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Domingo, 23 de agosto de 2009

Y la banda siguió tocando

Sin prejuicios ni lugares comunes, La orquesta del Reich de Misha Aster reconstruye una historia llena de contradicciones, grandezas y miserias. Es la historia de la Filarmónica de Berlín, un gran proyecto artístico que tuvo un punto de culminación –ser la mejor orquesta del mundo– bajo el nazismo.

 Por Diego Fischerman

La orquesta del Reich
La Filarmónica de Berlín y el nacionalsocialismo

Misha Aster

Edhasa
280 páginas

Hubo una orquesta que siempre defendió su integridad artística y la más alta calidad musical, por encima de cualquier contingencia política. Hubo un gobierno que comprendió la importancia del arte en general y de esa orquesta en particular y hubo, también, un funcionario sensible que no dudó en hacer excepciones a las mismas leyes cuyo cumplimiento vigilaba y en jugar el prestigio personal en su defensa. Hubo una historia ejemplar. El único problema es que las contingencias políticas por encima de las que se desarrolló la fulgurante carrera de la Filarmónica de Berlín fueron el ascenso del nazismo, las políticas raciales, el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, que el gobierno que comprendió la importancia de la orquesta y la necesidad de su excelencia fue el de Adolph Hitler y que el sensible funcionario que la defendió a rajatabla fue Joseph Goebbels. Esa es la historia que, con documentación profusa y buen estilo, cuenta Misha Aster en La orquesta del Reich. La Filarmónica de Berlín y el nacionalsocialismo. El estudio pone el foco en un hecho obvio y, no obstante, tan poco observado como la joroba de Igor (–¿qué joroba? –preguntaba él) en El joven Frankenstein. El momento en que la Filarmónica de Berlín comenzó a ser “la mejor orquesta del mundo” fue el del nazismo, su prestigio creció durante la guerra y, aun después de ella y de la “desnazificación”, sus integrantes, que eran los mismos que estaban allí desde antes (salvo los cuatro judíos a los que se les permitió irse de Alemania en la década de 1930) y que en su mayoría se afiliaron al Partido Nacional Socialista durante el auge hitlerista, siguieron estando después y, conservando un derecho que venía desde su origen como sociedad de responsabilidad limitada, eligieron como su director a quien consideraron el más adecuado desde el punto de vista musical, un nazi llamado Herbert von Karajan, de cuyo nazismo nunca más se hablaría en el futuro. Pero el gran mérito de Aster es no condenar. El entretejido de intrigas, conspiraciones menores tendientes a derribar o enaltecer la carrera musical de algún director o solista en particular, los enredos burocráticos para conseguir más poder o para lograr que otro dejara de tenerlo, los esfuerzos de los músicos por conservar la fuente de trabajo y, en el fondo (aunque no tanto), la vieja cuestión de la autonomía (o no) del arte y la pureza abstracta de la música clásica, edifican una trama cotidiana donde puede vislumbrarse esa homeostática condición del ser humano de buscar “la normalidad” en el medio de cualquier circunstancia.

Hay, en esa historia, una figura central alrededor de cuya manera de curvar el espacio el resto de los personajes, incluido el bueno de Goebbels, gira como planetas dóciles: el director Wilhelm Furtwängler. Su prestigio, la manera de presionar a propios y extraños y una convicción acerca de su grandeza (y la de su orquesta) que lograba persuadir a cualquiera, están en el eje del salvataje y posterior crecimiento de la que había comenzado como una orquesta rebelde, separándose de la Orquesta Bilse en 1882, cuando su jefe, el director Benjamin Bilse, la llevó de gira a Varsovia con pasajes de tren en cuarta clase. La nueva orquesta, primero con el nombre de Vermals Bilseschen Kapelle (Nueva Orquesta Bilse) y luego con el de Berliner Philarmonischer Orchestra (Orquesta Filarmónica de Berlín), tuvo un éxito notable. Pero a fines de la década de 1920 estaba ya en una crisis económica profunda. Desde 1903 era una sociedad de responsabilidad limitada, en la que cada músico era accionista, y si la Primera Guerra Mundial no le había hecho demasiada mella, la inflación de la posguerra estuvo a punto de hundirla. El primer proyecto de subvención estatal, que llegó incluso a formular un reglamento bastante preciso, fracasó con la caída bursátil de 1929. Y fue recién en 1933, con el advenimiento de Hitler como canciller, cuando la orquesta se convirtió en Orquesta del Reich. Furtwängler fue el gran arquitecto de esa operación y si hiciera falta una prueba de hasta dónde Goebbels lo escuchaba y le permitía casi cualquier cosa, bastaría la secretaria judía (más bien manager y factótum de la orquesta) que, con oposición de gran parte de la orquesta y para escándalo de casi todos lo que lo conocían, el director conservó hasta prácticamente el comienzo de la guerra, cuando viajó a Londres para convertirse en la secretaria de sir Thomas Beecham. Como en un juego de cajas chinas –es decir como siempre–, la Gran Historia contiene otras más pequeñas, llenas de mezquindades, amores y contradicciones. Y es con ellas con las que Aster enhebra la mejor de las historias.

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