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Domingo, 10 de diciembre de 2006

ROSENBERG

Recortes de un diario íntimo

Muestrario de un sólido trabajo con la palabra, un volumen reúne poesía escrita y traducida por Mirta Rosenberg entre 1984 y 2006.

 Por OSVALDO AGUIRRE

El árbol de palabras
Mirta Rosenberg
Bajo la luna
256 páginas

El árbol de palabras reúne la obra poética desarrollada por Mirta Rosenberg entre 1984 y 2006. El corpus integra cuatro títulos publicados, poemas cuya edición fue en principio desestimada, avances de dos posibles libros en preparación y una selección de traducciones de otros poetas (de lengua inglesa). La inclusión de traducciones se inscribe en una tradición inaugurada por Alberto Girri, la que jerarquiza la tarea del poeta–traductor y la equipara a su propia actividad poética. Al mismo tiempo apunta a un centro: fueron realizadas, en general, en los últimos diez años, “período que en mi caso fue de renovada reflexión, viraje y reajuste en la escritura”. Este señalamiento destaca el lugar de su libro anterior, El arte de perder (1998), de una de cuyas partes sale el título del volumen. Además, a falta de una declaración lisa y llana, las versiones de otros escritores sugieren claves de su propia poética. Es que las preguntas que se hace Rosenberg al traducir son las de un poeta ante su propio texto; y el impulso y las direcciones de su producción tienen un motor poderoso en sus traducciones.

Mirta Rosenberg suele reconocer el rol que tuvo Hugo Padeletti en su formación. La traducción ocupó un lugar central en ese aprendizaje; con Padeletti, en particular, comenzó a leer a Marianne Moore, en cuya obra están filiados su extremado rigor en la construcción del poema y el uso de rimas internas y giros inesperados como mecanismos de enlace y desarrollo. Pero su manera de ser fiel consistió en practicar un desvío, en incidir un forzamiento de la lengua que el modelo, probablemente, desaprobaría. Una violencia armónica, delicada, tramada en una red de consonancias, citas, frases sentenciosas y términos y versos que retornan idénticos y cada vez con un sentido distinto. “El jerbo”, en el contexto de El árbol de palabras, resulta un poema de Moore escrito por Rosenberg porque ha sido trasladado al castellano según la sintaxis y el modo de escandir los versos que regulan el conjunto y definen un estilo.

Ese estilo, como dice la poeta española Olvido García Valdés en el apéndice del libro, es el ritmo. Ya en Pasajes (1984), su primer libro, Rosenberg escribió que “el ritmo es todo”, porque funciona como generador del poema y realiza aquello que lleva a escribir. Un principio formal, pero también un recurso para distanciarse y tratar la difícil materia que asumen los poemas: la pasión, el amor y el miedo, la pérdida, lo que ya no está pero insiste en el habla. La reiteración de sonidos, palabras-clave y versos corresponde además al intento de vencer la opacidad de las cosas. El sujeto de los poemas, como el que camina hacia el horizonte, descubre que aquello buscado se desplaza con la misma velocidad con que intenta alcanzarlo, por lo que sólo es posible dar rodeos y proponer nombres que nunca resultan suficientes para alcanzar el centro y contener el movimiento. “En esencia hay que decir lo inasible:/ hasta dónde se puede sufrir, y detenerse antes”, se lee luego en Madam (1988). En este libro, que presenta “recortes de un diario íntimo”, puede observarse mejor cómo el juego del ritmo constituye la significación y a la vez la difiere, o al menos la mantiene en suspenso. Si en “El origen de la acción”, el texto inaugural de la obra, había una profesión de fe (“Creo en la palabra”), enseguida comienza a afirmarse cierta decepción: no hay nada que entender, la poesía es el espacio de lo elocuente, las palabras en sí mismas eficaces para tratar con las emociones. Rosenberg elude los desbordes, reprueba el autorretrato por patético y afirma el valor de la ficción y un ars amandi que es arte de ocultar.

La idea del árbol de palabras condensa el “viraje y reajuste” de su última producción. De la confianza a priori en la palabra, esta obra pasó a afirmar que la poesía desilusiona e incluso traiciona, porque no tiene nada que ver con los sentidos habituales y la fuerza de la costumbre. Los términos son los del traductor; incluso un título como El arte de perder remite a ese oficio (ya que un traductor comienza por decidir qué va a perder del texto que tiene ante sí). La figura, además, alude a la construcción de una lengua propia, precisamente el espacio donde se encuentran el poeta y el traductor: “Las palabras se repiten entre sí/ por el sentido: son solteras y sociables,/ y de sus raíces crece un árbol”, dice Rosenberg. Estos versos son el resultado y a la vez la definición de una experiencia, sin duda una de las más sólidas e intensas en la poesía que se está escribiendo.

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