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Domingo, 16 de octubre de 2011

Los niños perdidos

Si las novelas de Mariana Enriquez están pobladas por cuerpos que sufren y sus relatos por espectros errantes, en su nouvelle Chicos que vuelven ambos universos parecen encontrarse en el caso de niños perdidos que reaparecen en cuerpo y alma en una ciudad indiferente.

 Por Ezequiel Acuña

En la novela Cómo desaparecer completamente hay cuerpos difíciles de olvidar, como el de la madre gorda de Matías, pero sobre todo el de Carla, la hermana, con sus deformidades para comer, sus gritos de medianoche, su cara destrozada por el suicidio fallido. Ese personaje no se borra de la memoria. La literatura de Mariana Enriquez tiene una resonancia física difícil de encontrar en otras ficciones. El cuerpo parece central, es el lugar donde pasa todo, la carne que sufre, siente y se deforma, la que se corta con gillete, se pincha, se droga, la que se acribilla, se viola, se corrompe. Y sin embargo al inicio de Chicos que vuelven –pequeña, hermosa, y terrible novela–, los cuerpos son una incógnita, son la pregunta morbosa por lo que habrá sido de ellos. Los cuerpos faltan, por lo menos hasta que regresan.

Mechi, protagonista, trabaja en el archivo de chicos perdidos y desaparecidos en la ciudad de Buenos Aires, un memorial burocrático a donde van a parar las carpetas de los casos que ya dejaron de ser investigados. Chicos que nunca volvieron a casa, bebés secuestrados por alguno de sus padres: pocos aparecían de nuevo. “La mayoría de los chicos que faltaban eran chicas adolescentes. Que se iban con un tipo mayor, que se asustaban por un embarazo. Que huían de un padre borracho, de un padrastro que las violaba de madrugada, de un hermano que se les masturbaba en la espalda, de noche”. Mechi ordena las carpetas, suma nueva información que a veces traen los parientes, y con cierto fetiche repasa los expedientes durante sus almuerzos en el Parque Chacabuco, imaginando los blancos en la historia, analizando las fotos. Algunos casos se los sabe de memoria, la obsesionan, como el de Vanadis, una hermosa chica de 14 años que se había escapado varias veces de su casa y se prostituía en Constitución, pero que en algún momento desapareció incluso de la calle. Vanadis, ese aguijón picante y miel, es la apertura del tenebroso universo literario de Chicos que vuelven a un submundo urbano de indigencia, dealers, paqueros y prostitución; un realismo tramontina, pero con más olor a fin del mundo, como si no fuera necesario imaginar realidades alternativas para hablar del Apocalipsis: alcanza con describir Constitución (o Plaza Flores o el conurbano) y sus adolescentes arruinados con sus cuerpos descompuestos, pinchando a cualquiera por plata para una dosis más, siniestros jóvenes muertos.

Chicos que vuelven. Mariana Enriquez Eduvim 70 páginas

Desde Bajar es lo peor, novela inclemente y verborrágica, hasta los cuentos atemorizantes de Los peligros de fumar en la cama, la implacable Mariana Enriquez tiene un encanto dolorosísimo para escribir, de sensaciones físicas que parecen traspasar la página, tan cerca del terror (los tejidos descompuestos, fluidos y excrecencias) como del drama, la tragedia y la angustia. La narración de lo cotidiano atravesada por una violencia escatológica. Chicos que vuelven no escapa a la atmósfera densa, una inquietud en la boca del estómago. Y no es para menos con los temas que atraviesa. La cotidianidad de Mechi, la rutina de trabajo, sus soledades, aparece teñida por esa oscuridad de todos los días que son los chicos raptados, la prostitución infantil y la trata de personas que investiga Pedro, su amigo periodista.

Pero entonces pasa algo, una causa desconocida de la que sólo vemos la consecuencia: chicos perdidos empiezan a aparecer. Frente a la agobiante realidad de la desaparición de pibes, el suceso un poco fantástico parece un respiro. Dura poco porque todo es raro y siniestro. Los chicos aparecidos irrumpen en la ciudad como los malditos de Carpenter, y se apropian de la vitalidad cotidiana. Nadie quiere hablar mucho de las anormalidades y Mechi se indigna porque los medios de comunicación omiten detalles que todos conocen, pero que resultan inexplicables. Y lo fantástico secreteado se vuelve más que siniestro, terrorífico, impredecible.

Relatos como Chicos que vuelven reconcilian con la literatura, porque demuestran que cuando un libro está muy bien escrito es capaz de provocar esas pequeñas puntadas profundas y dolorosas que tanto se disfrutan.

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