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Domingo, 18 de febrero de 2007

Si Moreno viviera...

 Por Pablo Seman

Los lectores de Pigna y Lanata, de la misma manera que los lectores de Aguinis, pero desde “el otro bando”, reponen la matriz peronismo-antiperonismo de una forma actualizada. La reivindicación del “federalismo democrático” contra el “unitarismo autoritario” es el síntoma de que la matriz de la recepción de la interpelación “populista” se ha reconfigurado y de cierta forma ha hecho suyos los temas democráticos de los ’80.

La apropiación de la literatura histórica que promueve el grupo de personas que dinamiza un centro cultural en la zona sur del Gran Buenos Aires nos mostró otro uso posible. Allí el libro de Pigna era utilizado como el manual de procedimientos para darle curso a la intención de hacer propio y “recuperar” el festejo de mayo. En ese marco, la nueva visión de la historia inspira una especie de implicación revolucionaria.

Para estos militantes culturales, los libros de Felipe Pigna son valorados, entre otras razones, porque dan lugar a una posibilidad de identificación especial con los “próceres” que son entendidos como el modelo indebidamente abandonado de hacer política. Algo de la proyección del presente sobre el pasado para legitimar el compromiso político actual es lo que sucede en una situación como la siguiente en la que los miembros del grupo comentaban un resumen del capítulo de Los mitos de la historia argentina sobre la vida de Mariano Moreno:

Hernán recuperó las palabras de Luz para hablar de la “calidad humana de Belgrano”. Narró “la emoción” que le causaban personas como Moreno y Belgrano en un relato en el que se mezclaban ambos, sin distinciones. Jorge agregó que “Belgrano no sabía andar a caballo, que salió a la guerra sin saber andar”. Hernán dijo: “Me gustan más los tipos como Belgrano o Moreno que (que no me escuche nadie) San Martín. Tipos que se comprometieron con la política, que se arriesgaron. Incluso, mirá lo que te digo, prefiero a Rosas. Porque si no, después qué pasa –preguntó–, vamos, gritamos, ponemos el lomo, hacemos que los tipos se vayan... ¡y nos vamos a casa! Y, entonces, ¡claro!, ¡los tipos vuelven! ¡¡Si nosotros nos fuimos!! ¡Eso pasó en el ’70, en Semana Santa, en el 2001! Pero estos tipos no, viejo, mirá lo que hicieron con la supresión de los honores. Al tipo [en referencia a Moreno] no lo habían invitado a una fiesta, pero se enteró de que en la fiesta habían sacado una corona de azúcar de una torta y habían coronado a uno, como burlándose, ¿no? Entonces ¿qué hizo el tipo?, decretó la Supresión de los Honores.

Así, el pasado ofreciendo la imagen de próceres como dirigentes políticos respetables, que actúan por convicciones, viene a darle densidad a una expectativa militante que no encuentra todos los referentes que precisa en la contemporaneidad. Si la literatura de masas ayuda a disparar una implicación con la nación, también parece ofrecer recursos a un involucramiento político más definido que, como lo que acabamos de presentar, supone esa primera ruptura de la distancia.

Fragmento de Bajo Continuo,
que acaba de publicar editorial Gorla.

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