libros

Domingo, 22 de febrero de 2009

En la zona

Una novela de climas y sombras, en la línea de Juan L. Ortiz y Juan José Saer.

El corazón de la manzana
Sergio Delgado

Mondadori
213 páginas

La manzana, a pesar de la fruta que se ve en la tapa del libro, hace referencia al bloque de cuadras, en este caso en la ciudad en Santa Fe. La particularidad de ese corazón de manzana, a donde dan los interiores de los edificios, es la tipa que allí vive, un árbol también conocido como palo rosado. El disparador del relato es el diario de Sofía, cuyo contenido se gesta en su mayoría mientras observa desde su ventana la tipa en el corazón de la manzana. Los recuerdos de Sofía reconstruyen la historia de otro personaje, René, un polémico profesor de literatura. El orden de la historia anda y desanda cronológicamente armando extrañas figuras. Aunque hay tiempo que corre en la linealidad sucesiva, son varias las direcciones que transitan las diversas historias. Por un lado está René, que genera tanto odio como admiración entre los personajes del ámbito académico. Por otro, Sofía, quien se entera de la muerte de René en el comienzo de la novela y, a pesar de ella, el mundo sigue cambiando mientras revisa su pasada relación con él. Fueron maestro-discípula cuando todavía trabajaba en la universidad. Sofía está adentro y afuera del ámbito de la universidad. La distancia que mantiene es propicia para desentenderse de las internas de cátedras y del divismo en las aulas, pero ha estado lo suficientemente cerca como para seguir afectada y perseguida por esas historias. Las amistades que gravitan alrededor de un circuito académico literario están presentes a través de extensos debates literarios que se cruzan con rencores y cariños arrastrados por los años. Y está bien logrado que nunca se pueda reconocer dónde comienza la historia personal y dónde la opinión académica.

Es una novela arriesgada desde sus procedimientos. Aunque no es experimental, indaga los propios límites de su capacidad narrativa. Las historias emergen en fragmentos, a través de relatos indirectos, y a veces extraídas de suposiciones que otro hizo. En esa rueda, el origen del relato siempre está desviado. Por ejemplo, la novela no es el diario de Sofía sino lo que conocemos a través de un editor-narrador que decide qué queda dentro o fuera de los límites de la historia de Sofía, y dentro de su diario hay un relato que hace un amigo sobre lo que escuchó que fueron los últimos días de René. Tiene algo de ejercicio intelectual, algo de juego de cajas chinas, y también de trabajo sobre la clara influencia de Juan José Saer. La novela tiende hacia una fuga poética. Sus personajes, junto con el lector, se inclinan hacia una comprensión más ligada a la contemplación que a la enunciación. Así es que los pensamientos de Sofía son irreducibles a una síntesis.

Hugo Gola se preguntaba, a propósito de la poética de Juan L. Ortiz, qué sucedería cuando su obra vasta e inagotable empezara a nutrir las corrientes actuales de la poesía del país. Sergio Delgado, además de ser responsable de la edición de las obras completas de Juanele, es una de las consecuencias narrativas de ese nutriente. En su estilo tiene más protagonismo la contemplación activa de la naturaleza que la descripción contextual; o el desarrollo de un tono que sabe adecuarse al contorno de las cosas, más que la intención de representarlas. Parece que su historia, en lugar de desarrollarse en una trama, la bordea intentando fundirse con el lector.

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