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Domingo, 20 de junio de 2010

Predicar en el desierto

En El arte de la resurrección, Hernán Rivera Letelier vuelve al escenario de sus libros más celebrados. En el desierto del norte chileno, un hombre se cree la reencarnación de Jesucristo y sale a predicar, no tardando en encontrarse con su María Magdalena, sacerdotes que lo persiguen y huelgas sindicales.

 Por Martin Kasañetz

Hay escritores que se inician a partir de un entorno muy concreto, que los forja y da origen a su escritura a través de sus vivencias. Esta formación, en ocasiones, se contrapone a la educación más clásica de una carrera literaria. Es el caso de Hernán Rivera Letelier, nacido en Talca en 1950, ganador del premio Alfaguara de Novela 2010 por El arte de la resurrección. Los reconocimientos no son una novedad para este chileno que se crió en el desierto. En 2001 fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, y fue premiado en dos ocasiones por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura, la primera en 1994 por La reina Isabel cantaba rancheras y la segunda en 1996 por Himno del ángel parado en una pata. Rivera Letelier es, desde su aparición pública en 1994, ferozmente criticado en Chile, pero al mismo tiempo es uno de los escritores más “exportables” que tiene su país. “Como dice la papa: nadie es croqueta en su tierra”, bromea. Su obra fue traducida a múltiples idiomas con un éxito de ventas notable.

El arte de la resurrección comienza con una carta pastoral auténtica –escrita por un obispo en 1931– que Rivera Letelier encontró al documentarse para la novela. La carta llama abiertamente a desacreditar a un supuesto Cristo impostor reconocido por la gente: “Si entre vosotros se levantara un pobre campesino y os dijera seriamente: ‘Yo soy el rey de Inglaterra’, y se rodeara de ministros a semejanza de ese rey, y se vistiera de traje especial para manifestar esa dignidad... ¿habría una sola persona cuerda, una sola, que no viera la perturbación mental que ese pobre padecía? ¿No sucedería lo mismo si dijera que es el Padre Santo?”.

El arte de la resurrección. Hernán Rivera Letelier Alfaguara 264 páginas

El escritor tomó un caso real de la década del ‘30 en Chile sobre la aparición de un hombre que descendió del Valle de Elqui con túnica, barba y cabello largo, y motivó profundamente a muchos fieles que se alejaron de las iglesias y sus curas para seguirlo. El personaje creado por Rivera Letelier –que tiene pequeñas apariciones en otras de sus novelas– a los 33 años de edad, y creyendo ser la reencarnación de Cristo, sale a predicar y durante los veintidós años siguientes es conocido en los poblados más pobres como el Cristo del Valle de Elqui. Entre sus prédicas, un día se entera de que en una oficina salitrera vive una prostituta que sus clientes consideran una auténtica creyente, veneradora de la Virgen del Carmen y de una belleza pocas veces vista. A pesar de sus innumerables discípulas apasionadas, ésta despierta en él la necesidad de ir a buscarla para que lo acompañe en su santificada misión.

Domingo Zárate Vera, conocido como el Cristo de Elqui, es descripto desde lo grotesco y lo humorístico, transformándose en un santo carnal, en una estatua viviente y por lo tanto humanizada. Ninguna de las necesidades del Hombre le son ajenas. Así como Don Quijote, que está convencido de su destino excepcional y relata sus conocimientos de caballería, el Cristo de Elqui va intentando evangelizar a su paso a todo ser viviente con sus conocimientos de la Biblia. Este viaje, tanto geográfico por casi todo Chile como introspectivo, lo lleva al convencimiento absoluto de ser la reencarnación del propio Hijo de Dios.

Rivera Letelier afirma que de pequeño era un gran lector de los Evangelios y que siempre despertó su curiosidad que no existan versículos de la Biblia que reflejen a un Cristo riendo, o siquiera sonriendo. “Yo decía: ‘Aquí falta sentido del humor’. Entonces, cuando empecé a crear este Cristo, dije: ‘Lo voy a hacer humano, le voy a dar sentido del humor, que se ría de sus tragedias, que haga bromas con los apóstoles”, declaró.

En El arte de la resurrección parece utilizar el desierto chileno como vacío en donde la nada aparente da lugar al todo creativo. El texto nos introduce en este desierto que, según declaraciones del autor, es el único personaje que se mantiene presente en todas sus novelas. “Yo en mi vida vi morir a cuatro de estos campamentos. Son lugares donde estudié, donde tuve mi primera novia y que ya no existen, yo no puedo recorrer las calles donde pasé mi infancia.” La novela parece ubicar a los excluidos en este lugar marginal del planeta: por un lado a los explotados obreros de las oficinas salitreras y sus reclamos sindicales, que muestran una geografía política y organizativa de una época en donde se comerciaba con los trabajadores a través de engaños; y, por el otro, a los locos que van llegando para ser olvidados por una sociedad sin lugar para ellos. El fantasma del socialismo, tan temido por las autoridades de estos poblados, también recorre las huelgas por medio de personajes perseguidos que intentan inculcar la semilla de otro modo de vida.

El conocimiento de la lengua y de las costumbres de los lugares que recorren la novela son retratados por Rivera Letelier con gran detalle, generando una atmósfera narrativa compleja. El arte de la resurrección parece jugar con la idea de la fe –quizá por momentos de manera algo ingenua– y de la incredulidad de una sociedad que la observa desterrada. Y lo logra.

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