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Domingo, 8 de julio de 2007

PETR GINZ

Pequeño gran escritor

Hace poco fue descubierto y dado a conocer. Desde luego, comparado con el diario de Ana Frank, este fragmento de historia de Praga es una crónica de sobrevivientes.

 Por Sergio Kisielewsky

Diario de Praga (1941-1942)
Petr Ginz
Acantilado
184 páginas

Hecho en los márgenes de una pesadilla vuelta realidad, intacto en su sufrimiento, un chico escribe. Sabe, de manera precoz, que las cosas concluirán rápidamente. El muchacho narra su escolaridad, el vínculo con sus abuelos y tíos. Los ritos de una vida que terminará a los 16 años.

Poco a poco su ciudad se transformará en un gueto, sus parientes serán trasladados a los campos de exterminio.

Sin embargo el adolescente narra. No puede evitarlo. Es su pulsión en la intemperie. Aparecen, de pronto, las bromas con sus amigos y compañeros de escuela y entonces el tono es el de un joven que comienza a descubrirlo todo. El Diario de Praga, descubierto hace muy poco y expuesto en el Museo del Holocausto en Jerusalén, es un punto de partida donde la textura de las palabras y los dibujos son un motivo más para el asombro.

Los óleos hechos en tinta china, las fotos expuestas marcan un recorrido: la vitalidad de la cultura judía en Europa del Este antes de que ocurriera lo peor.

Los días pasan y nada detiene al futuro escritor. Como si los cambios vertiginosos y el cerco que se construye fuera un motor en combustión, en este caso de escritura. Letras que se asombran ante la ejecución por parte de la Resistencia a Reinhard Heydrich, el delegado de Hitler en Checoslovaquia. Una acción que cambiará el curso de los acontecimientos y minó para siempre la moral del ocupante.

Petr lo describe en detalle y no puede dejar de evocarse en este caso el filme Siete hombres al amanecer, que reconstruyó en detalle el coraje de un puñado de jóvenes ante la maquinaria de aniquilación.

Aquí, en cambio, está descripta con la pluma de un muchacho que ve que todo a su alrededor se mueve, muta, estalla.

¿Cómo conseguir hojas cuando todo estaba prohibido para los judíos como salir a la calle, tener máquinas de coser o salir de noche? Por lo tanto escribe en papel usado. “Hace poco volvió el señor Fried (lo había detenido la Gestapo) y lo primero que hizo fue casarse”, anota.

Así desfilan los vestidos de las primas, la nieve, la rutina en el colegio y los juegos. Como si la letra en diminuto olvidara las requisas o las estrellas estampadas en la ropa.

Todo ello cruzado por ayunos y violines en Januká junto a la lectura de los cuentos de Andersen y las novelas de Stevenson, en especial, La isla del tesoro.

Al igual que los textos de Ana Frank y Raquel Berheim, el diario de Petr Ginz es, en sí, una iluminación bajo tierra y un modo de respirar en el agua.

“En realidad pasan muchas cosas pero no se notan”, escribe en 1942.

Casi en un tono de crónica periodística y diario íntimo, se apropia de lo que ve y lo transmite tal cual. En su ciudad, para los judíos, ya no hay manteca, no se puede entrar a la peluquería o ver los títulos de los diarios en las vidrieras. Y en el medio del relato el pudor es una forma de defender una identidad, protegerla como a sus acuarelas y útiles escolares.

Petr Ginz, a los 16 años, es trasladado a Auschwitz.

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