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Domingo, 16 de mayo de 2010

El destino de Rusia

Fiodor Dostoievski escribió Una historia desagradable (que ahora publica La Compañía, con introducción de Noé Jitrik, traducción y posfacio de Luisa Borovsky) de regreso de su confinamiento en Siberia, ya convertido al cristianismo. En este relato plantea los desgarramientos de un hombre que se cree un humanista, pero en pugna con su verdadera naturaleza. Aquí se publican los principales fragmentos del artículo de Luisa Borovsky.

 Por Luisa Borovsky

Una historia desagradable apareció por primera vez en 1862 en Tiempo, la revista que Fiodor Dostoievski y su hermano Mijail habían fundado un año antes, en aquella misma época en que, en palabras del autor, “con fuerza tan incontenible y con impulso tan ingenuo y conmovedor, nuestra querida patria comenzaba a renacer y todos sus valientes hijos anhelaban nuevos destinos y esperanzas”.

En efecto, Rusia renacía después de los treinta años de gobierno autocrático de Nicolás I. La derrota ante Francia y el Reino Unido –aliados del Imperio Otomano– en la Guerra de Crimea había marcado el fin de un ciclo. Para conservar su posición de potencia europea, el imperio zarista debía realizar profundas reformas. Era prioritario emancipar a los siervos, liberar de los castigos corporales a las clases que pagaban tributo, suprimir la censura que pesaba sobre la prensa, desarrollar la industria.

El poeta Vasili Zhukovski, contemporáneo de Pushkin y tutor del heredero al trono, había sembrado en él ideas humanistas con la intención de convertirlo en un monarca ilustrado. En 1855 Alejandro II fue coronado. Los partidarios de las reformas vieron en el nuevo zar al gobernante liberal, capaz de dar respuesta a las expectativas de la intelectualidad idealista de la década de 1840, que tan nítidamente reflejaran Ivan Turgueniev en Rudin y Alexandr Herzen en ¿Quién es el culpable?

En realidad, más que promover medidas liberales, Alejandro II comprendió que para preservar el Estado era preferible abolir la servidumbre en condiciones controladas y evitar levantamientos. Así lo hizo en 1861, con la consecuente alarma de los sectores perjudicados.

La emancipación de los siervos, además de las obvias consecuencias económicas, implicó un cambio fundamental en el sistema jurídico del imperio que hizo posibles las posteriores reformas de la década de 1860. El terrateniente dejó de ser una suerte de gobernador con poder de policía; fue reemplazado por un sistema burocrático que demostró ser factible. No obstante, la burocracia no tenía poder y claridad suficientes para llevar a cabo una transformación tan ambiciosa como aquella que tenía por delante.

Al mismo tiempo, la mayor libertad de expresión permitió que la prensa abordara temas gubernamentales, judiciales, educativos y económicos. Como consecuencia, surgió en Rusia la “opinión pública”. Pero si bien el pueblo reivindicaba la necesidad de profundas reformas, desconocía la manera de concretarlas. Habituado a gobiernos autocráticos, carecía de preparación y de iniciativa.

Dostoievski había sido autorizado a regresar a San Petersburgo en 1859, después de cumplir cuatro años de trabajos forzados en Siberia por formar parte del cenáculo de Petrashevski, el hombre que había desafiado a la censura introduciendo y difundiendo en Rusia las ideas del socialismo utópico. El confinamiento en Siberia había sido, en realidad, producto de la imprevista conmutación de la pena de muerte que el zar le había impuesto, cuya notificación llegó cuando el escritor se encontraba ya ante el pelotón de fusilamiento.

Es fácil comprender, entonces, que los representantes de la intelligentsia lo recibieran como un mártir revolucionario. Sin embargo, el ex presidiario les demostraría que estaban equivocados. A través de Tiempo expresaría sus nuevos ideales. Atrás quedaba el Dostoievski enemigo de la religión, fascinado con las ideas socialistas provenientes de Occidente. Emergía un hombre renacido al cristianismo, que ponía el futuro en manos del campesinado redimido y abrazaba decididamente la causa de los eslavófilos.

Fueron los eslavistas los primeros en preguntarse qué se podía y debía tomar de la realidad nacional para materializar el país con que soñaban. Frente a los valores occidentales postularon un retorno a la vieja Rusia, invitaron a mirar con nuevos ojos los valores del pasado. Tal vez, de este modo, la nación sería capaz de seguir un camino original y autónomo hacia el desarrollo, prescindiendo de las etapas que había atravesado Occidente.

