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Domingo, 19 de junio de 2011

Fantasmas de Nueva York

Una primera novela que, entre la desmesura y la magia narrativa, homenajea a la mitología de la costa este y, en especial, al pionero de las letras norteamericanas, Fenimore Cooper.

 Por Mariana Enriquez

En 2007, en su columna de la revista Entertainment Weekly, Stephen King escribió sobre su lectura favorita de esa semana: “Estoy contento porque estoy leyendo el manuscrito de una novela llena de magia, misterio y monstruos... Se llama Los monstruos de Templeton, la autora es Lauren Groff y se va a publicar el año que viene”. La columna de King era sobre Harry Potter, pero en esa oportunidad –y en varias otras– la usó para darle una mano a algún escritor más necesitado de ayuda que J. K. Rowling. Las recomendaciones, además de revelar el mapa de gustos y amistades del Rey, son el equivalente de un reflector sobre la cara del escritor mencionado. Debió haber resultado impactante para Lauren Groff, que entonces tenía apenas 29 años y debutaba como novelista con Los monstruos de Templeton. La recomendación le valió un puesto en la lista de best-sellers del New York Times, reseñas importantes y alta exposición, solo aumentada por una recomendación ferviente de otra famosa de la literatura contemporánea norteamericana, Lorrie Moore.

Los monstruos de Templeton. Lauren Groff Salamandra 438 páginas

Cuatro años después, aquí está Los monstruos de Templeton, la primera novela de Lauren Groff, escritora de Cooperstown, estado de Nueva York, pueblo natal de James Fenimore Cooper, el autor de El último de los mohicanos. La referencia biográfica es absolutamente central porque el libro de Groff se basa en la mitología literaria e histórica de Cooperstown, pueblo de pioneros y padres fundadores. No es, sin embargo, una novela histórica: empezó como alumna aplicada leyendo todo lo que estaba a su alcance sobre el municipio y Cooper y después empezó a reescribir la historia y la leyenda, dejó que la imaginación lo invadiera todo. Por eso, en parte, es posible disfrutar de Los monstruos de Templeton sin tener pálida idea de la literatura del siglo XIX en EE.UU., sin saber quién es James Fenimore Cooper e ignorándolo todo sobre la tradición de pioneros y locos del norte del estado de Nueva York. Claro que, teniendo esos datos, la novela es un apasionante diálogo distorsionado con la historia y la tradición.

La protagonista de Los monstruos de Templeton es Willie Upton, una mujer de casi treinta años, descendiente de los fundadores del pueblo, arqueóloga y académica, que vuelve a la casa de su madre tras una catástrofe amorosa: en Alaska, investigando hallazgos arqueológicos, se enamoró de su mentor y profesor; el romance fracasó, ella intentó atropellar a la esposa de su amante, no cree que pueda volver a la universidad después del escándalo y cree estar embarazada. La madre, una ex hippie ahora convertida al cristianismo, la acepta con afecto pero la espera con una sorpresa: después de treinta años y Dios mediante ha decidido revelarle que su padre no fue un hippie de San Francisco sino un vecino de Templeton. Al mismo tiempo que se desencadenan los dramas personales, el pueblo sufre un trauma: en el lago Glimmerglass, belleza y orgullo de Templeton, acaba de aparecer un monstruo antediluviano, muerto; un Nessie benigno que atrae a la prensa internacional.

Willie decide aislarse de todo y abocarse a averiguar la identidad de su padre –que su madre no quiere revelar– usando su entrenamiemto como investigadora. Este camino conduce a la historia de su familia y del pueblo, ambas escabrosas. Y allí Groff se divierte reproduciendo voces y documentos: monólogos de Calzas de Cuero –un personaje de Cooper–, reconstrucciones de masacres de indígenas, fragmentos de diario de las mujeres pioneras, cartas entre damas de sociedad que tras un exterior respetable esconden personalidades sociópatas (el tramo epistolar entre las terribles Charlotte y Cinnamon es lo mejor, por lejos, de la novela). El total desparpajo de Groff y su homenaje a los fantasmas de la costa este y su asombrosa sensibilidad para las relaciones humanas deben haber asombrado a Moore y King tanto como para recomendar esta novela. Pero Los monstruos de Templeton está lejos de ser sólida: Groff introduce demasiados personajes, demasiadas vueltas de trama, demasiadas referencias excéntricas; demasiada decoración en una novela que es como una habitación luminosa y diáfana que no necesita el recargo para brillar. Pero ni siquiera un final dominado por una revelación deus ex machina –que la novela no se merece– y una foto familiar de dicha ingenua algo sosa pueden malograr una novela ambiciosa, de imaginación desbocada, gran sentido del humor y un entusiasmo narrativo contagioso.

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