libros

Domingo, 7 de junio de 2009

Vivir es de terror

Un día, un contratista de la construcción sufre un accidente por el que pierde un brazo y la memoria queda resentida. ¿Cómo no acordarse del accidente sufrido por Stephen King, que llegó a cambiar el rumbo de sus libros? Duma Key, fruto de ese nuevo rumbo, plantea nítidamente que lo más terrorífico puede llegar a ser la vida real.

 Por Mariana Enriquez

Desde que fue atropellado por un automóvil en 1999, y padeció una recuperación difícil y muy dolorosa, algo cambió en la ficción de Stephen King. Continúa con su producción prolífica y extensa, no abandonó la saga de La Torre Oscura, siguió publicando con su seudónimo Richard Bachman. Pero hay algo más definitivo en sus horrores, y mucha más preocupación por escribir mejor; quizá tenga que ver con esto último haber sido galardonado en 2003 con la medalla de The National Book Foundation for Distinguished Contribution To American Letters, uno de los premios más prestigiosos de la literatura estadounidense. King parece querer escribir a la altura de su tardío reconocimiento pero sin resignar el género que él tanto respeta y que lo hizo una celebridad. Pero el horror, en las nuevas novelas de King, es distinto. Duma Key se ajusta perfectamente a esta nueva etapa, y puede ser leído como un espejo o compañera de su extraordinaria novela anterior, La historia de Lisey.

Duma Key es la historia de Edgar Freemantle, un exitoso contratista del sector de la construcción que un día, en una obra, es casi literalmente aplastado dentro de su camioneta por una grúa de doce pisos. En el accidente pierde su brazo derecho, se rompe la cadera, las costillas y sufre una lesión cerebral que afecta su memoria, le produce una cefalea constante y una especie de afasia. A todo esto deben sumarse ataques de ira que podrían o no ser provocados por la contusión en el cráneo. Como sea: Edgar se enfurece tanto cuando olvida una palabra o cuando se desgañita gritando de dolor que, durante los brotes de furia, acaba intentando matar a su esposa, una vez ahorcándola, la otra con un cuchillo. El accidente no sólo lo dejó destrozado físicamente: Edgar ha perdido su dignidad, su matrimonio y sus ganas de vivir. Cuando empieza a pensar seriamente en el suicidio, su psiquiatra le ofrece un salvataje poco ortodoxo: cambiar de escenario. Mudarse. Edgar lo hace, porque tanto le da. Está algo recuperado físicamente, además. Y se va a Florida, a los cayos, donde elige Duma Key (el Cayo Duma, que no existe en la realidad). Aquí Stephen King hace un movimiento que podría ser casi arriesgado: se aleja de su tierra natal, Maine, donde ubica la grandísima mayoría de sus ficciones; deja el frío y los bosques por el Golfo y la playa.

Hasta aquí no hay nada sobrenatural, y ya la novela está bastante avanzada; pero es completamente aterradora, y anticipa lo que yacerá debajo de lo sobrenatural y lo terrorífico que sí, finalmente, aparecen en la trama. Ese horror con el que trabaja King en Duma Key es el de la decadencia física, la soledad, la pérdida de la lucidez y de los seres queridos. Y es tan vívido que, cuando aparecen los elementos sobrenaturales, el lector siente alivio. ¿Extraño destino para el mejor escritor de terror de todos los tiempos? No tanto: King siempre habló de otra cosa. En Carrie, el horror estaba dado por el fanatismo religioso y la crueldad de la adolescencia mucho más que por la telequinesis y el asesinato; en El resplandor, el horror era la adicción y la violencia del protagonista que empieza el libro rompiéndole el brazo a su hijo.

Aquí Edgar se instala en una enorme casa frente al mar, que llama Big Pink, y empieza a pintar, también por consejo de su psiquiatra. Al principio son pinturas inocentes del ocaso; pronto habrá algo más guiando su mano, algo que susurra en la isla y que está relacionado con sus vecinos, Wireman y Elizabeth, otros dos sobrevivientes. Wireman es un abogado que intentó suicidarse después de perder a su esposa e hija, pero no lo consiguió, y tampoco logró quitarse la bala de la cabeza, que se mueve dentro de su cerebro hasta que eventualmente lo mate. Elizabeth, de quien Wireman cuida, es una excéntrica anciana millonaria que sabe del secreto de la pintura maldecida, del don que no debe ser despertado, y que además está perdiendo su lucidez frente al Alzheimer (y que es la última viva de una familia numerosa). Ella, además, tiene un pasado que no descansa en paz en Duma, y que Edgar deberá cerrar. El cierre, justamente, es la parte de terror, que llega súbitamente e incluye homenajes a H. P. Lovecraft, barcos de muertos, gótico sureño, fantasmas de niñas ahogadas. Pero incluso con toda esta parafernalia –que funciona, claro: nadie le gana a King en estas lides cuando está iluminado– sirve como entretenimiento para apartar la atención del horror que recorre Duma Key, el horror de vivir: el de la memoria que falla y el cuerpo que no responde, el de las pérdidas irreparables, de los dolores que no se calman con analgésicos, de esa decadencia que es mucho más temible que el verdadero y definitivo final.

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