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Domingo, 23 de agosto de 2009

Siempre es difícil empezar a vivir

Por debajo de una trama aparentemente policial, Claudia Piñeiro consigue en su última novela explorar en la napa más profunda de un hombre común: la crisis existencial de un personaje oscuro que empieza a vivir al llegar a la mediana edad.

 Por Fernando Bogado

Las grietas de Jara
Claudia Piñeiro

Alfaguara
256 páginas

Desde cuándo existe la “crisis de mediana edad”? Sabemos que no fue algo tan común a lo largo de la historia de la humanidad, donde quizás una persona de 45 años había llegado al máximo de la expectativa de vida que el resto consideraba normal. O inclusive, había pasado desde hace rato la brecha de la supervivencia. Partamos de una base: Pablo Simó tiene una crisis de mediana edad. El protagonista de la última novela de Claudia Piñeiro, Las grietas de Jara, tiene 45 años: alienado, alejado de cualquier expresión de sentimientos personales, viaja cotidianamente en subte (enterrado) desde su departamento hasta la oficina porque odia caminar, acomoda neuróticamente todos los días los mismos objetos personales de la misma manera. Lleguemos a la crueldad: Pablo Simó está muerto. El primer muerto de la novela, el muerto simbólico, el muerto de 45 años y con crisis de mediana edad. Habrá otro, real, el cadáver (enterrado) de Nelson Jara, pero es el menos importante de la novela: como mínimo, se mueve un poquito menos que el primero.

¿Novela de muertos? Tal vez: Pablo Simó no puede llamar vida a eso que lleva. El protagonista no encuentra la vía de escape a ese estado comatoso –para ser un poco más gentiles– en el que se encuentra sumergida su existencia: en su casa, su esposa Laura entabla verdaderas batallas campales con su hija adolescente Francisca, la cual se encuentra en pleno despertar sexual, atizando el costado más conservador de su madre. Mientras, en su trabajo como arquitecto en el estudio Borla y asociados, tiene que lidiar con los fuertes cambios de humor de su compañera contratista, Marta Hovart, y con el hecho de que, en todo ese largo tiempo que lleva trabajando con Borla, nunca pasó de ser más que un empleado, alguien absolutamente reemplazable: un estudio compuesto por tres personas, y él es el único que agacha siempre la cabeza. A este clima estático que la autora, en breves líneas, nos pinta como condenado a una eterna repetición, surge lo inesperado: Leonor, una chica de veintitantos, casi al final de la jornada laboral de un día cualquiera, irrumpe en la oficina preguntando por el muerto real, Nelson Jara, y rompiendo el silencio que los miembros del estudio habían construido con tanto esfuerzo en torno de una muerte sospechosa, ocurrida tres años atrás, y de la que nadie ha cometido el atrevimiento de averiguar nada hasta el día de hoy.

Claudia Piñeiro ha sabido construirse un nombre en la literatura nacional a fuerza de una prosa fluida que adquiere una particular transparencia, generando esa sensación de estar viendo una película en lugar de estar leyendo un libro. En el texto se trabaja con el mismo tipo de procedimientos de Las viudas de los jueves, esto es, tomar a un individuo o una serie de individuos encerrados en una trama de suspenso, de sospechas y conjeturas, para plantear un conflicto social, un conflicto de clase, sólo con la diferencia que en Las grietas de Jara parecería tomar todo un tinte más esperanzador. El objeto de tantas sospechas, efectivamente, sirve para atraer al lector en los primeros capítulos, pero pronto se convierte en una anécdota cuando toma relevancia la crisis individual de Simó: en definitiva, el libro deja surgir la posibilidad de que el crimen es un hecho prescindible; la novela podría sostenerse con la misma o mayor contundencia sin él. En definitiva, el último trabajo de Piñeiro es claramente el retrato de la mediocre vida de un arquitecto frustrado que dibuja siempre que puede una torre de once pisos, atravesado por diferentes potenciales o reales amantes, que debe enfrentarse a un oscuro hecho del pasado, una suerte de espejo del cual emana un reflejo poco deseado.

Piñeiro, en Las grietas de Jara, logra atrapar no tanto por la intriga policial, sino por los conflictos cuasi-existenciales que comienzan a cernirse sobre su protagonista: el suspenso que podría generar la intriga policíaca se traslada, por ejemplo, al “suspenso erótico” entre Pablo y todas las mujeres que componen su vida.

¿Existe la “crisis de mediana edad”? No lo sabemos, pero lo que sí podemos decir es que la tal crisis es una forma sutil, contemporánea, de llamar a ese momento en que despertamos del letargo y empezamos a vivir, apenas un poco, muy lentamente, eso que amerita llamarse vida.

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