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Domingo, 10 de febrero de 2008

TODO LO SOLIDO, DE ERNESTO SEMAN

Historia de dos ciudades

Las atrapantes peripecias de un joven problemático pueblan la segunda novela de Ernesto Semán.

 Por Alejandra Laurencich

Todo lo sólido
Ernesto Semán
Aurelia Rivera
248 páginas

En uno de los libros que los alcohólicos anónimos consultan en su programa de autoayuda (vendría a ser como la Biblia para los practicantes religiosos), puede leerse una magnífica frase que podría resumirse así: “La locura es hacer las mismas cosas esperando resultados diferentes”. Tal parece ser la actitud que los personajes de esta novela, tres argentinos emigrados que residen en los Estados Unidos, adoptan una y otra vez para la solución de sus problemas. Y es probable que, bajo la prosa de Ernesto Semán, pueda vislumbrarse que no sólo sus personajes de ficción actúan de este modo sino los habitantes del país del que provienen los protagonistas. También es probable que, avanzada la lectura de Todo lo sólido, el lector mismo se vea involucrado en esa trampa cazabobos.

Su autor, Ernesto Semán, narrador y periodista, nació en la Argentina el mismo año que el hombre llegaba a la Luna. Actualmente vive en la ciudad de Nueva York. Es autor de la crónica Educando a Fernando, publicada en el año 1999, y de la novela La última cena de José Stalin, y guionista de la instalación sonora Mayo, los sonidos de la plaza, basada en un recorte de los acontecimientos históricos más destacados de nuestro país ocurridos entre el 17 de octubre de 1945 y el 20 de diciembre de 2001 en la Plaza de Mayo.

Todo lo sólido es su segunda novela publicada y fue finalista del concurso Emecé de Novela 2007. Comienza con un incendio en un departamento del barrio de Queens, en la Nueva York de los días previos al atentado de septiembre de 2001. Toda una ciudad de plástico y papel en la que se mueven los jóvenes argentinos emigrados por voluntad propia. Uno de ellos es Gabriel, adicto a la cocaína y trompetista mediocre. Su mujer, Laura, duerme en el departamento que se consume en llamas. Bernardo, un abogado amigo, es convocado a acudir al hospital donde lo espera Gabriel con una mochila en la que pudo meter las pocas cosas que salvó. Y así ocurrirá durante toda la novela. Gabriel actúa y convence, toma enormes cantidades de cocaína y convida, hace crecer deudas en miles de dólares por la droga y los demás se encargan de sostenerle la cabeza antes de que golpee el piso. Todos están convertidos en testigos de las ocurrencias de este personaje. El lector, como un amigo más de esa corte que lo rodea, se ve sometido a sus largos monólogos en los que brillan algunas reflexiones, monólogos que irritan más que subyugan, por lo largos, muchas veces por lo increíblemente pretenciosos, del pibe que se las sabe todas, del que afirma “para descansar está la eternidad” como si con esa filosofía pudiera justificar su inestabilidad.

A pesar del fastidio que consigue su comportamiento y su discurso, no hay forma de sustraerse a la curiosidad de ver qué ocurre con Gabriel, cómo zafa de la avalancha de problemas que suscita a su alrededor. Y así, casi por una actitud corporativa en la que el lector se identifica con Bernardo (Bérnele para los amigos), el joven judío que ha conseguido una posición relativamente segura en el mercado laboral de Nueva York y que soporta calladamente los delirios de Gaby desde su incómodo rol de narrador de la historia, las peripecias de este macabro y a la vez inocente personaje logran capturar cada vez más el interés a medida que la novela se desarrolla.

El escenario de todos estos malabares es el de dos ciudades, Nueva York y Buenos Aires, muestrarios de un mundo que puede vislumbrarse como lo que probablemente sea: el ambiente propicio para el esfuerzo inútil y la desesperanza de cualquier joven que intente encontrar su lugar.

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