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Domingo, 3 de abril de 2011

Volver a casa

Hijo de inmigrantes calabreses que marcaron a fuego el lenguaje de sus novelas y poemas, escritor de las napas más subterráneas de la cultura argentina, empezó a publicar después de los 50 años. Roberto Raschella fue guionista de cine y militante del Partido Comunista y además fue maestro durante más de treinta años. Ahora se acaba de publicar La casa encontrada (Poesía reunida, 1979-2010), una recopilación que también incluye el nuevo poemario que da título al libro. En esta entrevista, Raschella repasa los momentos más salientes de su actividad artística y la historia familiar que lo trajo, casi de casualidad, a la Argentina de los años ’30.

 Por Juan Pablo Bertazza

Una clasificación ludópata de la literatura podría radicar en dividir a los escritores entre los de banca y los de punto. Los primeros son aquellos de los que fácilmente podía preverse un renombre en las letras: escritores con linaje y constancia, escritores con contactos y poder, escritores precoces, escritores con lecturas pertinentes a la hora de adiestrar su educación sentimental; escritores que cuentan, desde el episodio cero de su obra, con todos los augurios y el mejor pedigrí para labrarse un camino. Los otros son los escritores de la caja de Pandora; aquellos que a fuerza de trabajo y perseverancia, o bien a raíz de un simple giro del destino, consiguen ingresar por la puerta de atrás a esa fiesta democrática pero con invitación que es el canon de la literatura. Escritores que casi ningún crítico habría profetizado sin el diario del lunes, es decir, con el resultado puesto. De existir un sistema de apuestas como el que se emplea ante cada Premio Nobel de Literatura pero para detectar, en cambio, quién de entre los que dan sus primeros pasos en la escritura se transformarán en verdaderos escritores, es probable que pocos, muy pocos hubieran podido vislumbrar la notoriedad que tomó, con los años, la literatura de Roberto Raschella. “Yo soy el primer sorprendido, nunca pensé que iba a escribir poesía”, revela como un niño este joven nacido en 1930 (como Juan Gelman, María Elena Walsh y Hugo di Taranto), que en su adolescencia leía filosofía, historia y política, pero casi nunca ficción, que empezó a escribir a los 37 años y, encima, en italiano. Para colmo de males, su primer libro de poesía, Malditos los gallos (1979) (“fue como descubrir el juguete, alguna vez intenté reescribirlo y no lo conseguí, es eso”, adelanta) lo publicó casi a los cincuenta, mientras que su primera novela, Diálogos en los patios rojos (1994) vio la luz cuando el escritor ya acusaba 64 primaveras aunque, claro, la obra no tardó en convertirse en un libro de culto para la crítica. Cuatro años después llegaría Si hubiéramos vivido aquí, su hasta ahora última novela, que repitió la sorpresa de la anterior aunque obteniendo, en este caso, el último premio Boris Vian (premio al que, según sus propias palabras, mató) tras decisión de un jurado compuesto por Ricardo Piglia, Noé Jitrik, Liliana Heer y Hugo Mujica. Y aunque nunca fue ignorado en el ámbito de la poesía, quizás el gran reconocimiento acaba de llegarle ahora con la publicación de su Poesía Reunida, que incluye un nuevo poemario, La casa encontrada.

Justamente, este libro demuestra, entre otras cosas, que además de haber tardado mucho en largarse a escribir, Raschella también se tomó su tiempo para seguir haciéndolo: para que llegara su segundo libro, Poemas del exterminio, hubo que esperar nueve años, para Tímida hierba de agosto otros trece y para la confección de La casa encontrada transcurrió una década más. Aun teniendo en cuenta que el gran editor José Luis Mangieri tardó demasiado en sacar Poemas del exterminio (1988), entregado por Raschella nada menos que cuatro años antes, las cuentas no cierran, o cierran con demasiado espacio en blanco. “Es que trabajo de una manera minuciosa, con un método realmente demencial, que consiste en anotar infinitamente”, empieza a explicar Raschella en el piso 15 de una torre ubicada en la calle Agüero, un departamento al que necesariamente se llega con fatiga, con ganas de ir al baño, con hambre y con sed por las diversas vicisitudes que hay que atravesar (el tránsito, la lenta garita polarizada del sereno, los chicos jugando en la galería) para llegar al ascensor indicado. “La segunda parte de La casa encontrada, por ejemplo, iba a estar compuesta por 100 poemas que se redujeron a 57. Procedo por fusiones, eliminaciones y reiteraciones; soy demasiado obsesivo. Además trabajo en varios libros al mismo tiempo; desde hace varios años estoy escribiendo dos novelas: la tercera que vendría a completar la trilogía de Diálogos... y Si hubiéramos vivido aquí; y una corta que es como una inserción a la segunda novela, escrita absolutamente en forma de diálogo; además de otro libro de poesía que es como un eco de La casa encontrada”, continúa Raschella, que, al igual que sucede con su poesía, es un conversador profuso y de largo aliento que puede llegar a abrir, en cuestión de instantes, miles de temas y anécdotas que no siempre culmina.

