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Domingo, 18 de febrero de 2007

NOTA DE TAPA

Libros para las masas

 Por Carla del Cueto y Gabriel D. Lerman

En sus trabajos, Pablo Semán desanda, hurga e intenta explicar lo que la intuición o la sospecha parecían haberle sugerido. Como buen antropólogo, tampoco juzga la desviación de las normas o la ruptura de legitimidades, sino que se pregunta por qué ciertos fenómenos tienen lugar, les guste o no al saber establecido, a las jerarquías, a los especialistas y al propio público. Frente al crecimiento de la divulgación histórica, una zona que reúne en forma compleja una diversidad de autores y lectores, Semán se corre de la impugnación académica pero también de la absorción ingenua, para preguntarse qué necesidades cubren los historiadores de masas, qué espacio popular de elaboración cultural permiten esas narraciones y cuál es el tipo de dispositivo que construyen ciertas figuras masivas como Jorge Lanata, Felipe Pigna y Marcos Aguinis. Lo mismo intenta con el rock “chabón” o barrial, con la religiosidad pentecostal y con la llamada literatura de autoayuda, en particular la de libros de Paulo Coelho, escritor sobre quien pesan rótulos editoriales, tirrias intelectuales, pero escasamente se ha pensado el modo en que sus narraciones son leídas, en qué escalas de valores y bajo qué sentidos se reciben sus relatos.

Foto: Pablo Mehanna

Bajo continuo. (Exploraciones descentradas sobre cultura popular y masiva) es el título del último libro de Pablo Semán, en donde ocupa de estos fenómenos. Sociólogo de la UBA y doctor en Antropología social por la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, Semán ha buscado en los últimos quince años identificar aquellos nudos problemáticos que, en el cruce entre política, religiosidad, música y sectores populares, revelan los cambios de la Argentina de fin de siglo.

Investigador del fragmento, Semán avanza sobre el terreno poniendo el ojo en la letra de una canción, en la presentación en la Feria del Libro de un best-seller de historia, en bibliotecas personales, en un templo pentecostal, mientras escucha y anota historias que luego integrarán un relato mayor. En lugar de asignar una supuesta falta de sentido a las prácticas de ciertos sectores sociales, describe otras razones que anudan esos fragmentos. Esta perspectiva es indisociable de una metodología etnográfica donde las preguntas surgen luego de mucho tiempo de interactuar con la gente.

¿Cómo llegás a trabajar sobre la religiosidad popular?

–Lo primero que me llevó a estudiar la religiosidad pentecostal fue la reacción de mi nicho cultural frente a ese fenómeno: tratar de explicar lo que se suponía que pasaba con la expansión de esa religión. Quería dar una respuesta sobre cómo ocurría la degradación y la transformación regresiva y autoritaria de los sectores populares en una especie de fascismo religioso, integrismo emocional e irracional. Me fui dando cuenta de que esas prácticas tenían otra racionalidad. Lo segundo que asumí es que la sociedad argentina estaba culturalmente mucho menos unificada de lo que se acostumbra a pensar.

¿Cómo caracterizarías la cultura masiva?

–Una cosa es la lógica de la masificación cultural que funciona desde las empresas productoras de bienes culturales y de simbolizaciones que circulan masivamente. Ahora, yo creo que a eso hay que oponerle el análisis de la apropiación de lo masivo. Y en el análisis no hay tantas formas de apropiarse como individuos, ni hay una única forma. Entonces, hay una experiencia de las clases populares que, quiérase o no, incide en la forma en que se apropian de lo masivo. Hay lógicas diferentes para apropiarse de Paulo Coelho y hay lógicas diferentes para apropiarse de la religión pentecostal. Dentro de lo masivo hay productos que están más orientados a las clases medias y otros más hacia sectores más bajos en la escala social, pero aun cuando se mezclen y circulen todo tipo de productos, las lógicas de apropiación son diferentes y las preferencias también.

En relación con los lectores de Paulo Coelho, afirmás que el nivel educativo de una persona no garantiza lecturas legítimas ni inhibe la idea de lo sagrado.

