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Domingo, 6 de julio de 2008

POESíA

El poeta escondido

Abogado, sobrio, casi gris en su personaje, alejado tanto de la excentricidad del invisible como del estridente, Wallace Stevens (1879-1955) fue un renovador de la poesía norteamericana sin abandonar jamás su trabajo de oficina. Su credo: que la poesía es salud pero que no puede convertirse en un hospital.

 Por Guillermo Saccomanno

A menudo el adjetivo “secreto” que se le pega a un autor es una artimaña marketinera. Se sabe: el lector de suplementos literarios no sólo busca estar al tanto del último “secreto” que todos consumen sino que, además, pretende vanidoso que su fruición sea exclusiva, privada. Evitando pisar esta trampa, Wallace Stevens (1879-1955) supo ser más un poeta escondido que un autor “secreto” y se las ingenió para proteger su poesía del parnaso de exhibicionismo intelectual. “Soy abogado y vivo en Hartford. Estos hechos no son ni divertidos ni relevantes”, fue la respuesta escrita que despachó al director de una revista que buscaba reportearlo. Pionero en abstenerse del gallinero literario mediante la reclusión, deviene un antecedente de Salinger. Pero menos crispado. Ni timidez ni afán de hacerse el raro. Stevens pensaba: “Después de que se abandonó la creencia en dios, la poesía es esa esencia que ocupa su lugar como la redención de la vida”. Entonces Stevens cuidaba religiosamente tanto su escritura poética como las rosas del jardín de su casa. Al leerlo uno queda impregnado por la añoranza de bosques y nevadas, el sonido de un búho, vestigios de una naturaleza perdida, la invasión de una melancolía adánica. Pero estas impresiones se cortan enseguida con un relampagueo de mordacidad que nos retorna a lo más elemental de lo diario. La poesía de Stevens, consciente de su poder, mediante una vuelta de tuerca, un guiño, le avisa al lector que no debe tomarse muy en serio.

Si se observan sus retratos, todos sugieren un ejecutivo prolijo, pelo corto, siempre de traje y corbata. Sin excesos de alcohol ni de alcoba, nada de paraísos artificiales, la biografía de Stevens no presenta peripecias ni trasluce una tragedia íntima. Ni un rastro de esa clase de conductas desbordadas que el lector biempensante atribuye con una credulidad romántica a poetas más preocupados por construir la excentricidad del personaje antes que una manera de decir. Este cliché exige que el poeta sea loco o, al menos, vidente. Corriendo el riesgo de pasar por conservador, el innovador de la poesía norteamericana era capaz de ahondar una y otra vez un tema y sus variaciones: “Seis paisajes significativos” o bien “Trece formas de mirar un mirlo” son buenos ejemplos. Sus poemas más conocidos son “El Emperador de los Helados” (“Deja que ser rime con parecer / El único emperador es el Emperador de los Helados”) y “El hombre de la guitarra azul”, inspirado en un Picasso (“Que pueda yo reducir el monstruo / a mí mismo, y después ser yo mismo / frente al monstruo”). Wallace Stevens sostenía que “la poesía es salud”. Y redondeaba: “La poesía no puede convertirse en un hospital”.

Periodista al principio, se interesó por la poesía oriental y llegó a escribir dos piezas de teatro Noh. Se recibió más tarde de abogado, se especializó en seguros y éste fue su empleo de por vida. Empleo que, cabe acotar, mantuvo rechazando la posibilidad que se le ofrecía de vivir como poeta profesional. Tuvo un solo matrimonio, una hija. Publicó Harmonium, su primer libro de poemas, a los cuarenta. Con una tirada de apenas mil ejemplares llamó la atención de los pares de su época. Tras leer Harmonium, Hart Crane le escribió a un amigo: “Hay un tipo cuyo trabajo hace que todos los demás nos sintamos muy poca cosa”. No obstante, por su reserva y la distancia que fijaba entre su oficio y el mundo, se lo juzgó un diletante. Sin importarle el qué dirán, convencido de que “la lengua es un ojo” y “toda poesía es experimental”, siguió escribiendo sin renunciar a su empleo rutinario. Se divorció ya viejo y murió de cáncer. No hay mucho más que contar de su existencia. Indagar en su biografía es un esfuerzo que frustra toda expectativa, lo cual tiene su mérito porque, tal como quería, nos impulsa directamente a su obra. “Lo que pensamos no es nunca lo que vemos”, escribió.

