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Domingo, 13 de mayo de 2007

EL INQUISIDOR, DE PATRICIO STURLESE

Otras inquisiciones

Apartada en parte del fenómeno del Código Da Vinci y de los monjes de Umberto Eco, esta primera novela se convierte en una buena opción de entretenimiento con perfume de abadía.

 Por Liliana Viola

El inquisidor
Patricio Sturlese
Plaza & Janés
473 páginas

En las Apostillas a El nombre de la Rosa, Umberto Eco confesaba o fingía haber escrito para saciar sus “ganas de envenenar a un monje”. Y se podría aventurar que no sólo un semiólogo erudito medievalista de Bologna, sino todo aquel que emprende ficciones sobre el misterio del clero y de la fe, algún perverso fin (vender millones de ejemplares, por ejemplo, se le cumplió a Dan Brown) persiguieron y persiguen todavía.

El inquisidor, primera publicación del argentino Federico Sturlese, se inscribe en esa misma línea de la novela histórica con perfume de abadía –en tanto recrea cierto ambiente de época, introduce personajes que existieron en una trama principal detectivesca y de pura ficción–. ¿Cuál será su perverso fin?

Un inquisidor implacable se ve instalado en el vértice de las rivalidades de dos congregaciones y es instado a cumplir como esclavo una misión cuyo fin ignora. Aparentemente el diablo y sus esbirros planean destruir a la Iglesia. La historia ronda los claustros de la inquisición italiana del siglo XVI y también la recámara del papa Clemente VIII mientras pone en contexto medieval la moral del que pregunta, tortura y no cumple con su palabra en pos de la ortodoxia o de intereses personales. De haber sido escrita en la década del ‘80, se la habría acusado de hija bastarda de las aventuras de Adso y Guillermo de Baskerville. Pero como es reciente, la tentación es relacionarla con el fenómeno Código Da Vinci. Lo cierto es que, a pesar de los parentescos, El inquisidor se aleja a su manera de los dos best sellers: no polemiza con la Iglesia y no busca el escándalo en alguna verdad poco revelada. Los métodos de tortura son cruentos pero no son novedad, las intrigas de época y la turbulenta sexualidad en traje sacro tampoco escandalizan a los fieles. A su vez, descarta toda biblioteca borgeana, alusión culta y pretensión filosófica, más allá de cometer algunas bromas, como por ejemplo la de tomar prestado de la ciencia-ficción el nombre del libro maldito que se le encomienda buscar al protagonista.

Porque es así: el Inquisidor General de Liguria, Angelo DeGrasso, comienza a escribir estas memorias en cuanto sus superiores lo convocan para obtener una confesión sobre dónde se oculta el prohibido y satánico Necronomicón. Luego de interrogar, torturar y quemar al supuesto brujo, se le encomienda partir al Nuevo Mundo con una misión que se le revelará durante el trayecto. El inquisidor va a ciegas mientras descubre página tras página que él también es víctima de una intriga que comenzó mucho antes, tal vez el día de su propio nacimiento.

Si El nombre de la rosa examinaba las relaciones entre saber y poder en el marco de una Edad que para Eco es la infancia del presente, El Inquisidor se lanza por completo a narrar una aventura con las armas y hasta con el lenguaje de las traducciones españolas del siglo XIX. Su personaje esquemático, pero no por ello malvado, y vulnerable al mismo tiempo parece un digno descendiente de la factoría de Alejandro Dumas. Con un avezado manejo de los tiempos, Sturlese entregará escenas de sexo cuando la intriga amenace con diluirse y creará suspenso donde haga falta para que la atención no se ausente ni una página. Con este mismo ánimo folletinesco, ciertas incógnitas quedan abiertas. Perverso fin: dejar a los lectores esperando una continuación.

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