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Domingo, 19 de junio de 2011

Pinche tequila

Contra las corrientes de los revolucionarios impolutos, ya hay una contracorriente que avisa que detrás de la revolución viene la suciedad. En esta línea se inscribe Decencia, comprometida, sin embargo, con una ética de la escritura y la revisión de los mitos históricos de México.

 Por Angel Berlanga

La vida de Longinos Brumell: eso cuenta Decencia, por ejemplo. Longinos es un niño rico que tiene trece y vive en Autlán –oeste de México, a 190 kilómetros de Guadalajara– cuando cae a ese “pueblo de las orillas del mundo” la mismita lengua de ola de la Revolución de comienzos del siglo pasado y entonces aquel status que supo mantener don Porfirio Díaz durante tantos años se va de madre en medio de balaceras, éxodos de servidumbre y patas sucias que vienen a ocupar el rancho familiar. La alcurnia del apellido, sin embargo, servirá a los suyos para instrumentar una venta, alguna inmunidad que permita sobrevivir con defensas al derrumbe, compartir buenos negocios con los militares en el poder. El del tequila flojo y barato, por ejemplo, etiquetado añejo y embotellado fino para los paladares suaves de los de la Capital.

Decencia. Alvaro Enrigue Anagrama 228 páginas

La esencia detrás de palabras como familia, amor, cultura, revolución, poder: de eso también cuenta Decencia, por ejemplo. Esos asuntos que componen y atraviesan a Longinos, que ha vivido infancia en Autlán y luego entre Guadalajara y México, ciudades de distinto calibre en las que se asomará al cine y a los bares de ambiente en los que toca el piano Agustín Lara. La estructura que dispone Alvaro Enrigue es impecable y dará su hora sobre el final de la novela, articulada por dos carriles que entrecruzan sus conectores temporales y de sentido: Longinos contando su propia historia en primera persona, por un lado, y por otro este protagonista, ya viejo, visto en tercera en el presente de 1973, hastiado de esposa e hijos, con una rutina apática que de pronto se altera, porque mientras camina frente al consulado norteamericano se encuentra con dos tipos que le sacuden un bombazo a los gringos y, de paso, por testigo, lo secuestran. Ahí se pone en marcha lo que se llama una road movie, en principio con un cuarteto conformado por el viejo y una célula guerrillera –con alguna experiencia en otros países latinoamericanos– compuesta por los hermanos tirabombas y su mamá, doña Juana, que carga en su bolso el tejido y las pistolas. Los diálogos a bordo del auto que esquiva cercos policiales cada vez más estrechos, la musicalidad de la prosa de Enrigue y la complejidad de una trama armándose como un rompecabezas llevan y llevan, páginas adelante, sin que falten el humor ni el espanto.

Decencia también puede ser un relato sobre las negociaciones asociadas al dinero y el amor, a la muerte y los ideales. En la vida de Longinos, Enrigue las dispone como nudos (para desatar, agarrarse, trepar) en la cuerda del suspenso. Con el general Antón Cisniegas, aquel que había llegado al frente de la lengua de la Revolución para negociar con su padre la venta del rancho, ese que luego se acomodó mejor liquidando a sus antiguos compinches revolucionarios, por ejemplo, Longinos tendrá varios cruces posteriores, que involucran incluso al secuestro. Con el teniente coronel Jaramillo, por sumar otro ejemplo y por seguirla, entrará en el curro del tequila trucho y en el roce creciente con la Flaca Osorio, mujer deseada cuando chico y ahora esposa del milico, expectativa de amor. Y con los revolucionarios del presente que lo tienen secuestrado, por anudar un último ejemplo, para zafar de la encrucijada.

Si en las aguas de la literatura latinoamericana ya se ha tildado como lugar común a la corriente de los héroes épicos e impolutos, libertadores y revolucionarios, no faltará demasiado para que cristalice el caudal de una corriente adversa, que postula que en todo revolucionario (o defensor de sus causas) late un pinche cabrón que acomodará sus convicciones e incluso las invertirá apenas llegue a una edad o a un escalafón más cómodo. No es que falten ejemplos, claro. ¿Dónde estará la decencia, entonces, en Decencia? ¿En la sinceridad de Longinos al contar su propia vida? ¿En los pactos cumplidos entre caballeros que contarán billetes? ¿En la forma del hueco que dejan las palabras? Quizás, mejor, en la visión al parecer auténtica que el propio Enrigue tiene de su época y la de sus personajes, en el ejercicio comprometido –por usar una palabra que acaso no le gustaría– con su propia escritura.

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