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Domingo, 1 de noviembre de 2009

Criaturas celestiales

Escribir poco o, al menos, publicar poco, parece haber sido la consigna de la escritora suiza Fleur Jaeggy. En esta novela de 1989, publicada ahora en castellano, visita los espacios cerrados y los amores arrebatados y extraños de la adolescencia.

 Por Mariana Enriquez


Los hermosos años del castigo
Fleur Jaeggy
Tusquets
118 páginas



En casi cuarenta años, Fleur Jaeggy ha publicado sólo seis libros, entre novelas y colecciones de relatos (el extraordinario volumen El temor del cielo). A los 70 años, cree que escribir poco –o más bien, publicar poco– está en su naturaleza, en su carácter. Nacida en Zurich, Suiza, considera al alemán “el idioma de mis muertos” y escribe en italiano; actualmente vive en Milán, pocas veces se deja fotografiar y prefiere que de su vida personal se sepa poco y nada. Apenas que fue amiga de Ingeborg Bachman, que escribe a máquina, que prefiere no leer en público ni hacer giras, aunque con los años ha aceptado promocionar sus libros, al menos lo estrictamente necesario. Eludir la curiosidad no le debe resultar tan fácil, porque los temas de sus novelas y sus cuentos son intrigantes, poderosos: los mundos enfermizos de las instituciones cerradas, como colegios de pupilos o hospitales psiquiátricos (en, por ejemplo, El ángel de la guarda de 1971), las amistades femeninas, el ascetismo, el suicidio, los lazos familiares poco afectuosos que sin embargo aprisionan como grilletes (en Prolterka, 2003). Hay una obvia curiosidad por saber si, por ejemplo, la narradora de Los hermosos años del castigo es Fleur Jaeggy. Si estos recuerdos de infancia y adolescencia (“adolescencia idílica y desesperada”) son suyos. Qué piensa una mujer que escribe “Micheline no se da cuenta de que la alegría puede volverse tétrica. La alegría es difícil de soportar”).

Los hermosos años del castigo es una novela breve publicada originalmente en 1989, y le valió a la autora el reconocimiento y el éxito internacional. La trama es sencilla y tópica: el recuerdo del primer amor de la narradora, joven algo díscola criada en internados suizos –su madre vive en Brasil, su padre en hoteles– que se rinde ante una alumna nueva, la severa Frédérique: “No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad”. El amor es cerebral: las jóvenes tienen intensas conversaciones y dan largos paseos por los alrededores del internado de Appenzell, “el lugar por el que Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto”. La atmósfera está cargada de homoerotismo: la narradora rechaza la amistad de una hermosa chica llamada Marion, y luego se arrepiente; recuerda el cuerpo lozano de su compañera de habitación, una alemana retozona de quien ha olvidado el nombre; relata el capricho de la directora Hofstetter por una niña negra, hija de un presidente africano. La narradora llega hasta su graduación, y a varios extraños encuentros con Frédérique cuando ambas ya son jóvenes mujeres. Pero no es el relato lo que hace de Los hermosos años del castigo una novela extraordinaria: es el estilo de Jaeggy, frío y pasional, humeante hielo seco. No hay lugar para la emotividad, pero la supresión de los sentimientos es tan calculada que ese vacío produce vértigo, lo quitado ocupa un lugar tangible, la precisión de Jaeggy es casi, justamente, un castigo. Hay silencios en Los hermosos años del castigo que se parecen mucho al secreto. Y hay, además, un ambiente sepulcral, fantasmagórico. Como si Jaeggy dijera que volver al pasado es rozar a los muertos. “La infancia es vetusta”, escribe. “Vive, pensé, como en un sepulcro”, se dice cuando visita a Frédérique en París, ya ambas fuera del colegio. “En la habitación sólo faltaba una cuerda”, desliza, y pasa a otro capítulo. “Le contaba los dedos de la mano como a una muñeca. La niña se dejaba acariciar como una muerta”, cuenta sobre la relación entre la directora y su niña favorita. Fleur Jaeggy no tiene por qué escribir más libros, ni más extensos. A su estilo parco y lacónico, glacial, le cabe por entero la famosa teoría del iceberg: lo que está bajo la superficie es tanto y tan intenso que esta punta que se permite escribir es suficiente para conformar una obra oscuramente hermosa y enigmática como un jardín que florece en la oscuridad.

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