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Domingo, 18 de febrero de 2007

EL EXTRANJERO: ROBERT STONE

Cuán verde era mi cielo

Robert Stone, el maestro norteamericano de la novela político-metafísica, publica sus memorias de los años que cambiaron la cultura: los ’60.

 Por Rodrigo Fresán

PRIME GREEN: REMEMBERING
THE SIXTIES
Robert Stone
Ecco Press, 2007
229 páginas, U$S 25.95

Cosa rara o quizá síntoma milenarista: de un tiempo a esta parte la práctica del género autobiográfico, el hacer memoir, dentro de la literatura norteamericana se ha convertido en una actividad de escritores jóvenes. A ella se han apuntado últimamente Donald Antrim, Dave Eggers, Jonathan Franzen A. M. Homes, Augusten Burroughs, Jonathan Lethem, Rick Moody, Chuck Palahniuk, Alice Sebold, William T. Vollmann y los “mentirosos” recientemente desenmascarados J. T. Leroy y James Frey, entre otros. Y casi todos ellos tienen algo en común: a la hora de recordar, se concentran en sus no muy lejanas y disfuncionales infancias y en los métodos y maniobras para sobrevivir a padres náufragos de los dorados años 60.

De ahí que este Prime Green: Remembering the Sixties, primer non-fiction del septuagenario Robert Stone –maestro sin rival de lo que podría denominarse como gran novela político/metafísica– despertara tanto interés anticipado porque, además de tratarse de un gran escritor célebre por la intensidad de su prosa y por la documentación de doctrinas y pasajes, devolvería a todo el asunto a sus cauces naturales: un hombre que ha vivido mucho cuenta su vida durante esos años en que los padres de tanto escritor joven se dejaron el pelo largo y corrieron desnudos por el lodo.

Además, Stone ha sido y, así lo atestigua este libro, es uno de esos privilegiados que ha estado en todas partes en el momento justo y quien hoy –junto a James Salter y Norman Mailer– probablemente sea de los últimos Gran Vitalistas de su generación: en un barco rumbo a la Antártida durante la Guerra Fría, en el Nueva York de Bob Dylan y los folkies, en la California de los Grateful Dead de Jerry García y de los Merry Pranksters de Ken Kesey (casi el protagonista del libro), en la Nueva Orleáns de patriarcas decadentes, en el Hollywood de Paul Newman, en el Londres de los Beatles, en el México de los beatniks fugitivos, en las redacciones de periódicos de cuarta y de revista de luxe, en el Vietnam de Kurtz, en la Israel por siempre en llamas, y en Big Sur mirando a la Luna la noche que el hombre la pisó por primera vez y “los cielos fueron industrializados”.

Y, ahora, mirando atrás sin ira pero con algo de pena, Stone cuenta todo eso: “La fiesta que comenzó en el ‘63 y que me siguió de puerta en puerta, llenando el mundo, hasta el ‘67, cuando el Verano del Amor acabó con todo” y los más sabios comprendieron que “el LSD que tomábamos como tónico de liberación psíquica en realidad había sido desarrollado en los laboratorios de la CIA como arma secreta”.

Prime Green –cuyo título alude tanto al satori luminoso de un amanecer de jade en las junglas del Golfo de México tanto como, en argot drogota, a la mejor y más poderosa marihuana– avanza lánguidamente, se mueve en círculos, salta de un lado a otro y, en ocasiones, dejando las anécdotas a medio contar, casi disculpándose porque “todo ha pasado hace tanto tiempo y sólo tengo fragmentos de recuerdos, ríos de niebla, magnolias, jardines rodeados por viejas piedras”. Y paradoja o no tanto: las ficciones de Stone –pensar en Dog Soldiers, en Outerbridge Reach, en Damascus Gate y en algún relato personal y verídico de Bear and His Daughter– resultan más verosímiles que mucho de lo que aquí se cuenta protagonizado por un Stone que, por lo general, parece más cómodo viendo el carnaval desde un costado, observando como observa, sí, un escritor juntando material para un futuro proyecto. Alguna crítica ha sido excesivamente cruel comparando todo esto a “los monólogos más grabados que escritos de un viejo y simpático tío idolatrado con tres martinis encima”. Pero no es para tanto aunque uno se queda con ganas de más, de mucho más porque es más que seguro que queda tanto ahí.

Así, la lectura de Prime Green –que no tiene nada de la intensidad de Rayo X de otros libros sobre la Era de Acuario mutando a Era de Cáncer firmados por Joan Didion o Michael Herr o Hunter S. Thompson o Tom Wolfe–se disfruta más y mejor una vez que se han dejado de lado las expectativas de entrar a uno de los libros fundamentales y definitivos sobre la década que cambió al mundo y, en cambio, se lo acepta como la libreta de notas de un gran narrador formándose en un mundo deformante. Un responso amable pero también implacable elegía que, en las últimas páginas, saca cuentas, resume lo publicado y lo experimentado, y se despide así: “Fuimos una de esas generaciones a las que se les puede aplicar la palabra ‘románticos’”. De alguna manera, todos salieron perdiendo. “En nuestro tiempo, fuimos clamorosos y vanidosos. No hablo aquí nada más por mí sino por todos aquellos con los que compartí esa época y sus actitudes. Lo queríamos todo; en ocasiones confundimos la autodestrucción con la virtud y el talento, la negación con el éxtasis, la falta de atención con el coraje. Como idolatrábamos las doctrinas de Hemingway, queríamos gracia constante bajo presión constante, y estoicismo antes que una desilusión que jamás alcanzara su fecha de vencimiento. Queríamos morir a lo grande cada día, ser tipos cool y dejar un cadáver bien parecido. Cuán absurdo, porque nada es gratis, y finalmente tuvimos que aprenderlo. Cada generación –sea romántica o pragmática, espiritual o materialista– debe aprenderlo tarde o temprano. Aprendimos lo que debíamos hacer e hicimos lo que pudimos. El mundo se benefició de varias de las cosas en las que tuvimos éxito. Fuimos las principales víctimas de nuestros propios errores. Si nos medimos a nosotros mismos con los amos del presente, no lamentamos nada salvo nuestra incapacidad para haber prevalecido.”

Descansen en paz y a seguir con la próxima novela; que en los Estados Unidos de Bush Inc. hay tema de sobra para un libro de Robert Stone en el que un héroe ambiguo y desesperado decide hacer algo al respecto sin saber muy bien qué hacer –y sin estar seguro de si ese algo está dentro o por encima de la ley–, mientras, afuera, todo vuela por los aires, por los cielos verdes, románticos, industrializados y rebosantes de lisérgicos diamantes locos.

Y el héroe, por supuesto, se acuerda absolutamente de todo.

Y sobrevive para contarlo.

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