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Domingo, 5 de diciembre de 2010

No contaban con mi astucia

Mark Twain es uno de los padres de la literatura norteamericana y tal vez el más agudo en su humor. Además fue periodista, cronista, amigo de científicos, políticos y presidentes, orador hipnótico, aforista desopilante, crítico implacable, antiimperialista, militante por la abolición de la esclavitud, defensor de los derechos de las mujeres, los indios y los trabajadores, y su participación pública en la vida de EE.UU. fue tan innegable como reconocida. Sin embargo, el hombre que había capturado la esencia americana en novelas como Las aventuras de Tom Sawyer (1879) y Las aventuras de Huckleberry Finn (1885) creía que había una verdad profunda en todo hombre imposible de expresar en público. Por eso, escribió su autobiografía sólo para ser publicada después de su muerte. Luego de varias versiones e intentos, el primer tomo como él lo planeó acaba de salir por la Universidad de California, y tras agotarse en la versión papel y venderse sin parar en versiones electrónicas, el hombre nacido Samuel Langhorne Clemens (1835-1910) no sólo se ha convertido en un best seller en tres siglos distintos, sino que finalmente dice su verdad. Radar lo leyó y selecciona algunos pasajes mientras se espera una traducción.

 Por Esther Cross

“En esta autobiografía hablaré desde la tumba. Estoy hablando, literalmente, desde la tumba porque estaré muerto cuando este libro salga de la imprenta.” Mark Twain empieza así el prólogo de su autobiografía, escrita para ser publicada post mortem. Fue uno de sus proyectos más queridos y vitales. Fue, de hecho, el proyecto de escritura que tomó más tiempo en su vida. La voz del pasado le habla al lector del futuro, que está vivo a cien años de la muerte del autor, y la vida de Twain es el puente.

Pero, ¿qué vida cuenta una autobiografía, qué puede contarse y qué no? ¿Qué queda cuando el escritor puede decir lo que piensa sin temor a ofender o a que lo condenen? ¿Qué pasa cuando el escritor inventa un método para escapar de su tiempo? ¿Es cierto que todos queremos decir la verdad aunque, a juzgar por las dificultades que tiene todo el mundo para pronunciarla, debe ser algo terrible? ¿Por qué la verdad es preferible a la ficción, que no es ni verdad ni mentira? ¿Acaso hay algo que no sea ficción?, se pregunta una mientras piensa en el proyecto de Mark Twain, el escritor que escribió novelas muy autobiográficas. Ahora resulta que escribió un best seller más de cien años antes de que el libro en cuestión saliera a la venta.

Como en una broma de Mark Twain –que era un gran humorista–, los lectores de hoy reciben un regalo del propio Twain en el centésimo aniversario de su muerte. Los regalos se hacen en los cumpleaños, los recibe el homenajeado y no a la inversa, y lo que se festeja en general es la vida. Pero la muerte y la vida, como la verdad y la mentira, son parejas que funcionan de una manera especial en este caso. Los lectores reciben una herencia que se salteó generaciones completas: el registro de la vida de un hombre que se pregunta constantemente cómo se escribe una autobiografía mientras trabaja en la suya; el relato de la vida de un escéptico que igual escribe pensando en el futuro.

En 1905, Twain ya había escrito “entre treinta y cuarenta falsos inicios” para una autobiografía. Los inicios no funcionaban porque tampoco funcionaba lo que venía después: una historia contada en orden cronológico, enfocada, prolija, “literaria”.

Entre 1870 y 1909, Mark Twain se preguntaba una y otra vez cómo hacer una autobiografía y a medida que se acercaba a la respuesta esos inicios que escribía mejoraban. En 1906 encontró la solución. Comenzó a dictarle a una taquígrafa, que iba todas las mañanas a su casa con el señor Bigelow Paine, biógrafo autorizado. Twain los recibía en la cama, con una bata de seda persa, fumando, recostado contra unos almohadones, concentrado en alguna noticia o tema que se le había presentado hace un momento y que tenía muchas ganas de comentar. Hablaba durante dos horas. Cinco veces por semana.

La autobiografía ideal, que Twain buscó durante muchos años, tenía sus padres literarios: Cellini y la narración de su vida, Casanova y sus Memorias, las Confesiones de Rousseau, los diarios de Samuel Pepys. También tenía algunas máximas. “Lo mejor es que te cuentes tu historia en vez de contársela a otros”, le aconsejó una vez a alguien. El consejo no deja de ser una ironía al provenir de un escritor que prefería tener a alguien delante, a modo de público, cuando dictaba su biografía, pensando siempre en un lector del futuro, que venía a ser algo así como un ghost reader, el lector fantasma y contracara de un ghost writer.

Twain quería contar su verdadera historia y al mismo tiempo se daba cuenta de que eso era imposible. “Uno no puede exhibir su alma más íntima. Te da demasiada vergüenza. Es desagradable”. Para salvarse de la contradicción, durante un tiempo escribió retratos de los demás. Fue una transacción y no una respuesta, aunque quedó claro que la vida de una persona también está formada por la vida de quienes la rodean. También probó con un diario, que duró apenas una semana. Lo importante, que era la pregunta por la verdad, seguía trabajando. Un amigo lo creía capaz de decir la verdad pero también le preguntaba: “¿Toda la verdad? ¿La verdad negra, que todos conocemos en nuestros corazones; la ingeniosa y de color tostado del pericardio o esa otra verdad, blanqueada y agradable, de las fachadas?”.