Ahora tal vez siga hablando de ese “método demencial” que parece tener mucho que ver con lo que fue el trabajo de Raschella antes de la literatura: los ensayos de cine, la militancia política y la traducción. “Sí, es un método propio del cine y del ensayo, además de esa cuota de inspiración, que para mí es necesaria incluso para traducir. En Historias de la ciudad de dios, a partir de un choque, Pasolini realiza la descripción pormenorizada de la ciudad. No había manera de seguirlo hasta que un día me inspiré y pude, la traducción también me ha dado mucho. Además, como escritor, te traducís el inconsciente.”

La casa encontrada. Poesía reunida, 1979 - 2010 Roberto Raschella 310 páginas

LOS OFICIOS TERRESTRES

La otra razón que podría agregarse a semejante tardanza entre libro y libro es que Raschella trabajó durante muchos años como maestro, un oficio que le ¿sacó? mucho tiempo: “A veces me da bronca, pero noto en algunas cosas que escribo cierta actitud pedagógica, como sucede en una tercera novela que estoy escribiendo, cuya situación inicial es un maestro jubilado que lleva adelante una especie de diario. Voy a decir una vulgaridad: siempre aprendí mucho de mis alumnos, no me arrepiento de haber sido maestro durante 30 años. Por eso me enojo cuando la sociedad castiga al docente; incluso lo que sucede con los enemigos acérrimos de la Presidenta, que usan el término maestrita para atacarla”. Claro que, al mismo tiempo, la docencia le dio a Raschella un inesperado espaldarazo en su carrera, sobre todo al conocer a Raúl Gustavo Aguirre, cuyo prólogo a Malditos los gallos se reproduce en Poesía reunida.

“A Raúl Gustavo Aguirre le debo tanto como le deben muchos, un joven le mandaba un libro y él escribía una carta. Un primer día de clases, en la escuela de Cabildo, tomo la lista de los alumnos y me detengo en el primer apellido, Aguirre. En el casillero del trabajo del padre decía ‘Caja Nacional de Ahorro Postal’. Entonces me enteré de que iba a ser maestro del hijo de este poeta a quien, por entonces, yo no había leído. Luego lo conocí personalmente en una de las peñas que se hacían en la escuela. Ahí lo saludé y le dije que tenía un libro escrito, que quería que lo leyera. No solamente me respondió con una carta sino que además me escribió el prólogo, diciéndome algo cierto y notable: ‘Mire que yo no acostumbro escribir prólogos y tenga en cuenta que éste le va a abrir puertas, pero le también le va a cerrar otras’”, rememora este escritor que ya en uno de sus primeros poemas decía “amo lo que sufre”; una preferencia por los vencidos (“Los vencidos nos acompañan, los vencidos/ que no yacen: hojas sobre los patíbulos, dibujos/ aurorales, cartas desde las prisiones/ y ese soplo blanco que envuelve al mísero muchacho en el suburbio”), por los inmigrantes y, sobre todo, por los trabajadores de los viejos oficios que recorre de manera política pero también estética toda su obra; hasta trazar un ángulo de 180 grados en Tímida hierba de agosto: “Todo amor es extraño” y, especialmente, en La casa encontrada, fascinante poema de amor político en el que ahora el poeta también sufre lo que ama: “porque el amor también es un ciego y oscuro salto sin respuesta”. Se trata de una fascinación por los trabajadores que constituye una de las formas de herencia que le dejó su padre italiano, un militante político y dirigente gremial que tuvo que huir de la Italia fascista y murió a los 58 años, cuando Raschella sólo tenía 22. “El esperaba de mí una continuidad en lo que hace al plano político y nunca llegó a saber que yo escribía, seguramente él también se habría sorprendido.”