Una anécdota muestra el celo con que preservaba su trabajo poético de toda feria de vanidades: sus compañeros de la empresa de seguros se enteraron de que Wallie era poeta cuando fue premiado y su notoriedad, inevitable. Entre los galardones que recibió Stevens se cuentan el Bollingen, el National Book Awards y el Pulitzer. “Mañana de domingo” parece sugerir su ideal: “El placer de ir en bata, ya muy entrado el día / El café y las naranjas, en una silla al sol, / La verde libertad del loro/ Sobre un tapiz se funden para disipar / El sagrado silencio de un sacrificio antiguo”. Porque para Stevens, la divinidad, si existe, debe residir en lo cotidiano.

Apartado por elección, Stevens se tomaba la poesía como un trabajo riguroso y paciente en el que “las palabras tratan de cosas que no existen sin las palabras”. En cierto aspecto, Stevens sigue a Wordsworth al elegir situaciones de la vida normal y probar el uso de un lenguaje corriente. “La sensación excede a las metáforas”, dijo en otro poema. Según Daniel Chirom, lo que diferencia a Stevens del británico Wordsworth está en el tono irónico que lo distancia del sufrimiento y en una sensibilidad moderna que lo vuelve extraño frente a la naturaleza. “Los paisajes, personas y objetos de Stevens no están ubicados en el espacio sino en el tiempo”, señaló Chirom. “Soy lo que está a mi alrededor”, opinaba Stevens. Y planteaba la tensión permanente entre imaginación y realidad, el desgarramiento entre la conciencia y el mundo. “Las palabras son pensamientos y no sólo nuestros pensamientos sino los pensamientos de hombres y mujeres que ignoran lo que ellos mismos están pensando”, anotó. Los pocos artículos que publicó fueron reunidos con el título The Necessary Angel. Pretenciosos, alambicados, estos ensayos parecen escritos por otro, un americano culto que se fascina con la pompa de la cultura occidental. Pero, entre líneas, asoma una idea que vale la pena recortar: “El entendimiento no ha agregado nada a la naturaleza humana. Es una violencia interior que nos protege de la violencia exterior. Es la imaginación que vuelve a presionar contra la presión de la realidad. Parece, en última instancia, tener algo que ver con nuestra preservación. Y ésta es la razón, sin duda, de que su expresión, el sonido de las palabras, nos ayude a vivir la vida.”

Contemporáneo de T. S. Eliot, Ezra Pound, Wiliam Carlos Williams y Marianne Moore, su poesía estuvo libre de influencias. Después de su muerte, su marca se rastreará en Frank Carmode y John Ashbery. Harold Bloom lo incorporará a su manual The Western Canon como heredero encubierto de Walt Whitman y Emily Dickinson. De su primera difusión en nuestro país fue responsable Alberto Girri. Menos secas y más afines al talento entre juguetón y visual de Stevens fueron las traducciones de Chirom y, más acá, las inéditas de Esteban Moore.

El libro donde Stevens desarrolla con más precisión su credo es Adagia, publicado en forma póstuma. Se trata de una compilación de aforismos subdivididos temáticamente: la poesía, el poema, el poeta, la imaginación, la filosofía, el lenguaje, el arte, la vida, el hombre y la mente. Como suele ocurrir con esta clase de escritura, cada idea formulada corre el peligro de disimular con el ingenio una ausencia de profundidad. Pero Stevens, a esta altura de su vida, si no es sabio, está cerca de serlo. Decantados, como flechas, con una síntesis y una agudeza destellante, cada uno de sus aforismos, además de constituirse en un complemento clave para comprender la poesía en general y la suya en particular, funciona como un arte poética de serenidad y transparencia inusuales en un contexto donde ya se escuchan, entre Corea y Vietnam, los aullidos de Allen Ginsberg. Casi todo lo que estaba por pasar después sería “sólo rock and roll”.

Es inhallable Poemas, la traducción de Alberto Girri para la editorial Omeba, de 1967. También el fascículo impecable de Cedal que antologizó Daniel Chirom. Adagia, también editada como Los adagios, en traducción de Moisés Ladrón de Guevara, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana y la Editorial Ponciano Arriega, de México, supo circular en mesas de ofertas. En algunas librerías está El angel necesario: ensayos sobre la realidad y la imaginación, traducido por A. J. Desmonts y publicado por Visor, Madrid. Más fácil es detectar Las auroras de otoño, versión de Jenaro Talens, también en edición de Visor. Por supuesto, más al alcance, se encuentra material de y sobre Stevens en Internet.

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