libros

Domingo, 30 de septiembre de 2007

NOLL

Viajar es morir un poco

Una nueva entrega del escritor de Porto Alegre deja el efecto de haberlo leído, pero queriendo volver a hacerlo.

 Por Juan Pablo Bertazza

Bandoleros
Joao Gilberto Noll
Adriana Hidalgo
183 páginas

Primero una advertencia: los que vienen de leer Lord y quieran agenciarse el segundo libro que se edita en la Argentina de Joao Gilberto Noll –Bandoleros (1985)– deben saber que, como sucede también con Andreas Maier (otro extranjero editado por Adriana Hidalgo), a Noll le gusta hacer libros muy parecidos, temática y estilísticamente hablando. Y si en Maier el tema fundamental era el chisme, el de este brasileño nacido en Porto Alegre es la desintegración de la identidad. La duda que surge al respecto, y de ahí la advertencia, es si tal obsesión constituye un gesto deliberado de estos escritores o si sólo se preocupan por hacer rendir al máximo una única idea que tuvieron. Más allá de la respuesta, la sensación de que hicieron varias tortas con la misma receta tal vez se deba a que son narradores que intentan aportar algo novedoso al un tanto enmohecido salón de "técnicas literarias".

En el caso específico de Joao Gilberto Noll –a esta altura un escritor muy conocido en su país que ya lleva trece libros editados–, algo relacionado con la identidad fragmentada es la experiencia de los viajes, donde puede sospecharse algún que otro afán autobiográfico. Y sí, se trata de viajes, aunque no en el sentido de las bildungsroman, ni tampoco en el de "viaje de una vez y para siempre" de los beats, sino más bien una forma "desiniciadora" o de disolución. El pivote suele ser Porto Alegre, y si el destino del viaje en Lord era Londres, en Bandoleros el escenario será la hermosa ciudad de Boston.

De Porto Alegre a Boston y viceversa, un escritor gaúcho bastante dark (y admirador confeso de otro dark, Ernesto Sabato) irá tramando la novela Un sol macabro, a la vez que se encuentra con el propio autor del libro y otros personajes como Steve, un norteamericano psicótico que vive aislado en Brasil, y un joven y fracasado poeta que se inmiscuye en la cama matrimonial del protagonista. Evidentemente, el encuentro con esta fauna colabora con el extravío de personalidad del escritor, aunque como él mismo lo reconoce en la novela, prácticamente no presta atención a sus interlocutores, lo cual es aprovechado dinámicamente en los diálogos. No los escucha, aunque habría que exceptuar dos cosas que logran llamarle la atención: la primera es un extraño proyecto de su pareja Ada para construir sociedades minimales, las cuales tienen entre sus objetivos prohibir a toda persona ver a otra durmiendo; la segunda es la violación y asesinato de la nieta de Nathaniel Hawthorne en el lujoso barrio de Beacon Hill. Es que las tragedias de la novela ocurren en la apacible y conservadora ciudad de Boston, mientras que en Porto Alegre lo que queda es algo así como la agonía.

Como luego desarrollaría en Lord, Noll también desplegó en Bandoleros un particular y exasperante manejo del tiempo tan imprevisible que las palabras antes y después pierden importancia. El otro tiempo, el meteorológico, es la otra fuente de perdición del escritor. Los fenómenos climáticos, y en especial la luz del sol, inciden permanentemente en las conductas del protagonista, provocando un déjà vu de El extranjero de Camus. Tal vez un déjà vu similar al que experimenten con Bandoleros quienes hayan leído ya Lord. Efecto de repetición no exento de novedades ni de sensaciones placenteras.

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