Una herencia que puede ser vista como riqueza pero también como una predestinación ineludible: “A veces pienso/ cuánto nos ha acompañado siempre/ alguna culpa descendida de los padres,/ algunos duros pensamientos suyos/ sobre los hombres bebedores o jugadores de cartas o/ las mujeres que leían las novelas del amor y del odio” escribe Raschella en La casa encontrada.

“A veces creo que si no hubiera conocido a cierta gente nunca hubiera podido publicar. El primer libro, como te decía, se lo debo un poco a Aguirre, el segundo a Mangieri, aunque fue el libro que menos corrió. Teníamos la idea de hacer una edición lujosa con dibujos de Carlos Gorriarena, pero al final fue muy caro. Y el tercer libro se lo acerca Oscar del Barco a Juan Carlos Maldonando, de Alción. Siempre pienso en cuántos tipos existen que por ahí se asustaron y no escribieron nunca más porque llamaron a una editorial y los rechazaron por no tener un nombre. Neruda dijo algo así como que no hay ninguna gran obra que no haya sido publicada; no estoy para nada de acuerdo”, confiesa este escritor de punto, aun agradecido por haber podido publicar sus libros.

CINEMA PARADISO

A todo lo que cuenta el propio Raschella, hay que sumar sus restantes ocupaciones antes y durante la creación de su literatura, y poco a poco se empieza a entender su tardanza a la hora de crear: en 1949, un año después de terminar el magisterio en el Mariano Acosta, se afilia al Partido Comunista. “La experiencia política es fundamental para escribir porque implica la presencia del otro, aunque si se lo hace en exceso también puede impedir la necesaria soledad para crear”, reflexiona. Y pocos años después comienza a dedicarse al cine como ensayista –colabora en diversas revistas especializadas de mucho prestigio, como Plática, Cuadernos de cultura, Lyra, La rosa blindada, Tiempo de cine, Cinecrítica y Cinema nuovo de Milán– y guionista: trabaja en una decena de cortometrajes del grupo Taller de Cine, integrado por Jorge Macario, Félix “El Chango” Monti, Arsenio Reinaldo Pica y Nemesio Juárez. “Al principio, también estaba David José Kohon. Hacíamos documentales de arte, sobre Spilimbergo por ejemplo, también películas basadas en libros como la adaptación de un cuento de Leónidas Barletta. Lo mejor que hicimos, en mi opinión, es El hombre que vio al mesías (1959), con la actuación de Héctor Alterio y música de Pino Solanas, que tocaba la guitarra. Después hubo cosas que no salieron, como la adaptación de un cuento de Alvaro Yunque. Había diferencias entre nosotros y hubo un momento en que se disolvió el grupo. Queríamos hacer un largometraje constituido por tres mediometrajes: uno era La refalosa de Hilario Ascasubi, el otro era un fragmento de Allá lejos y hace tiempo de G. E. Hudson y, el último, El matadero de Echeverría. El papel del cajetilla lo iba a hacer Alfredo Alcón, que aceptó no cobrar nada porque recién empezaba, el capataz del matadero lo iba a hacer Juan Carlos Gené y después inventamos un personaje que era el propio Echeverría, que tocaba muy bien la guitarra, y lo hacía Alterio. Se trataba de un proyecto muy caro que, al no prosperar, generó la disolución del grupo porque ese era el gran proyecto, el salto; ahí yo entro en crisis con el cine y la política.”

Raschella escribió su primer ensayo sobre cine, un artículo sobre Vittorio De Sica, en Cuadernos de cultura en 1954. A eso hay que sumar el trabajo de Raschella en diversas revistas literarias: además de colaborar en unas cuantas, integró el consejo de redacción de la mítica Innombrable (1986) que, a pesar de haber durado sólo dos números, fue importante ya que, entre otras cosas, publica por primera vez un texto de Thomas Pynchon y La causa justa, de Osvaldo Lamborghini, que prácticamente nadie conocía; también dirigió casi en soledad La ballena blanca y actualmente se desempeña en el consejo de redacción de la Revista ilustrada de Poesía El Jabalí, creada por Daniel Chirom, que acaba de sacar su vigésimo número.

