Thompson en 1834, marcando la estrecha imbricación entre creación artística y compromiso político en los albores de las letras nacionales. En la práctica, la diferenciación entre política y escritura resulta posterior, efecto paradójico de ese incipiente liberalismo que tanto el autor de El Matadero como el hijo de Mariquita Sánchez propugnaban y que culminó convirtiendo a la primera en mercancía y a la segunda también, aunque de otra índole. Vía trunca, como tantas si no todas las de las artes rioplatenses en sus albores, que en la situación de Echeverría hace de la palabra una espada, aun antes que Sarmiento.

Dominada por el neoclasicismo que hacía un dogma del octosílabo español, la poesía de la época transgredía al adoptar el endecasílabo italiano para –cosa curiosa– afrancesarse. Quebrar la métrica, alterar la rima fueron las armas introducidas por Echeverría al modo de una elegía libertaria, iluminada por las ideas de Mayo; primero contra los cánones del recién derrocado Imperio, enseguida enfrentando la continuidad de aquella estética enarbolada por los escribas de Juan Manuel de Rosas. Ese nuevo género literario al que alude Thompson es el que aúna devenir histórico contemporáneo con experimentación sobre el lenguaje en general, sobre las estrategias narrativas en particular. Si La Cautiva ensalza el avance del dominio blanco sobre el desierto y propone tímidamente un lugar para el indio, El Matadero denuncia sin concesiones y el Dogma Socialista ensaya desde el racionalismo utópico una propuesta que sobrevive en Urquiza, Alberdi, Sarmiento, Mitre y tantos otros. Equívocamente enlazado al romanticismo, Echeverría queda fuera de esa caja al rebasar sus constricciones: cronista implacable, denuncia, participa, organiza, desenvuelve una práctica social que en el escaso cuarto de siglo (vivió apenas 45) de actividad, emblematiza el tránsito del aventurero idealista al militante. Tarea en que se le fue la vida.

Rasgos que en su conjunto no dejan de parangonarse con la trayectoria de Rodolfo Walsh, también inventor de un género (el fiction-non-fiction), un estilo, una estética, una ética: “Ahora que percibo una idea quiero servirla. Eso es todo”, daba cuenta don Esteban.

Madeja embrollada por la historia oficial, es preciso volver a devanarla con los documentos, los testimonios, el epistolario y la referencia a fin de obtener una perspectiva global del tránsito por este mundo del poeta de Los Consuelos. Tarea efectuada por Félix Weinberg en pos del subtítulo vuelto hipótesis de trabajo: Ideólogo de la segunda revolución. Primero la de Mayo de 1810, luego la correspondiente a la lucha contra Rosas, a quien, el investigador no vacila en llamar tirano y dictadura a su gobierno. Todo congruente con su posición historiográfica, reticente a la construcción mediante la utilización de las “citas truncas y sacadas de contexto de la crítica echeverriana al partido unitario que han servido a los revisionistas rosistas para, con tan insospechada fuente, acreditar sus propias elucubraciones”, a partir de Saldías y Quesada. Un tan generoso como inédito apéndice documental ratifica los enunciados.

Ensayo histórico más que mera biografía, el de Weinberg hace girar en torno de Echeverría toda una época, la suya, y la proyecta en los sucesivos efectos de las producciones tanto políticas como a la vez literarias en las generaciones subsiguientes no menos que entre sus contemporáneos. Lo podría haber dicho Walsh, mas es de Echeverría: “escribir por escribir o por hacer alarde de fecundia sin que una creencia, una mira de utilidad pública nos mueva, me parece no sólo un charlatanerismo supino, sino el abuso más criminal y escandaloso que pueda hacerse de esa noble facultad; y yo no he nacido para semejante oficio de ganapán: preferiría irme a plantar espárragos”.

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