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Domingo, 29 de marzo de 2009

El otro diario

Se publica en castellano el Diario de Hélène Berr, una chica francesa que estuvo en los mismos campos de concentración que Anna Frank, casi al mismo tiempo. Y dejó, también, un poderoso relato de la vida y la muerte bajo el nazismo.

 Por Fernando Bogado

Diario
Hélène Berr

Anagrama
304 páginas

En mayo de 1945, Anna Frank moría en el campo de Bergen-Belsen poco antes de cumplir dieciséis años, fruto de una fiebre tifoidea. Hélène Berr, evacuada de Auschwitz al igual que Anna entre octubre y noviembre del ’44, muere un mes antes por las mismas causas, en el mismo lugar, recién cumplidos los 24 años. De ambas han quedado dos de los más fuertes testimonios de la vida bajo el control de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial: de ambas han quedado sus diarios.

¿Quién es Hélène Berr? Una estudiante de Lengua y Literatura, abocada a la lectura de Shakespeare y de Keats, autor del cual extraerá ciertos fragmentos que, citados en el cuerpo del diario, funcionan como una pequeña muestra del grado de erudición y sensibilidad que ha alcanzado en este momento particular de su existencia. Vive con sus padres y una de sus hermanas mayores, y pasa sus días entre el estudio y los nervios por sus exámenes en la Sorbona y la incipiente atracción que siente por el recién conocido Jean Morawiecki –quien pronto escaparía para unirse a las fuerzas francesas libres en el norte de Africa–. Las primeras entradas del diario (iniciado en 1942) son de una claridad inesperada: Hélène ha tenido el atrevimiento de dejar en la casa del mismísimo Paul Válery un ejemplar para que sea autografiado. De esa dedicatoria, una frase: “Al despertar, tan suave la luz y tan hermoso este azul vivo”. Funesto presagio de los días que vendrán, en donde el hermoso clima parisino contrastará con un cada vez más decadente y peligroso clima social.

El texto avanza, y la situación comienza a enrarecerse: el uso obligatorio de una estrella cosida en un lugar visible de la ropa (su padre, Raymond, sería luego enviado al campo de concentración francés de Drancy por llevarla mal cosida), las restricciones en los horarios de los negocios para atender a judíos, las prohibiciones que lentamente comienzan a colarse en su vida estudiantil, la desaparición paulatina de diferentes compañeras, amigos o vecinos, hacen nacer del centro de esos días soleados, paradójicos, un punto de oscuridad abismal. A la par, el estilo de Hélène Berr se afila: a la dureza del testimonio debemos sumarle un afán filosófico-literario que quiere suscitar no sólo la compasión sino también la comprensión, el verdadero entendimiento del dolor por el que atraviesan los seres queridos de la autora. Este sufrimiento por el otro es uno de los puntos más importantes que, en las páginas finales, comienza a tomar un cariz casi teológico: Berr discute la naturaleza del bien y el mal, pero también la posibilidad de existencia de lo divino y de la terrible incongruencia de los cristianos, quienes separan y segregan a los hombres en razas sin ningún tipo de justificación racional, terminando por convertirse en bestias inmisericordes y no en católicos. Antes que ellos, Hélène está más cerca de su Cristo.

La reciente edición del Diario de Hélène Berr permite encontrarnos con un nuevo documento de los sucesos que envolvieron la vida de los franceses durante la ocupación alemana del ’40 al ’44, pero también agrega detalles a las prácticas de control y exclusión que el ejército germano dispuso en cada uno de los territorios ocupados durante su plan de invasión y expansión. Si revisamos lo escrito por Berr, no tardaremos mucho en encontrar gran parte de las estrategias descriptas por Frank en las primeras páginas de su diario: tal como detalla la primera, los alemanes (los soldados, pero a medida que el libro avanza, todos en general) han suspendido su capacidad de pensar sólo para acatar órdenes enviadas por estratos superiores; estamos ante la gran máquina fordista de eliminación.

Frank, guarecida en un escondite creado en su propia casa, y Berr, participando activamente de una vida cotidiana que puede mantenerse a duras penas a plena luz del día, son dos caminos que se convierten en una ruta directa a la deportación a Auschwitz. Dos caminos que –estamos tentados a creer– pudieron haberse cruzado en algún punto del viaje al campo de concentración, en algún rincón de su destino final en Bergen-Belsen; lejos ya de sus familias, pero tal como sus diarios, mutuamente iluminadas en su desamparo.

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