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Domingo, 17 de noviembre de 2002

RESEñAS

Espejitos de colores

LOS NUEVOS CONQUISTADORES
Daniel Cecchini y Jorge Zicolillo

Siglo XXI Editores Argentina
Buenos Aires, 2002
272 págs.

POR JORGE PINEDO
En forma dispersa, lacunar, acaso intuitiva, quien más quien menos guarda una idea aproximada de cómo se cimentó la decadencia argentina, por lo pronto de diez años a esta parte. Se barajan los responsables con nombre y apellido, circula un panorama aproximado de los mecanismos que impulsaron el desastre, resulta plausible realizar un recuento de complicidades. El desguace del Estado, la enajenación a precio vil de las empresas de servicios públicos, la perversión de éstos en mera mercancía, surge como un eslabón ejemplar de aquello que al iniciarse se asemejaba al realismo mágico y en la actualidad resulta real pesadillesco.
Hasta el momento, sin embargo, fuentes, documentación y testimonios se hallaban dispersos, opacando –en consecuencia– un panorama integral. Por lo tanto la composición de la realidad quedaba fragmentada. Con Los nuevos conquistadores, ese inmenso bagaje informativo aparece reunido, ordenado de modo sistemático y presentado con la suficiente agilidad como para que nadie pueda argumentar ignorancia.
Bajo el subtítulo “El papel de los gobiernos y las empresas españolas en el vaciamiento de Argentina” queda documentado cómo el proceso de destrucción de la economía (es decir, de los recursos de todos los que viven de su trabajo) iniciado en la dictadura de 1976 se desplegó por dictablandas arenas y democráticos pantanos. Extensión del Estado Terrorista a las empresas de servicios públicos en general y a la producción en particular, con sus mismos victimarios y métodos: el Poder Ejecutivo siguió siendo el comando operativo de un plan sistemático, más que nunca ejecutor criminal; al Poder Legislativo le cabe la función de decretar “zona liberada” donde perpetrar la rapiña y el saqueo; el Poder Judicial troca parte de la torta por impunidad indiscriminada.
Desde su fundación, los organismos de derechos humanos comprobaron al detalle el plan genocida de la dictadura. Investigaciones recientes corroboraron que tal estrategia tenía alcances continentales: el Plan Cóndor. En un horizonte más próximo quedó demostrado cómo semejante política abarcaba la cultura y hasta los libros (Un golpe a los libros, 2002). Ahora, Daniel Cecchini y Jorge Zicolillo reúnen en un solo libro documentación necesaria y más que suficiente para verificar cómo idéntica estrategia viene implementándose contra los recursos de toda una población. Describen la intrincada trama que hizo de la administración pública un negocio privado.
Lejos de basarse en versiones, rumores y fuentes anónimas, los investigadores presentan registros ciertos, muchos de los cuales exigieron de seis anexos a fin de no saturar de datos los de por sí minuciosos capítulos principales. Periodistas de profesión hacen usufructo de su formación académica (Letras, Antropología, Psicología) para hacer de Los nuevos conquistadores un libro riguroso, sin ambigüedades y dotado de un ritmo narrativo situado lejos de donde la ficción fuera capaz de ocultar baches en la información: el diálogo entre Felipe González y Fernando De la Rúa en la mañana de la renuncia de éste a la presidencia sería desopilante de no ser verídico. Del mismo modo, el capítulo destinado a la privatización de la energía eléctrica pivotea en torno de las vicisitudes del nunca olvidado apagón de 1999 que plasmó la impotente fragilidad en que es dejada la población frente a la prepotencia de las privatizadas. Publicado por Foca Ediciones de Madrid tres meses antes que Siglo XXI en Buenos Aires, Los nuevos conquistadores se mantuvo en séptimo lugar en ventas en España, lo que habla y a la vez distingue al pueblo peninsular de sus banqueros y políticos. Precisamente, mientras Cecchini y Zicolillo no guardan reparos en denunciar los lobbies realizados por el rey Juan Carlos o por el presidente José María Aznar (¿Aznar? ¿Cómo se conjuga ese verbo? ¿En tiempo perdido?), se cuidan en trazar aquella crucial distinción, de modo de jamás precipitarse en una nueva modalidad de racismo. Lo hacen nombrando a cada quién y a cada cuál en los sucesivos chanchullos –a ambas márgenes del Atlántico–, a la par que subrayan la diferencia con aquella paradigmática abuela inmigrante que ninguna complicidad pudo haber albergado nunca.
Magras parecen las apetencias de los conquistadores de hace cinco siglos en comparación con la voracidad de sus émulos actuales que, con idéntica bendición de la cruz y mayor respaldo de la espada, hicieron del vaciamiento la etapa superior del saqueo. Aerolíneas, YPF, Entel, Segba, Ferrocarriles, Gas del Estado, ELMA, Obras Sanitarias, Vialidad, en total 426 empresas que abarcan hasta los mismos documentos de identidad de los argentinos, son aquellos nombres etnográficos olvidados hasta la extinción, como los de los pueblos originales de América que sucumbieron frente al fuego, la sangre, el hambre y los espejitos de colores. Punta de lanza de otros saqueadores, los gobiernos y empresas españolas ratifican que el capital no tiene banderas y auguran el nuevo tiempo, el de los conquistadores globalizados.

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