Todos estos menesteres (a los que habría que agregar aún su melomanía) fueron creando en las diversas etapas de su obra el caldo de cultivo de su literatura, en lo formal y también en lo temático: “ah, el cine/ el místico rebaño que cruzaba/ Cerdeña/ el zarevich que atrapaba las moscas/ la tierra como una madre la sangre/ bebida de Buñuel/ el hombre sitiado/ que esperaba la muerte/ mientras amanece, amanece”.

Es por eso que, en este punto, el interrogante del comienzo casi se invierte, y la pregunta pasa a ser, entonces, cómo fue que Raschella finalmente encontró tiempo y energías para largarse a escribir y, sobre todo, para seguir escribiendo.

VIAJE RECORDADO

“Soy argentino de casualidad” dice Raschella, que cuando se le pregunta si se siente más argentino o italiano resuelve todo diciendo “porteño”. “A veces digo que yo no existo, porque si mis viejos no se veían acá, nacía otro tipo entre cuatro montañas.”

Hijo y hermano de inmigrantes calabreses, su padre viajó varias veces a la Argentina hasta permanecer definitivamente desde 1925, mientras que su madre recién pudo llegar en el año 1929. Raschella nace en el mes de la revolución del ’30, septiembre, y nace como escritor a partir de un viaje de dos meses a Mammola, el pueblo de sus padres, donde pasa jornadas enteras en la Biblioteca de Reggio Calabria, estudiando los dialectos del sur de Italia, además de conseguir trabajo en el Instituto Gramsci: “Mammola es un valle bien en la punta de la bota, que le debe su nombre a las violetas y hoy tiene sólo 5000 habitantes, pero en su momento era muy importante, uno de esos pueblos que van desapareciendo porque los jóvenes se van. Fui equipado con un cuaderno Avon con firuletitos que aún conservo y lo único que decía era Historia de mi padre. Iba a buscar su memoria. Hace unos seis años un fotógrafo y editor italiano me consiguió el prontuario de 33 páginas de mi viejo, hecho por la policía fascista. Yo sabía todo lo que mi viejo había hecho, las razones por las cuales había tenido que escaparse de Italia, pero necesitaba la confirmación de que eso era cierto: hasta el año ’42 nos siguieron en Buenos Aires el Ministerio del Interior italiano y argentino y la Prefectura de Reggio Calabria. El prontuario empieza con dos cartas de mi madre a Mussolini pidiéndole pasaporte luego de que mi viejo escapara sin nunca más volver. En esa carta, sugerida por un abogado, leo una expresión subrayada, no sé por quién, la follia utopistica. La novela larga que estoy escribiendo decidí que llevara ese título. Mi madre se vio obligada a hablar mal de mi viejo; pero lo interesante es que decía que estaba loco o alegre. La palabra follia es muy particular porque es locura y alegría al mismo tiempo; en el primer acto de La Traviata, la cortesana Violeta Valery dice follia, y habla tanto de la locura como de la alegría”.

Esa misma ambigüedad que detecta Raschella resulta clave para entender su obra y, más precisamente, su poesía: como Carlo Emilio Gadda y Armando Discépolo, Raschella logra construir una voz, un lenguaje que, a pesar de alimentarse de las palabras en dialecto que escuchaba durante su infancia, no constituye un cocoliche sino la elaboración mítica de la experiencia; una gran novela familiar de origen inmigratorio que trasciende los géneros y los experimentos lingüísticos: “En mi casa se hablaba en dialecto y también en castellano. Hablaban un castellano particular, bien podrían haber hablado como yo escribo. Pero aun en mi último libro de poesía me di cuenta de que soy un hablante particular del castellano por el solo hecho de que cuando incluyo, por ejemplo, la palabra penserioso (que no es exactamente pensante) no lo hago ni entre comillas ni en bastardillas”. Lo mismo sucede por ejemplo con la palabra mesticia (pena, dolor), que aparece tanto en Malditos los gallos como en La casa encontrada; o la hermosa Iamunindi (partamos). Pero, claro, se sabe que la traducción está lejos de ser una ciencia exacta y, además, algunas palabras están en el borde de diversas acepciones, de distintas traducciones, como una moneda que no se decide a caer, y es justamente esa ambigüedad ajustada a la novela familiar de Raschella lo que las vuelve tan pertinentes como imprescindibles; no un adorno, no una decoración, sino la misma esencia de su poética: “No se escribe sobre, se escribe en, y para hacerlo necesitás muchos años, mucha reflexión, mucho tirar cosas y, una vez que publicás, no volver a leer porque te pegás un tiro”.

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