libros

Domingo, 17 de noviembre de 2002

RESEñAS

Ningún santito

Los que llegamos más lejos
Leopoldo Brizuela

Alfaguara
Buenos Aires, 2002
309 pgs.

Por Guillermo Saccomanno
En un artículo de 1994 el ensayista Carlos Correas ironizaba acerca de un cuestionamiento tilingo de tantos escritores nacionales: “¿Cómo escribir después de Borges?”. Corrigiendo el plano, Correas se preguntaba si no sería más acertado interrogarse “¿Cómo escribir después de Arlt?”, o bien, “¿Cómo escribir después de Viñas?”. Esta reflexión parece haberla asumido con audacia Leopoldo Brizuela (1963) y se vuelve pertinente para analizar Los que llegamos más lejos, su último libro de relatos, que impone, por sus méritos, además de este recordatorio de Correas, una variedad enorme de asociaciones literarias.
Para empezar, Patagonia: así se titula con snobismo una de las novelas más insulsas de Henry James, ese bostoniano pacato y nuevo rico, que se paseaba fatuo en la Gran Bretaña que Virginia Wolf arañaba con su pluma afilada como una uña. No le caía bien ese tipo presuntuoso a la iracunda Wolf, pero ésta es otra historia. La novela de James alude a un barco, el “Patagonia”, en el que transcurre una pacata liason amorosa. “Patagonia” es también el nombre del carguero en el que viaja, en el siglo pasado, “The Great Will”, una compañía shakespeareana que, rumbo al Cabo de Hornos, termina naufragando frente a los yaganes y los onas. Leopoldo Brizuela rescata esta historia en su deslumbrante novela Inglaterra (1999), donde el empleo de la documentación y el testimonio son el motor de una imaginación desaforada. En Inglaterra Brizuela prueba que en más de una oportunidad la fantasía y la invención del novelista, con su revisión de los hechos, empleándolos como pivote para la imaginación, suelen explicar la historia con más fidelidad que la rigidez historiográfica, siempre dependiente de los intereses de poder coyunturales. Ahora, en los relatos de Los que llegamos más lejos, Brizuela vuelve al paisaje patagónico que Darwin definiera como “tierra maldita”. “¡Patagonia!”, clama desde uno de los epígrafes de este libro una Emily Dickinson admirativa. Pero la Patagonia que le importa a Brizuela no es ni el escenario náutico de un affaire (como para James) ni la nomenclatura de una idealización geográfica exótica (como para Dickinson). Con una prosa en la que historia y poesía se conjugan, remitiendo, con justo reconocimiento, a la alucinada “Una sombra donde sueña Camila O’Gorman” de Enrique Molina, Brizuela plantea una lectura tan lírica como política de la conquista del desierto, la civilización como barbarie y el destino trágico de la indiada.
Los que llegamos más lejos, como título, proviene de las lenguas de onas y yaganes. Éste era el modo tribal de nombrarse citando viejas glorias y también la consigna para infundirse ánimo antes del combate. La frase involucra asimismo un territorio: “Tierra del Fuego, el lugar más lejano, tan al sur como puede irse en este mundo; allí donde el misterio se vuelve, en sí mismo, una respuesta, allí donde el silencio nos regala, como un árbol o una ballena, la poesía para siempre”. Pero hay además un mito que sostiene este título: aquellos que llegan más lejos son también quienes, entre los yaganes, al elegir como actividad la conservación del fuego, subliman el impulso sexual reprimido a través de la androginia. El llegar lejos, en este sentido, expresa un goce llameante que sobrepasa el de género. Esta cuestión de género es también la esencia nada casual del libro de Brizuela: la inclasificabilidad que caracteriza textos como Facundo o Una excursión a los indios ranqueles, toda una elección que le permite a Brizuela compartir la presunta masculinidad de la novela con la supuesta feminidad de la intriga folletinesca y, a la vez, el goceinfantil de las “figuritas” (una foto precediendo cada relato) al ilustrar el libro desconfiando, como los mapuches, del poder de la palabra escrita.
El exterminio roquista se proyecta salvaje y despiadado prenunciando otro, el de la última dictadura militar. (Cabe recordar que este diario publicaba hace unas semanas un artículo de reflexión sobre la celebración nada casual que la junta militar hizo en el centenario de la campaña contra el indio: un exterminio celebrando otro.) La conquista del desierto que narra Brizuela, al poner el foco en el martirologio de Ranquilef, Namuncurá y su hijo Ceferino, es el contraplano de la epopeya militar. Libro de relatos que, ensamblados, constituyen un sólido entramado novelesco, Los que llegamos más lejos incorpora textos publicados tanto en diarios, revistas y antologías como de modo unitario en forma de nouvelle, tal el caso de la deslumbrante “El placer de la cautiva” (2001), erotización del tópico echeverriano, uno de los puntos más altos del libro junto con “Pequeño Pie de Piedra”, la historia de Ceferino.