Revelar esa verdad negra era imposible, pero la fe es cuestión de voluntad y Twain quería creer que la verdad es inocultable. “La autobiografía es el libro más verdadero. Aunque está formado por supresiones de la verdad, tentativas para evadirla y revelaciones parciales, la verdad está allí, entre renglones”. Se trataba, entonces, de contar la vida de una manera que favoreciera la aparición silenciosa de la verdad.

A la idea del dictado se sumó la de seguir el curso del pensamiento, sin respetar el orden cronológico, la de dejarse llevar por las digresiones y escribir “una narración hablada”. El escritor hablaba sobre lo que le interesaba en el momento y su relato sería, por contagio, interesante. Por otro lado, esos temas que irrumpían de pronto en su conciencia derivaban en recuerdos.

A estas preguntas y estrategias responden, en sus escritos tentativos y dictados, algunos muertos invocados en estas raras sesiones de espiritismo y escritura. El general Grant en su lecho de muerte. Stevenson que habla de la fama de superficie y la fama sumergida, sentado en el banco de una plaza. El sueño premonitorio que pinta con detalle la muerte de un hermano de Twain. Harriet Beecher Stowe –autora de La cabaña del Tío Tom– vieja y extraviada, que se colaba en las casas del vecindario, despertaba a algunos dándoles un susto o tocaba de incógnito el piano en la sala vacía de la casa de la mujer de Twain en el momento menos pensando. Los miedos y las aventuras de la infancia abren las “cámaras secretas de la memoria”. Aparece el verdadero Huckleberry Finn y otras personas que hoy son personajes. Los temas que le llaman la atención dan pie a reflexiones geniales. El idioma alemán y sus palabras interminables. El origen sangriento del apacible Día de Acción de Gracias. Los médicos de antes y una forma rural, precaria y efectiva, de la medicina prepaga. La esclavitud. La prensa. Los desconocidos peligrosos que le envían manuscritos a los escritores. Todo convive en este libro armado según las instrucciones que dejó en forma explícita y a veces sutil el mismo Twain. Conviven y exceden el concepto convencional de lo que tiene que ser un libro. El primer tomo de esta autobiografía, tal como la pensó hace tanto tiempo, incluye recortes de diarios, invitaciones, cartas, transcripciones de discursos hechos en un brindis, letanías por la muerte de los seres queridos, hasta una biografía de Twain escrita por su hija Susy, que murió cuando Twain estaba en Italia.

“Por fin, en Florencia, di con la forma apropiada para hacer una autobiografía: empezar con cualquier momento de la vida, dejarse llevar por lo que uno quiere, hablar sólo de lo que le interesa en el momento y dejarlo en cuanto ese interés comience a decaer para empezar a hablar de algo nuevo y más interesante que se haya aparecido, de pronto, en tu cabeza. La narración sería una combinación de diario y autobiografía.” El plan le parecía inmejorable y además la pasaba bien: “Es la primera vez en la historia que alguien da con el plan apropiado para escribir una autobiografía”, dijo. Puede sonar un poco pretencioso, pero ¿por qué privarse de decirlo si el libro sería publicado muchos años después de su muerte? ¿Puede acusarse de ambicioso a un fantasma?

Cuando una vez le preguntaron por la exactitud de algunos pasajes de Tom Sawyer, Twain respondió que eran verdaderos, que eran auténticos literariamente hablando porque eran recolecciones de imágenes y sensaciones. “Si lo que quiere es saber si valen como testimonio le diré que no. Sólo son literatura.” La verdad que Twain perseguía desde su cama no se escondía en lo que había pasado ni en lo que estaba por pasar sino en otra parte. “Los actos y las palabras de una persona son sólo una ínfima parte de su vida. Su vida verdadera se da en su cabeza y sólo la persona la conoce. Todos los días, durante todo el día, el molino de su mente muele y tritura y sus pensamientos –que son la articulación muda de lo que siente– forman su historia. Los actos y las palabras son sólo la corteza visible de su mundo. Su masa está oculta –con sus fuegos volcánicos que bullen sin descanso, noche y día.” La verdad se escondía en la masa del iceberg de la vida. Esos pensamientos “no pueden escribirse”, comentaba Twain, seguro y asombrado. “Las biografías son sólo la ropa y los botones del hombre, la biografía del hombre en sí mismo no puede escribirse”, dijo, pero lo intentaba. Lo importante era, en todo caso, llegar hasta ese límite donde ya no podía contarse.

En todos esos años de ensayo y error, la autobiografía fue muchas cosas distintas. Podía ser una mezcla de noticia y de historia. También era, en simultáneo, “una absoluta mentira y una absoluta verdad”. Twain admitía que hay partes de su autobiografía que eran directamente experimentos. Dijo que el resultado de estos retrocesos y avances parece una mezcla caótica, pero en realidad obedece a un sistema.

“Es un lío intencional”, asegura desde la tumba el escritor que otra vez dijo: “Idealmente, un libro no tiene que tener orden y el lector debería descubrir su propio orden dentro del libro”. En medio de fotos, reproducciones, notas y documentos, escritos ya conocidos y registros inéditos de dictados, el lector descubre su propio camino y además de leer la autobiografía de Twain se mete en el backstage, en la cocina. “Cuando un hombre admite que es un mentiroso es cuando más franco es”, dijo, y como habla con autoridad, una le cree.

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