–Claro, la ampliación de las capacidades de lectoescritura, más que inhibir, cauteriza ciertas propensiones culturales, como por ejemplo la referencia permanente a lo sagrado y a lo que desde el punto de vista iluminista es oscuridad, se retroalimenta con las prácticas de lo sagrado. Yo diría que hay lógicas de apropiación de Paulo Coelho que tienen más que ver con una expectativa cosmológica y con una referencia inmediata a lo sagrado y en otros casos tienen que ver con una referencia al “crecimiento interior” y el acceso a lo sagrado. Hay apropiaciones más mágicas vinculadas a sectores de clase media baja influidos por una cultura religiosa muy tradicional, pero también hay ejemplos de la clase media urbana que casi no tiene contacto con las experiencias religiosas y que entonces hace uso de una lógica más psicologizada de Paulo Coelho y que llega a través de eso a recuperar o reelaborar la idea religiosa.

¿El libro, como soporte, es un objeto de clase media?

–En la experiencia de las clases medias el libro es algo corriente y legítimo. Uno de los mejores elogios que hacen todas las madres de clase media a sus hijos es que siempre aprendieron a leer antes de la edad escolar. Porque ése es un valor estructurante de la experiencia de las clases medias. Justamente en los sectores populares ese tipo de reivindicación del valor del libro no existe y el elogio que se hace de los chicos es que son buenos o que son fuertes o que son tranquilos o que son compañeros, pero no que leen desde los dos años, o los tres, o los cuatro. Eso no quiere decir que en sectores que no están influidos por la cultura clásica de la clase media, el libro no sea legítimo porque el libro igual es legítimo. No en el mismo grado y no de la misma forma. Lo que ocurre es que hay una presión hacia la apropiación del libro en la cual los instrumentos que se usan son otros.

¿Por ejemplo?

–A los pastores pentecostales, que muchas veces son muy pobres, les encanta leer la Biblia, sobre todo el Antiguo Testamento, que es pródigo en imágenes de portentos y de fuegos y de cielos que estallan y de fenómenos fabulosos. Y ellos los ven como una etapa de la historia de la humanidad que realmente ocurrió, mientras que en las clases medias cualquier narrativa del tipo del Viejo Testamento es siempre interpretada. Donde los pastores populares ven la realidad histórica de un pasado que efectivamente ha ocurrido, las clases medias encuentran la infraestructura de una metáfora que hay que interpretar. No es algo que ocurrió sino que dice algo que debe ser interpretado bajo una tradición letrada. Entonces el libro es legítimo en sectores populares, pero la forma y los instrumentos de apropiación son totalmente diferentes. Pero no es lo único legítimo y sería no muy bien visto un tipo que se la pasara leyendo todo el día.

Es muy interesante el caso que se menciona en el libro de la bibliotecaria Graciela y su forma de clasificar los libros, que incluye a Coelho bajo la etiqueta de “filosofía”.

–Ella es bibliotecaria y en su trabajo tiene un régimen de clasificación que no pondría dentro de la categoría de “filosofía” una serie de libros que ella sí pone dentro de “filosofía”. Ese hecho muestra que los parámetros alternativos de Graciela no son reconocidos ni son visibles pero son muy fuertes. Hay muchas Gracielas que clasifican los libros de una manera sistemática aunque no tengan instituciones que las respalden ni mecanismos de socialización tan evidentes, tan apabullantes. El caso de que sea una bibliotecaria y que utilice un sistema en el trabajo y otro en su vida muestra una cosa que para mí es clave: que lo hegemónico, lo legitimado por el poder, tiene una vigencia limitada aun para un miembro del sistema de bibliotecas. Apenas esa persona que está socializada en los esquemas de la cultura legítima toma un poquito de distancia y espacio propio, comienza a desarrollar otras categorías.

Otro tema en tu libro es la polémica sobre la lectura de best-sellers de historia.

