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Domingo, 18 de octubre de 2009

Días de vino y rosas

Clásico de la literatura erótica, esta novela del holandés Jan Wolkers es mucho más que una reconstrucción nostálgica de juventud y años ’60. Delicias turcas cuenta el fin de una época a partir del fin del amor, de los ideales más cotidianos y del sexo apasionado.

 Por Mariana Enriquez


Delicias turcas
Jan Wolkers

Libros del Zorzal
221 páginas

Para empezar, Delicias turcas es un clásico de la literatura erótica europea del siglo XX. Lo tiene todo: una escritura directa pero elegante, escenas de sexo explícito –muy detalladas, muy bestiales, muy excitantes– y un protagonista de apetito glotón. Pero es mucho más que eso. Se editó en 1969 y es notablemente una novela de época, de vino y rosas, de bohemia versus burguesía, de la mejor juventud: Delicias turcas cuenta el romance entre Olga, una voluptuosa pelirroja hija de un comerciante próspero y una madre frustrada y resentida (que para colmo ha perdido un seno después de un cirugía por cáncer de mama), y un escultor que está siempre cachondo y en estado rebelde y malhumorado. Olga es la hija de la burguesía que el artista intenta rescatar, y lo logra por un tiempo: juntos, con comidas modestas, escuchando jazz y rescatando mascotas, el escultor y la pelirroja son “monstruosamente felices”.

Pero no es durante esa alegría desproporcionada donde comienza la novela. Todo lo contrario. En el primer capítulo, el escultor está tirado en su hedionda cama, masturbándose con fotos de Olga y sin poder comprender cómo pudo ella abandonarlo por un imbécil, para colmo a instancias de su reseca madre. Hace mucho que está así, desamparado y caliente, hasta que decide levantarse y tener sexo constante, como sea y con cualquiera, como una forma de beberse la pena. Y aquí el sexo no es glorioso, tiene la desmesura y el enojo del duelo. Mientras tanto, turistas norteamericanas hippies le alquilan una habitación y le llenan la casa de muchachos, a quienes el escultor llama “los vagabundos del Tío Sam”. Fuera, Holanda vive los años ‘60.

Delicias turcas es puro vitalismo y desborde, al mismo tiempo que una novela admirablemente redonda, con capítulos que contienen cada uno de ellos un relato y una evocación bella, escenas de la vida amorosa con sus secretos, placeres y mentiras. Tan vívida es que parece destinada al cine, y en efecto Paul Verhoeven (el director de Bajos instintos) la haría película en 1972, con un jovencísimo Rutger Hauer (Blade Runner).

Pero Delicias turcas no es una novela ingenua. Su autor, Jan Wolkers (1925-2007), fue un escritor y escultor holandés célebre, entre otras cosas, por el monumento a las víctimas de Auschwitz-Birkenau encargado por la ciudad de Amsterdam, hecho de vidrios de ventana rotos. Célebre también por negarse a aceptar premios literarios en protesta –a causa de la detención de manifestantes en contra de los festejos por el cumpleaños de la reina Beatriz, por ejemplo–, y por criticar sin cesar al apartheid sudafricano. Cuando escribió Delicias turcas tenía más de cincuenta años, había vivido la Segunda Guerra Mundial e intuía que el verano del amor, esas tardes con Olga echada al borde de un arroyo cercano a una huerta comunitaria, no iban a durar para siempre. Y en efecto no vive para siempre el amor que siente por él la chica burguesa –que después de la separación es chupada hacia una vida infeliz; chupada al punto de que pierde sus bellas curvas y su salud–. El romance es apenas un momento, el sexo es primaveral, profuso, infeccioso; destinado a menguar. El final, que nunca es melodramático porque Wolkers no se permite ningún sentimentalismo, no es sólo la despedida de dos personas que se amaron mucho y ahora cargan con sus propios despojos. Es el fin de una brisa fresca que pudo ser una forma de vida, pero pasó, y quedó apenas como el recuerdo de un paraíso perdido.

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