Resulta interesante notar cómo Brizuela se apodera de Ceferino, un icono religioso en el que se funden el pietismo y lo kitsch para resignificarlo, desde una escritura que apela a la intertextualidad sin descuidar un acento propio. Al describir el peregrinaje trágico del indiecito trajeado por los salesianos, Brizuela revela el pathos del mito. “Calfucurá, el gran emperador de los nómades, prohibió que sus súbditos adoptaran la escritura, ese invento del enemigo. Namuncurá, su hijo y sucesor, sólo encomendó a uno de sus hermanos que aprendiese a descifrarla, apenas para poder parlamentar con los generales blancos. Pero Ceferino, el nieto en la derrota, aprende a leer y escribir como si en ello le fuera la vida.”
Según Brizuela, el disparador del relato fue el romance “El santito Ceferino Naumuncurá” (1966), de José Luis Castiñeira de Dios hallado en una librería de viejo de la Avenida de Mayo. Desde esa primera lectura de poseído, Brizuela empezó a traducir las voces secretas que creía escondidas en esos versos. Después, en las biografías. En su experiencia influyó también su trabajo con las Madres de Plaza de Mayo y con un grupo de chicos hijos de desaparecidos que querían escribir. Si bien el procedimiento de Brizuela puede parecer experimental, el resultado es una narración que fluye, con destellos, articulando una novela atomizada escrita con locura y pasión, compuesta por trapos ensangrentados, páginas rotas y fragmentos de crónicas organizadas como por un joven Puig. ¿Por qué no preguntarse, a esta altura, al modo Correas, cómo escribir después de Puig? Si la contestación lo habilita a Brizuela, éste deviene entonces un Puig sumido en una tormenta de mestizajes, consciente del uso ideológico de sus materiales, corrido a la izquierda de toda moda política académica y correcta. Desde la masacre de los suyos hasta su agonía, pasando por el abuso sexual de los curas redentores, la ESMA como institución pedagógica, la coreografía eclesiástica de un Papa régisseur, la ópera de Roma con un Zeffirino Namunculá diseñado como tenorino, la inmunodeficiencia, la tuberculosis y las visiones apocalípticas de la enfermedad, Brizuela convierte al santito mapuche, Ceferino, esa superstición de estampita, en demencial torbellino de discursos heterogéneos en el que coexisten, como mosaico, tanto la biografía de Alvaro Yunque, la de Manuel Gálvez y la marca de Sara Gallardo. El eco del exterminio rebota más allá del desierto y su interpretación puede agitar, con su lenguaje entrecortado, los fantasmas de Treblinka o de la colonia psiquiátrica Open Door.
Brizuela declara con una humildad apabullante que textos como éste son apenas “ejercicios de ficción escritos a partir de datos reales y, sobre todo, de contradicciones y notorias lagunas de la información”. Pero Los que llegamos más lejos va más allá. Andrés Rivera opinó, con justeza, que Brizuela, en su escritura, se deja llevar por “la furia del alegato”. La escritura de Brizuela, cada vez más personal, adopta así la condición delas víctimas como protagónica de su literatura. Hablar de su literatura, y de este caso en particular, implica, sin más, animarse a correr el riesgo previsible, está visto, de que esta reseña se convierta en un aluvión de citas. El riesgo vale la pena. Porque, entre otras razones, establece pensar la literatura nacional desde sus orígenes espurios hasta la actualidad. La summa sería una identidad conformada por materiales donde se entreveran tanto la crónica y el testimonio como las retóricas marginales que supieron ser desterradas por la crítica, ya sea por el carácter híbrido de las mismas como por datar, en términos políticos, una historia en la que se amalgaman la explotación imperialista y la dependencia intelectual. El método Brizuela de traducir esta contradicción y superarla constituye, por su coraje, una afrenta hacia quienes toman la historia como juguete anecdótico de lucro marketinero. “No todas las palabras de esta historia han sido articuladas”, escribe Brizuela. Lo que explica su inmersión en una abrumadora cantidad de textos, con y sin prestigio literario. Después de ese escarbar en retóricas que provienen de lo teológico, lo militar, lo antropológico, lo poético, Brizuela ha vuelto para articular en clave de oratorio un libro que puede leerse, además de como novela atomizada, como testamento poético de voces perdidas en la miseria de nuestra historia “oficial”.

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