–Los historiadores de masas y autores de best-sellers sobre historia argentina han sido acusados por los historiadores académicos de hacer una mala historia. Más allá de si eso es verdad o no, lo importante desde el punto de vista sociológico y cultural no es solamente que se produzca historia degradada y circule legítimamente, sino que eso que se llama historia degradada ha cumplido un papel de formación política de las clases medias en un espacio muy masivo. Creo que la historia de masas le dio voz, una explicación de la historia y un sentido al malestar que durante muchísimo tiempo habían sufrido grupos sociales que progresivamente fueron expulsados de consumos y de cierta estabilidad durante los noventa. Por otro lado, habría que agregar que la literatura de masas no es solamente la de Felipe Pigna y Jorge Lanata, sino que hay otros abordajes diametralmente opuestos, que en muchos casos sirven para constituir una especie de utopía regresiva en la cual el mejor mundo fue el de los noventa si no hubiera habido corrupción. La historia de masas no es importante porque hace circular historia degradada sino porque repone, aunque sea transformadamente, las lógicas de división política histórica de la Argentina, que es la que se da entre peronistas y antiperonistas.

En el libro afirmás que este tipo de literatura permite elaborar procesos políticos inmediatos a amplios sectores de la población, como pudo haber sido La República perdida en los ochenta.

–El hecho de que la historia de masas sea historiográficamente mala, en el sentido de que no da cuenta con profundidad del proceso social, que simplifica, no le quita funcionamiento social, con un simbolismo rico y con capacidad de interpelación, que a su vez transforma el simbolismo de los lectores. Opera sobre las representaciones de los otros. Entonces, historiográficamente puede ser pobre, pero su funcionamiento social es riquísimo. Que a mí me gustara que hubiera otra literatura histórica de masas es otro problema, no es el problema que se propone analizar el libro. Sino qué es lo que produce esta lectura.

¿Qué es lo que ofrecen Felipe Pigna, Jorge Lanata y Marcos Aguinis?

–Tienen sintonía con esferas y fracciones del público que recibe o recibiría esos libros. En el caso de Pigna y de Lanata, ellos trabajan sobre una huella cultural previamente existente que es muy rica y que tiene varios vectores: desde la tradición del profesor revisionista que en el secundario tenía que dar el libro oficial pero en la mitad de la clase decía “bueno, pero esto no es tan así”, y lo dejaba al alumno que más o menos se expresara. Eso sintonizaba con la desconfianza que tenía ese alumno con la historia oficial. Y también trabaja sobre otra huella instalada en la sociedad: los parámetros periodísticos y de comprensión de la realidad son los mejores parámetros o los únicos desde los cuales comprender. Entonces hay como una especie de epistemología de la sospecha, de suposición de que lo único que guía a los políticos de todos los tiempos es el interés inmediato en la riqueza personal y en la gloria modelada por el parámetro periodístico. Aparte yo creo que hubo otra situación: son libros que aparecieron para explicar el malestar de la Argentina en un momento en que la palabra de ningún político tenía valor. Porque en otro momento los políticos podían ser poco confiables, podían ser más o menos votables, pero siempre era un político el que daba la versión del malestar o del futuro bienestar. En el caso de la literatura de Marcos Aguinis, trabaja en otra huella de las clases medias un poco más elevadas, que es la experiencia del antiperonismo. No es tanto el lenguaje periodístico sino básicamente la experiencia de creer que se entiende mejor la realidad argentina si se postula que el fracaso argentino es hijo de la monstruosidad que fue el peronismo. Aguinis siempre fue una mezcla de escritor de ficción con hombre público interesado en la cultura con valores democráticos. Y yo creo que todos, tanto Aguinis como Lanata y Pigna, trabajan sobre un supuesto de sentido común absolutamente generalizado e independiente de la división peronismo-antiperonismo, que es el supuesto de que la Argentina fracasó. Que el fracaso es del mismo tipo y del mismo grado para todos y cada uno de los habitantes de la Argentina, cuando en realidad ha sido muy diferente, hay algunos a los que no les fue mal, incluso en los momentos en los que se supone que el fracaso era generalizado.

Pastores, Biblias, best-sellers de historia, ¿hay un hilo conductor en Bajo continuo?

–Un primer hilo conductor es la tentativa de ver cómo ciertos productos de circulación masiva tienen pautas de apropiación que no son las mismas que uno tiene cuando alguien se horroriza de que eso circule. Las pautas de apropiación son diferentes de las reacciones horrorizadas que dicen que todo es degradación. Mi intención es también ofrecer explicaciones alternativas a la práctica intelectual tradicional que confunde la crítica de los fenómenos con su explicación. Y la enunciación de la crítica no es una explicación.

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