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Domingo, 16 de octubre de 2011

Los monstruos de la fe

Un libro de cuentos de Gustavo Nielsen, publicado hace tres años en España y ahora en la Argentina, muestra una notable diversidad de temas y recursos que van del fantástico y el humor negro al realismo autobiográfico.

 Por Damian Huergo

“Había cuentos mejores que otros, pero hasta el libro de Salinger era desparejo. ¿O alguien había podido, acaso, terminar ‘El período azul de Daumier-Smith’?”, dice el narrador del cuento “Aniquilación de un poema”, haciendo referencia a Nueve cuentos, meca del género en la modernidad. La máxima, que deviene del análisis del libro de uno de los protagonistas, encaja para describir el volumen de cuentos La fe ciega de Gustavo Nielsen, editado tres años atrás en España y de reciente aparición en la Argentina. El libro, como si fuese una antología de varios autores o una muestra aleatoria de la obra de un solo hombre, devela la variedad de registros, formas, tramas y resultados de la que está hecha la literatura de Nielsen, en continuo tránsito por lo fantástico, el humor sardónico y el realismo autobiográfico. Por ello, como si apelara a un manifiesto rupturista, Nielsen se anima a correr el riesgo de la búsqueda y la inconformidad en vez de interpretar –como varios autores de su generación– covers de sus antiguos éxitos.

La puerta de entrada a La fe ciega es “Adiós, Bob”. Desde el título –guiño al maravilloso cuento “Bienvenido, Bob”, de Onetti–, la historia se construye con solidez sobre pistas falsas que se revelan recién al final (quizá sembrar el texto de elementos disfuncionales, propio de la literatura de Onetti, sea el homenaje que anuncia el título). En las últimas líneas, donde se define la moralidad del universo de un texto, Nielsen logra hacer con sutileza un pase de magia frente a los ojos del lector: transforma el primer plano de la historia –el vínculo conflictivo y maternal entre una inmigrante argentina y su locadora en Nueva York– en un segundo plano, tras narrar de un modo imperceptible, casi invisible, el acontecimiento que justifica la dedicatoria que aparece luego del final.

La fe ciega. Gustavo Nielsen Páginas de Espuma 137 páginas

Una de las virtudes de varios cuentos de La fe ciega es atrapar un tema, procesarlo por la máquina literaria y devolver una historia con fragmentos del contenido tratados desde la perspectiva que les da Nielsen a los personajes, es decir humana y monstruosa a la vez. En “Redención” retrata con el humor del resignado –parecido a la embriaguez– las formas mercantiles que utiliza el turismo para organizar la experiencia de las personas, a la vez que contrapone la belleza del paisaje con la deformación de un obeso excluido tanto de los folletos como de los circuitos que no contemplan su enfermedad (tópico, al igual que el cuerpo, de la narrativa de Nielsen). “Turf”, otro de los puntos altos, es una radiografía del mundillo de “los burros”, donde se muestran zonas claras y oscuras, mezclando un vasto saber técnico con observaciones agudas sobre la ilegalidad.

Nielsen también mete las manos o la pluma en el camping literario. En “Vida cantada” contrapone a una poeta joven con otra consagrada, enmarcadas en un estudio radial como si fuese un ring de boxeo. La trama, que muestra sus hilos artificiales, repasa debates masticados por muchas columnas y papers (tales como la antinomia blogs-libros de papel), que en tiempos de Twitter tienen el sabor del yogur vencido. En el nombrado “Aniquilación de un poema”, con la excusa de plantear la relación entre dos aprendices de las letras, se ocupa de salpicar a varios nombres del mundo editorial camuflados bajo identidades falsas, pero reconocibles. Sin embargo, el cuento, que podría envejecer rápidamente por su exceso de actualidad, crece y se sostiene gracias al triángulo tejido entre los amigos y la novia de uno de ellos.

En el último cuento, “El café de los micros”, es donde aparece el mejor Nielsen. Sólo con un Valiant grande, un padre con su hijo, y muchos kilómetros de ruta, el relato alcanza un crecimiento dramático, estimulado por giros de suspenso nocturno y cotidiano. El punto final coincide con el fin de La fe ciega.

De inmediato el lector recuerda el comentario sobre Nueve cuentos: los libros de cuentos perfectos son inhallables o raras excepciones. Sin embargo, La fe ciega nos muestra que en literatura –como en la vida– las dificultades y errores son necesarios para el goce, la reflexión profunda y la felicidad, aunque sólo nos dure lo que se tarda en leer un puñado de buenos cuentos.

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Imagen: Ramiro Gallardo
 
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