libros

Domingo, 18 de octubre de 2009

En la lona

Jorge Consiglio da a conocer un conjunto de cuentos protagonizados por personajes que llegaron al límite de la marginalidad, donde más que la desesperación, los espera el riesgo de la indiferencia.

 Por Angel Berlanga

El otro lado
Jorge Consiglio

Edhasa
176 páginas

A veces, por las noches, cuando se va la ceniza del último cigarro, escucho la puerta de su cuarto que se cierra y puedo aceptar la torpeza que me hace ser el hombre que detesto.” El narrador de “El regreso” está desde hace unos meses en la casa de su infancia al cuidado de su madre hemipléjica; casi no sale del lugar y alterna esa actividad con el espionaje a una vecina a través de un agujero que hizo en la pared. La cita a ese relato, el octavo entre los diez que componen El otro lado, da en el verbo detestar la clave de una constante en los personajes centrales que habitan este libro: los protagonistas se detestan a sí mismos, o a quienes tienen cerca, o a su vida diaria. Transcurren unas páginas y ya se piensa en lo gris, en criaturas y escenarios de ese color. Una grisura opaca, además, que subsistirá hasta el fin.

En los seis relatos de la primera parte, La posibilidad de la derrota, los personajes tienen o tuvieron distintos grados de relación con el delito y en general el escenario es lo público, la calle; en los cuatro de la segunda, La verdad de los otros, hay paralíticos y predominan las historias que ocurren puertas adentro, en casa, entre familia. Los cortocircuitos con el mundo del trabajo y del quehacer, los vacíos personales y un surtido de formas que puede tener la violencia están entre los elementos comunes a ambas partes. Pero éstos son apuntes de conclusión; en la lectura, en cada cuento, se asiste a alguna variante de la sordidez cotidiana en la que subsiste, clavada, una anomalía o una carencia que destila su tarea de dolor.

Los escenarios de El otro lado son urbanos (Constitución, Once, Avellaneda) y sus personajes son adultos, clase media-baja venida todavía a menos: un ex mozo, despedido, que vive en una pensión y encara hacia el choreo; un estafador que tras ocho años de cárcel vuelve al bar de siempre y sostiene, más tosco, sus tics; un fugitivo que cambia de ciudad, se aloja en un hotel, consigue un trabajo e intenta noviar con una chica anexada a una familia chifleti; un solitario que trabaja en una arenera y que tras una afección cerebral va a parar al Fiorito; un hemipléjico en recuperación que escucha, en el departamento vecino, a dos hermanas viejas que viven juntas y se odian. Consiglio alterna narraciones y puntos de vista entre primera y tercera persona y mantiene un fraseo corto, pura sustancia; sus observaciones sobre gestos, objetos y conductas cargan a la grisura de matices. Estos cuentos hacen pensar en la lona: sus personajes están ahí, o están por caer, o apenas si se están levantando. En todo caso hay una constante: no aparece la perspectiva de la “satisfacción”, o del “amor”; apenas se vislumbra la luz de una mala vela, un empleo de mala muerte, casi la indiferencia entre si peor solo o mal acompañado. Los recuerdos de algo que fue apenas mejor aparecen fugazmente, tenues y lejanos, y sus evocaciones no consiguen instalar ninguna ilusión de teatralidad: son tan de otra dimensión que, por el contrario, ni siquiera es consuelo visitarlos para refugiarse ahí, en ellos.

“Insignificancia, mediocridad”: tal la segunda acepción de grisura. La segunda de gris es “carente de atractivo o singularidad; un individuo, un paisaje gris”. Pieza por pieza y en conjunto, los relatos de Consiglio dan cuenta y a la vez discuten con esas definiciones, porque en el ida y vuelta entre el individuo y los otros pone en relieve la grisura como percepción social a la vez que da cuerpo y alma a hombres y mujeres que existen, que son, que tienen sus singularidades si realmente se las quiere mirar.

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