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Domingo, 14 de marzo de 2010

Algunos poetas significativos

A treinta años de la antología sobre Poesía Buenos Aires preparada por Raúl Gustavo Aguirre, Rodolfo Alonso, también miembro principal de la legendaria revista, seleccionó, prologó y anotó una nueva entrega. En tan diferentes contextos, se trata de dar a conocer el importante legado de la trama poética de una ciudad que supo relacionarse con artistas de todo el mundo.

 Por Susana Cella

En 1950 apareció el primer número de una revista que durante una década y treinta entregas, dirigida por Raúl Gustavo Aguirre, fue “un mojón en la historia de la literatura argentina”, como afirma Rodolfo Alonso, uno de sus integrantes, en el prólogo a su antología Poesía Buenos Aires (1950-1960). La había antecedido en 1979, un grueso volumen a cargo de Aguirre titulado El movimiento Poesía Buenos Aires (1950-1960). Treinta años las separan, por tanto muy diferentes son los contextos, de modo que Alonso, consciente de que la publicación que en otro tiempo fuera una referencia inmediata en el ámbito literario, se ha convertido ahora en un valioso legado a descubrir o revisitar; no sólo explicita el porqué de sus inclusiones (“dos datos concretos: no sólo aquellos que habían estado más cerca, sino también quienes habían publicado más asiduamente”) sino que además hace referencias que permiten, aun cuando, como expresa, sea imposible revivir “el clima de camaradería y seriedad, de sentido del humor y descubrimiento”, tener una visión del campo poético afín a la revista en esos años.

Por eso no se ciñe exclusivamente a textos aparecidos en Poesía Buenos Aires, sino que también incorpora otros, contemporáneos a ella que –junto con, por ejemplo, el artículo de Urondo acerca de la Primera reunión de arte contemporáneo, que organizara en Santa Fe en 1957–, aluden a lo que bien puede llamarse un clima de época en que surrealistas, poetas madí e invencionistas afincaban su escritura en una atmósfera de recuperación del gesto de ruptura de la vanguardia (Girondo, Huidobro), la importancia concedida al “espíritu nuevo” en la poesía y las críticas a las actitudes adaptativas (del sesgo que fueran) que consecuentemente no asumían los riesgos de la creación.

Porque eso “nuevo” que Poesía Buenos Aires propugnaba se distanciaba tanto de los clichés viejos como de la novedad per se (en consonancia con César Vallejo), como de cualquier ortodoxia o convención (vieja o nueva) que deparase un lugar cómodo. Más bien, en los antípodas, el lugar que daban a la poesía y al poeta era el de una continua indagación entre las palabras y la multiforme realidad, en un máximo grado de lucidez y sensibilidad aunadas. El “espíritu nuevo” del que habla Aguirre destaca “la esencia inventiva del auténtico lirismo” en Edgar Bayley, uno de los protagonistas que hicieron de una confluencia de concepciones un movimiento cuyo centro fue Poesía Buenos Aires.

Sin ceñirse a la producción nacional, la revista sumó un conjunto de voces provenientes de América y Europa, en especial de Francia, con la figura emblemática de René Char, en un afán de conjugar, en clave poética, el propio lugar (la ciudad, Buenos Aires) con el mundo. Junto a la difusión de autores argentinos, aparecen, en una incompleta enumeración, nombres de la magnitud de Neruda, Reverdy, Ponge, Mounin, Blanchot, Drummond de Andrade, Rimbaud, Herbert Read, Joyce, Dylan Thomas, Stephen Spender, Pedro Salinas, Vallejo, John Keats, Emily Dickinson, Lewis Carroll, Picabia, Wallace Stevens, D. H. Lawrence, Hans Arp, Fernando Pessoa, Giusseppe Ungaretti, Pasternak, e.e. cummings, Paul Eluard, Antonin Artaud, Tristan Tzara, Breton, Eugenio Montale, Hart Crane, Henri Michaux, Prévert, Murilo Mendes, lo que al mismo tiempo evidencia una invalorable labor de traducción asumida por varios de los poetas del grupo.

Mientras que Aguirre, en su antología, incorporó a muchos de estos autores, Alonso, se centró –salvo en el caso del brasileño Milton de Lima Sousa–, en escritores argentinos, pero sin limitarse a un género, desde luego están los poemas y los ensayos, pero también la narración (Néstor Bondoni, Urondo). El criterio de representatividad de Aguirre reaparece en esta selección que se inicia con Macedonio Fernández y sigue, entre otros, con Oliverio Girondo, Juan L. Ortiz, Juan Carlos Aráoz de La Madrid, Edgar Bayley, Mario Trejo, Raúl Gustavo Aguirre, Enrique Móbili, Francisco Madariaga, Leónidas Lamborghini, Francisco Urondo, Elizabeth Azcona Cranwell, Rodolfo Alonso hasta culminar con la entonces Flora Alejandra Pizarnik. No menos importantes son los artículos agrupados bajo el título exacto de Algunos textos significativos. Si la idea era mostrar qué ideas o propuestas circulaban entonces y qué acercamientos permitió el espíritu no dogmático pero tampoco ecléctico de la revista, los varios escritos reunidos, como Alonso también señala, hablan por sí solos. Hay algunas fotos y dibujos en consonancia con la reposición de esa experiencia y con el sitio que le corresponde, ya que Poesía Buenos Aires fue la mejor revista argentina del género por su continua búsqueda de calidad, reacia a imposiciones o fabricación de prestigios, reafirmando que la poesía “perdura y reina en íntima complicidad con nuestra validez de hombres entretejidos en el mundo y honrados por sus enigmas”.

El texto preparado por Rodolfo Alonso deja entrever un magnífico conjunto que merece ser reeditado en su totalidad.

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Poesía Buenos Aires (1950-1960), Rodolfo Alonso (selección, prólogo y notas), Ediciones del Dock, 298 páginas
 
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