libros

Domingo, 23 de septiembre de 2007

LEVRERO

Resignación y perseverancia

Una nueva muestra del particular tono vital y pesimista al mismo tiempo de Mario Levrero.

 Por Mauro Libertella

Dejen todo en mis manos
Mario Levrero
Mondadori
121 páginas.

1996 fue un año prolífico para Mario Levrero. En las listas bibliográficas, esas que se sellan abruptamente cuando un escritor muere demasiado pronto, figuran tres libros publicados ese año. Uno de ellos es Dejen todo en mis manos. Y la historia es conocida, por eso la resumimos a su punto central: Levrero era un autor "raro" en el canon uruguayo, que poco a poco fue ganando lectores y proponiendo su propia ubicación en el firmamento literario. Su muerte, en 2004, aceleró las cosas. Y ya no son pocos los que hablan de un él como un escritor que marcó un antes y un después.

Pero vayamos al libro. Dejen todo en mis manos es la historia de un escritor fracasado que, por problemas económicos, acepta un trabajo raro, casi bolañesco: viajar a la localidad de "Penurias" para encontrar a un autor desconocido que mandó a la editorial una novela magistral pero sin remitente. Imaginemos ahora que arrancamos al narrador de La novela luminosa de su casa –el diario póstumo de más de 500 páginas que Levrero dejó como obra cumbre– y lo mandamos a Penurias para buscar al huidizo autor. Es que ese es el efecto de lectura que genera la obra de Levrero: parece como si todo lo que narra lo hubiera vivido –genial ilusión–, y como si el narrador de una historia pudiera ser el personaje de otra.

Si alguien nos pidiera dos palabras que resuman la poética de Levrero, diríamos, en un intento imposible: resignación y perseverancia. Sí, tal vez suenan contradictorias, pero los libros de Levrero parecen jugar, de distintas maneras, con la idea de que todo está perdido, pero igual, o justamente por eso, hay que seguir. Y no importa el final –que en Dejen todo en mis manos es algo predecible–, porque lo que sustenta su literatura es la aceptación de un pesimismo que, de tan arraigado, impulsa que las cosas avancen. Todo está mal pero debe seguir, sería una frase posible.

Otra atmósfera que rodea y define los libros de Levrero es la de la intimidad y lo cotidiano. Una intimidad obsesiva, repetitiva, neurótica. Por eso la literatura del uruguayo es altamente subjetiva, marcada por una voz bien personal, y muchos lectores han manifestado la sensación siempre alucinante de que, al leer sus libros, sienten que lo conocen. Por lo demás, Dejen todo en mis manos es un libro rápido, y en pocas páginas sucede de todo. La velocidad del libro, sin embargo, choca con la pesadez del personaje narrador (un rioplatense lento, parsimonioso) y le confiere al libro un extraño registro del discurrir de la trama. Es como si el libro se estuviera escribiendo al mismo tiempo que la acción sucede, unos segundos después o incluso unos segundos antes. Y el único lenguaje al que podía recurrir el narrador para armar este tipo de relato era a un lenguaje que no obstruya; una lengua despojada que no esté por arriba de la trama. O, en otras palabras, el lenguaje de Levrero.

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