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Domingo, 27 de julio de 2008

GIRAL

Mi única heredera

Las internas de la UES y una mirada naïve sobre Perón y su tiempo.

 Por Alicia Plante


Nelly R. La amante del General
Santiago Giral
t
Emecé
243 páginas

Con notable fidelidad a la voz infantil de una púber de trece o catorce años, identificado con su mirada, sus intereses y su posible estructura de pensamiento, Santiago Giralt nos entrega el relato de una historia tan absurda como posible: Nelly R. se enamora del general Perón, y tras persistente asedio accede gradualmente a la intimidad de su costado y de su cama. Por otra parte, es interesante que en esta incursión en lo que define como una “novela (anti)histórica”, el autor considere necesario protegerse: Perón se convierte en “el General” y su nombre no es mencionado en ningún momento, Evita es “la Duarte”, y el partido pasa a denominarse “Generalista”.

Giralt presenta a Nelly R. dentro del marco de la Unión de Estudiantes Secundarios, la célebre UES, con instalaciones dentro mismo de la quinta presidencial de Olivos. Es sabido que la institución organizaba diversas actividades culturales y deportivas gratuitas destinadas a estudiantes secundarios de ambos sexos, y también que los sectores antiperonistas y clericales esgrimieron contra ministros y secretarios presidenciales insistentes cargos de estupro dentro de la sede de la UES. El autor hace una referencia breve y terminante a esta clásica denuncia gorila: en diálogo con Nelly R. pone en boca de Perón la afirmación de que efectivamente hubo algunos excesos por parte de sus ministros, de los cuales él no había participado jamás.

A medida que la narración de esta “antihistoria” paralela avanza, Giralt ofrece, siempre a través de su ingenua Lolita, una visión de Perón durante el período que va del verano de 1953 al golpe del 1955 más cercana a la de un padre protector agobiado por la responsabilidad y el dolor de sus pérdidas que a la de un líder político de proyección mundial. A causa de esto, y sobre todo en las primeras tres cuartas partes, el relato se torna superficial, sin tensión ni profundidad en los perfiles de ninguno de sus personajes ni en los hechos que describe. Todos –salvo los anónimos golpistas que derrocan a Perón– son buenos, inocentes y felices y tienen las mejores intenciones, y todo se resuelve rápida y fácilmente.

En cuanto a Nelly, incluso los que en un comienzo resistieron esa presencia caprichosa que les impone el presidente, terminan rendidos ante su encanto a la vez naïf y sabio. Poco a poco, Giralt la va erigiendo en una especie de heredera de Eva, y hacia el final del libro, con unos años más y cierta madurez, vemos a Nelly enfrentando a su idolatrado General con preguntas embarazosas, o cuestionando la moralidad de estrategias tramposas como fingir que los católicos quemaron una bandera nacional o simular que renuncia a la presidencia. Recién en esa última parte, a partir del atentado de junio de 1955, la dinámica narrativa reconoce la necesidad estructural del conflicto, recurriendo moderadamente a la confrontación como una forma de mostrar ciertos conflictos.

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