En principio, los sectores de avanzada vislumbraron en ellos, tal como lo expresaría Herzen, “un nuevo óleo con el que volvían a ungir al zar, una nueva cadena con la que pretendían entorpecer el pensamiento y una nueva esclavización de la conciencia a favor de una iglesia servil y bizantina”. Más adelante, sin embargo, algunos liberales de los años cuarenta comprendieron que el eslavismo superaba los estrechos límites del nacionalismo. Al situarlo en la esfera espiritual descubrieron su valor, que no residía en la ortodoxia religiosa o en el nacionalismo exacerbado, sino en los genuinos principios de la cultura rusa ocultos bajo la capa de la civilización artificial.

En la desagradable historia que Dostoievski relata, subyace una pregunta: ¿cuál es el destino de Rusia? Para un eslavista como él no se trataba de un problema meramente político, sino de la búsqueda incesante de conexión entre los hechos y el camino espiritual de la nación, de la relación entre lo visible y lo invisible que expresa la teología ortodoxa rusa: el dogma es inseparable de la vivencia.

Con motivo, el autor duda de que los representantes de la alta sociedad puedan sostener en la práctica los principios del humanismo y hacer posible el progreso social. Y, en coincidencia con los escritores partidarios de la revolución democrática, destaca que a los círculos burocráticos, tanto conservadores como liberales, sólo les preocupa que la puesta en práctica de esas reformas no modifique la esencia de las relaciones sociales existentes.

Ivan Ilich Pralinski, protagonista de Una historia desagradable, se considera un humanista, defensor de las ideas liberales. Pero el curso de los acontecimientos demuestra que esas ideas y la declamada intención de llevarlas a la práctica no son afines a su “naturaleza”. Dostoievski puede ver su alma y la deja al descubierto. Como señala Octavio Paz: “A diferencia de Flaubert, James o Proust, las ideas son reales para él, pero no en sí mismas sino como una dimensión religiosa de la existencia. Las únicas ideas que le interesaron fueron las ideas encarnadas. Algunas vienen de Dios, es decir, de la profundidad del corazón; otras, las más, vienen del diablo, es decir, del cerebro”.

El soliloquio de Pralinski revela una conciencia escindida entre ideas opuestas, resultado de sus vagas convicciones, de su vacuidad, de su debilidad moral. A diferencia de Stavroguin, el protagonista de Los demonios, el general no se atreve a decir: “Mi amor es tan mezquino como yo”. El discurrir de su mente deja a la vista al hombre nimio que proclama el amor a la humanidad pero sólo puede amarse a sí mismo. Anhelos subconscientes lo impulsan a adoptar actitudes delirantes que más tarde lo atormentan. Su imagen se hace trizas, su intención mesiánica tiene un resultado prosaico y frustrante: la confirmación de su nada que es, a la vez, su nacimiento al ser.

Más de un siglo nos separa del momento en que Dostoievski escribió Una historia desagradable. Sin embargo, al leerlo lo sentimos contemporáneo. En la percepción de la falta de honorabilidad individual y social, en las frivolidades, las trampas intelectuales y la autocomplacencia de sus personajes reconocemos conflictos de nuestra época.

Como en muchas de las obras que escribiera en la década de 1840, en Una historia desagradable Dostoievski se asoma una vez más al mundo de los funcionarios estatales. Ya en las primeras páginas, la escena que reúne a los tres generales sirve como marco para hacer una semblanza de esos personajes, sus orígenes y su trayectoria. Las sutiles observaciones de Ivan Ilich sobre Akim Petrovich describen al subordinado obsecuente, en tanto los comentarios que el narrador dedica a este personaje expresan con elocuencia la pobre opinión de los eslavistas en relación con San Petersburgo y sus habitantes.

También Pseldonimov es un servidor público, aunque pertenece a otro estamento, el que se esfuerza por salvaguardar un mínimo de dignidad ante una burocracia que, más allá de sus pretensiones humanistas, apenas reconoce a sus subordinados como un conjunto de nombres y rangos.

En Los hermanos Karamazov, una de las novelas más notables de Dostoievski, Dimitri Karamazov afirma: “Debemos amar más a la vida que al sentido de la vida”. No es casual que el personaje más luminoso de Una historia desagradable sea la madre de Pseldonimov. Esa mujer sencilla, bondadosa, abnegada, se distingue de los demás porque encarna la sabiduría y los valores morales del pueblo ruso. Dostoievski nos dice así que sólo la inocente capacidad de amar a los otros puede trascender la tragedia: la respuesta no está en el intelecto o en la filosofía, sino en la vida.

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Una historia desagradable. Fiodor Dostoievski La Compañía 116 páginas
 
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